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Esfacteria, cuando los espartanos se rindieron

Regresa con este escudo, o sobre él”. Esta frase atribuida a una madre espartana equipando a su hijo resume de forma extraordinaria la mentalidad de los espartanos en combate. Regresar sin el escudo equivalía a haber huido de la batalla (el escudo de los hoplitas griegos, llamado hoplon, era muy pesado, por lo que lo primero que hacían los que huían era desembarazarse de él), y regresar sobre él era igual que morir en la batalla de forma heroica (en caso de ser herido o morir, y siempre que se encontrasen cerca de su base, el escudo servía de camilla improvisada para transportar el cuerpo, pero esta práctica sólo se aplicaba a los que habían destacado en la lucha). Así pues, la frase que encabeza este artículo equivaldría a “vuelve victorioso o muerto”.

Batalla de Esfacteria
La rendición no era una opción a considerar por los espartanos, pues hacerlo equivalía al rechazo social de sus conciudadanos. Por eso se cree que ningún ejército de Esparta se rindió jamás; pero esa creencia es errónea. En el año 425 a.C., en la isla de Esfacteria, un ejército de hoplitas espartanos se rindió ante los atenienses en los primeros compases de la Guerra del Peloponeso. Y lo más llamativo de todo es que las tropas de Atenas estaban compuestas en su mayor parte por infantería ligera. De este modo, la Batalla de Esfacteria no sólo supuso la primera vez que los espartanos se rindieron, sino que también fue la primera vez que la infantería ligera griega logró vencer a la infantería pesada.

Las estrategias al comienzo de la Guerra del Peloponeso

En el año 431 a.C. estalló la Guerra del Peloponeso por la supremacía dentro del mundo helénico. Por una parte estaban Atenas y sus aliados, coaligados en la llamada Liga de Delos, y por otro Esparta y los suyos se unían en la llamada Liga del Peloponeso. Largos años de desencuentros y rivalidades entre estas dos ciudades desembocaban en una lucha a muerte en la que sólo podría quedar uno. Sin embargo, esta guerra supuso a la postre el fin del esplendor griego en el Mediterráneo. El conflicto devastó regiones enteras, se destruyeron ciudades por completo y marcó una etapa en la que las guerras civiles entre ciudades se convirtieron en algo cotidiano.

Muros de Atenas, uniendo la ciudad con el puerto de El Pireo
La estrategia de ambos bandos en esta primera fase de la guerra (llamada Guerra Arquidámica) era simple y se basaba en sus puntos fuertes. Esparta, sabedora de que su ejército no tenía rival, lanzaba continuas ofensivas en tierra. En sus incursiones en la región de Ática, saqueaban todo lo que podían, devastaban campos y tierras de cultivo y amenazaban a la propia ciudad de Atenas, mientras sus habitantes sólo podían contemplar desde detrás de sus muros cómo sus cosechas eran destruidas. Estas invasiones no duraban mucho, ya que los espartanos debían regresar a sus tierras para la cosecha y para controlar a los ilotas, sus esclavos. Además de usar esta táctica, Esparta se dedicaba a atizar el fuego de la rebelión en las ciudades aliadas de sus enemigos, confiando en que un levantamiento a gran escala debilitara a los atenienses.

Trirreme ateniense
Atenas por su parte, sabedora de que su ejército no era rival para los bien entrenados espartanos, se mantuvo a la defensiva en tierra y confió en su punto fuerte: la flota. Escuadras de barcos atenienses partían sin cesar atacando las costas del Peloponeso, controlando los conatos de rebelión en sus aliados y financiándose mediante el tributo de sus colonias. Continuó con el comercio, a la vez que debilitaba el de sus enemigos. No sufriendo mucho por las invasiones espartanas debido a su corta duración (la más larga apenas se prolongó por 40 días) y a la capacidad de abastecerse por mar, los atenienses confiaban en estrangular la economía de sus enemigos como forma de asegurarse la victoria.

La flota que se refugió de una tormenta

En la primavera del año 425 a.C., y fieles a su estrategia, los espartanos ayudaron a la ciudad siciliana de Mesina a rebelarse contra Atenas a la vez que sus tropas, al mando del rey Agis, invadían la región de Ática. Como ya hemos visto, los atenienses se refugiaron tras sus murallas sabedores de que no tendrían problemas para abastecerse gracias a su poderosa flota. A la vez, y para controlar el conato de rebelión en Sicilia y en la isla de Corcira (la actual Corfú), una escuadra de 40 naves atenienses partió hacia allí al mando de los generales Eurimedonte y Sófocles. A ellos se unió en el último momento el general Demóstenes.

Vista de Esfacteria desde el norte
Sin embargo, una tormenta obligó a esta flota a refugiarse en la bahía de Navarino. Esta bahía constituía un excelente puerto natural. Cerrada casi por completo (salvo dos pequeños canales) por la isla de Esfacteria, y situada a apenas 75 km. de Esparta, Demóstenes vio en el retraso una excelente oportunidad de establecer allí una base avanzada que le permitiera realizar incursiones en territorio enemigo y alentar posibles rebeliones de ilotas (los esclavos de los espartanos, que mantenían su economía). Así pues, ordenó la construcción de un fuerte en la acrópolis de la antigua ciudad de Pilos, un enclave abandonado que podía ser fácilmente abastecido por mar dado su proximidad a la costa.

Mapa de Pilos y Esfacteria
El resto de los comandantes consideraban esta acción una pérdida de tiempo y dinero, pero no se opusieron a ella. En apenas 6 días, los atenienses habían terminado las fortificaciones. La flota partió entonces hacia Corcira, dejando una guarnición en la fortaleza y cinco naves al mando de Demóstenes (a la que posteriormente se unieron otras dos más de su aliado Naupacto). Naturalmente, a los espartanos no les hizo mucha gracia que los atenienses ocuparan un enclave tan cerca de ellos, así que retiraron su ejército del Ática y enviaron a las tropas a desalojar a los atenienses de sus posiciones. Llamaron también a su flota (de unas 60 naves), que en ese momento se dirigía a Corcira, para apoyar la acción. Estaba a punto de comenzar un asalto anfibio, un tipo de maniobra extremadamente raro en la antigüedad.

El asalto espartano

El ejército espartano se basaba principalmente en los espartiatas, la élite de la ciudad entrenada desde su niñez para ser unos feroces guerreros, y en aquel momento su número era aproximadamente de unos 2.000 efectivos. El resto del ejército se componía de tropas aliadas e ilotas. Así pues, cada pérdida de uno de estos guerreros era irremplazable. De modo que para minimizar las pérdidas los espartanos optaron por una estrategia de bloqueo esperando que la falta de suministros hiciera que pronto los atenienses se rindieran. Colocó el grueso de su ejército frente a las fortificaciones atenienses, apostó la flota en los canales de acceso a la bahía para evitar que los barcos de Atenas escaparan y desembarcó una fuerza de 420 hoplitas, con sus respectivos ilotas, en la isla de Esfacteria para evitar que la fortaleza pudiera ser abastecida desde allí (de esos hoplitas, entre 120 y 180 eran espartiatas, según la fuente).

Batalla de Pilos: intento de desembarco espartano
Sin embargo, el ateniense Demóstenes se había adelantado a la acción y envió dos de sus barcos a avisar al resto de la flota de la situación. Los pocos hoplitas de los que disponía (unos 60) los colocó en el punto más débil de las fortificaciones, mientras que protegía el resto con marineros. Los espartanos pronto se cansaron de no hacer nada y comenzaron el asalto. Por tierra, los espartanos se lanzaron contra las fortificaciones, y por mar las naves se iban turnando para ir desembarcando tropas. El asalto por tierra comenzó el 25 de mayo y fue fácilmente repelido (las tropas de Esparta ni siquiera habían llevado escalas, y los atenienses habían realizado un buen trabajo en las fortificaciones); por mar, sin embargo, la defensa fue más difícil: los barcos espartanos lanzaban pasarelas por las que desembarcar a las tropas, por lo que los atenienses trataban de empujarlas mientras les lanzaban toda clase de proyectiles. Lograron repelerlos con gran dificultad.

Batalla de Pilos: la flota ateniense derrota a la espartana
Al tercer día de asedio, las tropas espartanas de tierra se retiraron a buscar madera con la que construir maquinaria de asedio, mientras la flota entraba en la bahía dejando los canales desguarnecidos. Fue entonces cuando la flota ateniense, que había dado media vuelta ante el aviso de Demóstenes, apareció. Los barcos espartanos fueron cogidos por sorpresa y toda la flota capturada o hundida. Las tropas espartanas de la isla de Esfacteria se encontraron entonces totalmente aisladas y sin posibilidad alguna de escapar o ser abastecidos, pues la victoriosa flota ateniense se desplegó para evitarlo. Los espartanos se encontraban en una situación desesperada.

La negociación

Esparta pidió una tregua y envió emisarios a Atenas, dejando en garantía lo que quedaba de su flota. Comenzó entonces una dura negociación. Los espartanos querían recuperar el contingente de la isla a toda costa debido a la escasez de hombres en su ejército, y para ello ofrecieron entregar a los atenienses 60 trirremes y acabar con las incursiones en el Ática a cambio de que las tropas atrapadas pudieran regresar a Esparta. Durante la tregua, los atenienses permitieron que se enviara a la isla una cantidad fija de alimentos y vino (curiosamente, a cada hoplita le correspondía el doble de lo que recibía un ilota).

Cleón de Atenas
La facción ateniense que encabezaba Cleón exigió a los espartanos que, además de los barcos, debían entregar los puertos de Megara y Trecén, así como la región de Acaya. En realidad, Cleón sólo buscaba hacer encallar las negociaciones para poder humillar a los espartanos capturando y matando a sus tropas de Esfacteria. Los emisarios espartanos no aceptaron las condiciones que se les ofrecían y abandonaron Atenas, y los atenienses se negaron a devolver las naves espartanas dejadas como garantía. Como el envío de comida a los sitiados se había interrumpido, los espartanos trataron de abastecerlos con la ayuda de nadadores.

Hoplita espartano
En realidad, los atenienses no estaban en mucha mejor posición que los espartanos. Los bosques de la isla de Esfacteria no permitían a los sitiadores saber cuántos ni dónde estaban situados los espartanos, por lo que no se atrevían a atacar. Además, tampoco les resultaba fácil abastecer la flota y la guarnición de Pilos, y la llegada del invierno amenazaba la presencia ateniense allí. Tras más de cincuenta días desde que los hoplitas espartanos quedaran atrapados en la isla, la situación estaba estancada. Fue entonces cuando un incendio fortuito (producido por un fuego de campamento mal apagado) quemó durante dos días gran parte de la vegetación de Esfacteria, dejando al descubierto la posición de los espartanos. Cuando la noticia llegó a Atenas, Cleón se jactó de rendir a las fuerzas sitiadas en menos de 20 días. Sus detractores le desafiaron a hacerlo. La batalla era inminente.

La batalla

Las fuerzas espartanas estaban divididas en tres contingentes. El grueso de sus tropas estaba en el centro de la isla, custodiando un pozo salobre que era la única fuente de agua, y el resto se encontraba en dos puestos avanzados, uno a cada extremo, vigilando los movimientos de los atenienses a través de los canales. En total eran 420 hoplitas y 400 ilotas, que luchaban como infantería ligera. Las fuerzas atenienses ascendían a unos 800 hoplitas, unos 2.000 hombres de infantería ligera (entre arqueros, honderos y peltastas) y unos 7.000 remeros. A esta fuerza había que añadir otros 800 soldados mesenios que buscaban liberar su región de los espartanos. La ventaja numérica era ateniense, pero las fuerzas espartanas eran consideradas las mejores de Grecia.

Esfacteria; fases de la batalla
El 10 de agosto, antes del alba, el primer desembarco tuvo lugar al sur de la isla. Los atenienses tomaron el puesto avanzado espartano por sorpresa y acabaron con todos. Poco después, el grueso de las tropas atenienses desembarcó en el centro de la isla, encontrándose la falange espartana ya formada y dispuesta a luchar. Las tropas ligeras atenienses tomaron los puntos elevados a ambos lados de la falange, masacrando a los espartanos con flechas, jabalinas y proyectiles de honda e impidiendo que salieran a luchar contra los hoplitas atenienses (que se mantuvieron quietos durante toda la batalla). El incesante bombardeo acabó con la vida del general espartano Epitadas, así que el resto de las tropas decidieron replegarse hacia el norte, a las ruinas de un fuerte abandonado, sin dejar de ser acosados por las tropas ligeras atenienses.

Batalla de Esfacteria: las tropas ligeras acosan a los hoplitas espartanos
Teniendo en cuenta que el número de proyectiles lanzados era muy elevado, las bajas espartanas eran pocas. Sin embargo, estaban en una posición desesperada. Rodeados, sin agua ni comida, pero con la protección de un barranco tras ellos, los espartanos decidieron permanecer y resistir allí. Fue entonces cuando las tropas mesenias ascendieron el barranco a través de un pequeño sendero y terminaron de rodear a las tropas espartanas por todas partes. Los generales atenienses no querían una masacre, de modo que hicieron una oferta de rendición. El comandante espartano no quería tener la responsabilidad de la decisión, por lo que pidió enviar un emisario a Esparta para pedir instrucciones. La respuesta de la ciudad no tardó en llegar: “Esparta os ordena que toméis vuestra propia decisión, siempre que sea honorable”. La decisión que tomaron en común fue tirar sus armas y rendirse. Nunca antes ningún ejército espartano había hecho algo así, pues siempre habían preferido la muerte antes que el deshonor. Tras cincuenta días en la isla (de los que sólo veinte recibieron alimentos) y un total de 128 bajas (los atenienses tuvieron menos de 50), un ejército espartano se rendía por primera vez en la historia.

Batalla de Esfacteria: última posición espartana
El impacto de la noticia en las ciudades griegas fue inmenso. Se había roto el mito de la invencibilidad de las tropas espartanas. También se había demostrado que con tropas ligeras, fáciles y baratas de equipar, podía derrotarse a tropas más pesadas basándose en la versatilidad y la movilidad. Los 292 supervivientes espartanos fueron llevados a Atenas, donde sufrieron la vergüenza de haberse rendido hasta el año 421 a.C. en que se acordó la Paz de Nicias. Cuentan que uno de los espartanos fue preguntado por los atenienses si creía que sus compañeros muertos en la batalla eran más valientes, a lo que contestó: “Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines”. Fue el único consuelo que les quedó, haber sido derrotados por enemigos que atacaban a distancia con piedras y flechas, no cuerpo a cuerpo.

Las brujas de Salem

Entre febrero de 1692 y mayo de 1693 se desató un periodo de histeria colectiva en algunos condados de Massachusetts, en la costa este de Estados Unidos. Entre 150 y 200 personas fueron detenidas y encarceladas bajo la acusación de brujería (aunque el número puede haber sido mayor si contamos las detenciones que no fueron seguidas de acusaciones formales), en una loca espiral de rumores, paranoia y fanatismo religioso. El resultado final fue que catorce mujeres, cinco hombres y dos perros fueron ejecutados en la horca (y no en la hoguera, como erróneamente se cree) bajo la condena de tener tratos con el Diablo; además, al menos otras cinco personas murieron en la cárcel esperando ser juzgadas o en las torturas que sufrieron para arrancarles una confesión.

Uno de los juicios de Salem
El episodio ha servido posteriormente de inspiración a numerosas obras literarias, entre las que destaca poderosamente la obra de teatro “The crucible” (traducido al español como “Las brujas de Salem”) de Arthur Miller, quien utilizó lo ocurrido en esta localidad como metáfora de la llamada “Caza de brujas” que se desató en Estados Unidos en los años 50 del siglo XX, auspiciada por el senador Joseph McCarthy. En cualquier caso, lo que pasó en esta pequeña ciudad del este de Estados Unidos es una muestra de los peligros que el fanatismo religioso conlleva, y que tanto sufrimiento ha causado a la Humanidad a lo largo de su historia.

Los puritanos

No podemos entender qué pasó realmente en Salem sin hacer una breve reseña de quienes eran los puritanos. Los primeros 102 miembros de esta comunidad religiosa llegaron a América el 11 de noviembre de 1620 a bordo del barco Mayflower, procedentes de Inglaterra. La razón del viaje de estas personas era la discriminación que sufrían por parte de los anglicanos. El puritanismo se basaba en las creencias calvinistas (que aplicaban con un intenso fervor) y creían que el anglicanismo no era lo bastante radical. Consideraban que la iglesia Anglicana no había terminado de romper del todo con Roma y la acusaba de estar demasiado cerca del poder (cosa cierta, por otra parte), preocupándose más de hacer política que de procurar la salvación de las almas de sus feligreses.

El Mayflower
Fue así como desembarcaron en Nueva Inglaterra llevando consigo todas sus supersticiones y su fe total y absoluta en Dios. Estaban convencidos de que cualquier fenómeno natural inexplicable para ellos era un castigo divino (sin duda impuesto por sus pecados) y que cualquier enfermedad o dolencia que no pudiera ser sanada con ungüentos, sopa caliente y oración era producida por el Diablo. Su fe en que Dios lo dirigía todo se plasmaba en su constante cita de la Biblia a la menor ocasión. La crónica de un viajero de la época narra como “nunca completan un trato, o hacen una broma, sin un texto de las Escrituras al final”.

Puritanos
Un detalle importante es el papel de la mujer en su sociedad. No sólo estaban en un estado de completa sumisión al hombre, sino que también se consideraba que eran débiles de cuerpo y espíritu, hasta el punto de que llegó a celebrarse un concilio para debatir si tenían alma. Vivían totalmente entregadas a las labores domésticas y al cuidado de los hijos. Esta creencia tenía una doble vertiente; por un lado, se creía que eran las víctimas perfectas para los ataques del Diablo, y por otro se consideraba que cualquier mujer cuya conducta se saliera de lo que se consideraba normal era muy probablemente una bruja con poderes sobrenaturales, presta a hacer daño a la comunidad.

Samuel Parris
Este era el ambiente que se vivía en Salem, una ciudad de puritanos fundada en 1626 por Roger Conant. El fanatismo religioso, la creencia de que el Maligno les acechaba, y el constante miedo a los ataques de las fieras salvajes y los nativos constituían el caldo de cultivo perfecto para que se desatara la histeria colectiva al menor chispazo. A estos antecedentes hemos de añadir que el reverendo de la comunidad, Samuel Parris, había sido nombrado en un intento de tener en la comunidad un ministro permanente, ya que los tres anteriores se habían marchado al tener problemas para cobrar su sueldo de los habitantes del pueblo. Estos problemas se repetirían con Parris, lo que quizá explique su actitud en los juicios que siguieron.

El comienzo

El reverendo Parris tenía tres hijas y una sobrina a su cargo. Para cuidar de ellas contaba con una esclava procedente de Barbados llamada Tituba, que además entretenía a las niñas con cuentos de vudú y leyendas de su tierra. El 20 de enero de 1692, Elizabeth Parris (una de las hijas del reverendo) y su prima Abigail Williams empezaron a mostrar extraños síntomas: tenían convulsiones, fiebre alta y gritaban extrañas incoherencias que nadie entendía. Pronto otras cinco niñas empezaron a tener los mismos síntomas, a los que algunas añadieron que sentían mordeduras y picaduras en la piel. Unos días más tarde, la hija de Parris, ante una regañina de su padre, lanzó una Biblia al suelo y empezó a proferir todo tipo de blasfemias mientras saltaba de un lado a otro. El resto de las niñas comenzaron a imitarla. Preocupados, los habitantes de Salem llevaron a las niñas a un médico (tradicionalmente identificado como el doctor Griggs), quien no sabiendo qué les pasaba, sugirió que todo podía ser un caso de posesión demoniaca.

Grabado que representa a Tituba
El reverendo Parris se convenció inmediatamente de que esa era la causa, ya que los síntomas de las niñas eran muy similares a los sufridos por otras de Boston y que estaban recogidos en un libro que había llevado consigo titulado “Providencias Memorables Relacionadas con Brujerías y Posesiones” (de resultas de ese caso una lavandera llamada Ann Glover, también conocida como "Goody Glover", y que trabajaba para la familia, fue acusada, condenada y ejecutada por brujería). Las niñas fueron presionadas para señalar a las causantes de sus males, y Elizabeth Parris señaló a la esclava Tituba, a Sarah Osborne y a Sarah Good. Osborne era una mujer adinerada que no había asistido a la iglesia en tres años debido a una enfermedad y a su afición al alcohol, y que estaba en pleitos con otra rica familia de Salem, los Putnam (casualmente, muchos de los acusados posteriormente mantenían disputas con esa familia), y Good era una indigente y marginada social que estaba embarazada en el momento de su arresto. Las otras niñas corroboraron la acusación.

Placa en honor de Sarah Good en Salem
Tituba confesó ser culpable de los cargos, pero que era una víctima más de Osborne y Good. Declaró que había volado por el aire a su antojo, que era una bruja, aunque había sido engañada por las otras dos acusadas. Según parece, su confesión buscaba desviar la atención y que no se acusara a su marido John Indian, que había sido obligado por otra vecina de Salem a hacer un pastel con harina de centeno y orina de las afectadas (algo que se conocía como “pastel de brujas”) para averiguar el origen de sus males, siguiendo la magia tradicional inglesa. Esta confesión hizo que se desatara la histeria colectiva, y durante el año siguiente la locura se adueñó de esta localidad. Además, sirvió para que Tituba fuera condenada a prisión y no a muerte, como sí lo fueron Osborne y Good (aunque Osborne murió en prisión antes de ser ahorcada).

La espiral de histeria

Pocos días después, las niñas acusaron también a Martha Corey, una intachable anciana cuyo único pecado era afirmar que las "afligidas" (como se conocía a las personas afectadas por una posesión) mentían y que no había posesión demoníaca alguna. Se desató entonces una espiral de acusaciones entre vecinos. Todos vigilaban a todos y cualquier palabra precipitada podía ser el detonante de una acusación de brujería. Las mujeres acudían a los oficios con un capuchón para no ser reconocidas. Además, cuando alguien era arrestado podía buscar no ser condenado a muerte afirmando que era una víctima más y acusando a otra persona de ser bruja, lo que elevó la paranoia hacia límites increíbles; subió hasta el punto de que llegó a arrestarse a la hija de cuatro años de Sarah Good acusándola también de ser una bruja. Las acusaciones y los arrestos se hicieron masivos, y algunos vecinos aprovechaban la situación para señalar a otros con los que mantenían rencillas personales.

Arresto de una mujer en Salem acusada de brujería
Algunos hombres fueron también acusados bajo el delito de ser “jefes de brujas”. Uno de los casos más llamativos fue el del antiguo reverendo de Salem George Burroughs, desposeído de su cargo dos años atrás después de denunciar a la comunidad por no pagarle el sueldo. Una de las niñas le acusó de entrar una noche en su habitación, escribir su nombre en un libro y después morderla en la espalda. A pesar de que la noche en que la niña dijo que pasó todo Burroughs estaba en otra ciudad bastante alejada de Salem, fue condenado y ahorcado por brujo. Fue el único reverendo de la historia de Estados Unidos en ser ejecutado.

Examen de una acusada buscando "signos del Diablo"
Antes de ser juzgadas, las acusadas pasaban por un examen donde se buscaban “signos del Diablo”. Estos signos eran generalmente lunares, por lo que pocas se libraban de ser acusadas formalmente. Si a eso añadimos que bastaba que otra persona afirmara que era bruja para ser enjuiciada y condenada, la situación se hizo insostenible para las acusadas. Y es que el pueblo pedía sangre, hasta el punto de que cuando el juez falló a favor de una anciana llamada Rebecca Nurse los asistentes estallaron en cólera, rompiendo los bancos del tribunal. El juez, amedrentado, corrigió el veredicto y la condenó a la horca. Poco después, el gobernador le concedió un indulto, pero ante el clamor popular lo retiró. Fue ahorcada el 19 de julio de 1602 en Gallows Hill, una colina cercana a Salem.

Tortura de Giles Corey
En total fueron ejecutadas en la horca 19 personas, además de dos perros (se creía que estos animales actuaban como vehículos del Diablo). A estas muertes hemos de añadir las personas que murieron en prisión o bajo tortura. Mención especial merece el caso de Giles Corey, esposo de la anteriormente mencionada Martha Corey. Fue acusado de brujería, pero se negó a prestar declaración y solicitar juicio, por lo que lo sometieron a una tortura conocida como “la tortuga”, consistente en ponerle piedras pesadas sobre el cuerpo. Cuando se le preguntaba si quería confesar el sólo pedía que pusieran más peso. Finalmente murió asfixiado tres días antes de que su esposa fuera ahorcada, pero su muerte sin haber sido enjuiciado sirvió para que sus hijos pudieran heredar sus propiedades.

El fin de la locura

Hacia octubre de 1692 comenzaron a alzarse voces contra los procesos que se estaban viviendo en Salem. Entre esas voces destacó la del presidente de la Universidad de Harvard, que denunciaba lo que se llamó “evidencia espectral”, es decir, la acusación y condena basándose solamente en sueños y visiones. Poco después, el gobernador de Massachusetts William Phips prohibió nuevos arrestos. Se eliminaron muchas actas de acusación, dejando en libertad sin cargos a los acusados. No obstante, se siguieron celebrando juicios hasta mayo de 1693, aunque la mayoría de los acusados fueron absueltos y a los que no lo fueron se les indultó.

Rebeca Nurse ante el tribunal
Posteriormente, muchas de las personas que acusaron a otras de ser brujas se desdijeron de sus palabras y afirmaron que habían mentido. Particularmente curioso fue el caso del reverendo Parris, cuya hija había iniciado todo el asunto. En los procesos contra vecinos de su parroquia se ponía de parte de los acusadores, al contrario que los reverendos de las parroquias vecinas, que defendían a sus feligreses que eran acusados. Fue acusado por los vecinos de Salem y él se defendió escribiendo el ensayo “Meditions for Peace”. Finalmente, ante lo insostenible de su situación, renunció a su cargo y abandonó el pueblo en 1696.

Museo de las brujas en Salem (actual Danvers)
Muchas causas se han barajado para explicar el fenómeno de histeria colectiva en Salem, desde las rivalidades entre familias hasta la ingestión del cornezuelo (un hongo de efectos alucinógenos que crece junto al centeno y que pudo pasar a la harina con la que se hacía el pan), pasando por la situación de opresión que vivía la mujer en esa época. Probablemente la explicación es una mezcla de todo ello. Hoy en día Salem se llama Danvers, y es un turístico destino dentro de Estados Unidos aprovechando el horror que se vivió durante más de un año allí. Cuenta con un “Museo de las Brujas”, donde el visitante puede conocer la historia. Si viajamos a la costa Este de los Estados Unidos, no debemos olvidar visitarlo y recordar a las víctimas de la intolerancia y el fanatismo.

Jaime I, el rey de las dos cabezas

El rey aragonés Jaime I, llamado El Conquistador, instauró un curioso sistema para repoblar las tierras que iba haciendo suyas. Para ello, inventó una medida de superficie llamada la jobada, que consistía en la cantidad de tierra que podían arar dos bueyes en un día. A cada familia que venía a establecerse en las tierras conquistadas, le concedía tantas jobadas como miembros había en dicha familia. A este rey se le atribuye otra anécdota, muy probablemente falsa: fue el inventor de la palabra “caray”. Se cuenta que, estando sitiado en Valencia, tuvo el capricho de comerse unas cabezas de ajos tiernos. Los sirvientes salieron de las murallas para coger unos cuantos con los que servir al rey, pero los enemigos los descubrieron y los mataron. A todos menos a uno, que pudo regresar con una sola cabeza de ajos en sus manos. El rey, al verla, exclamó “car all” (caro ajo), que en algunos sitios se pronuncia “car ai”.

Estatua de Jaime I en Valencia
No será sin embargo por nada de esto por lo que se recuerde a este rey, sino por haber sido el que anexionó las Baleares y Valencia a la corona aragonesa e instaurado las bases para su posterior expansión mediterránea. Su reinado es bien conocido, pues tuvo la deferencia de hacer escribir un libro con los acontecimientos de su reinado (“Libro de los hechos del rey Jaime”). No vamos a entrar en este artículo a desgranar los pormenores y conquistas de su vida, sino en una serie de anécdotas y leyendas que jalonaron su vida, ya que algunas dan buena muestra de su carácter y su figura. Empezaremos por su insólita concepción y terminaremos por el increíble hecho de que en su sepulcro se encuentren dos cabezas.

La asombrosa concepción del futuro rey

Como en casi todos los matrimonios concertados, a la unión de los padres de Jaime I (Pedro II de Aragón y María de Montpellier) le faltaba amor. El rey sólo se había casado con María por su dinero y sus posesiones, pero realmente no podía soportar estar en la misma habitación que ella. La pareja apenas se veía, no dormían juntos y el rey había intentado repudiar a la reina sin éxito, ya que la solicitud de nulidad matrimonial siempre chocó con la negativa del Papa Inocencio III a concederla. Así pues, la nobleza andaba sumamente preocupada ante la falta de un heredero legítimo a la corona, y se puso a conspirar junto a la Iglesia y a la propia reina para poner remedio a la situación.

Pedro II de Aragón
El rey tenía múltiples amantes, pero no hacía ascos a alguna más. Así que estando en Lates, un rico hombre aragonés llamado Guillén de Alcalá rogó al rey que fuera a Miravals a encontrarse con una dama que atendería todos sus deseos. El rijoso Pedro no se lo pensó dos veces y allí se presentó. La alcoba a la que fue conducido estaba a oscuras y sobre la cama se adivinaba un bulto que el rey tomó por la dama complaciente que le habían referido. Después de una noche de (se supone) amor desenfrenado, el asombrado rey vio entrar en la cámara al amanecer un grupo de nobles y religiosos que imploraban su perdón. Su sorpresa y su ira crecieron cuando comprobó que la dama con la que había estado gozando toda la noche era su propia esposa. Fue la única noche que pasaron juntos.

Tríptico de marfil del siglo XV, representando el matrimonio de María de Montpellier (con la flor de lis) y Pedro II de Aragón (con las barras)
Sin embargo, esa única noche no pudo ser más provechosa: María quedó embarazada y 9 meses después (el 2 de febrero de 1208) nacía el que sería Jaime I. Es curioso también como fue elegido el nombre del niño. La reina encendió doce velas, cada una con el nombre de un apóstol, y la última en apagarse fue la de Santiago (el nombre equivalente a Jaime). Pero por muy milagroso que hubiera sido la concepción del bebé y la elección de su nombre, el padre no quería saber nada ni del niño ni de la madre (hasta el punto de que sufrió un intento de asesinato por parte de un sicario estando en la cuna) y no conoció a su hijo hasta que éste tuvo dos años. Poco después, Pedro entregó a Jaime a la tutela del señor de Montfort, más como un rehén que como un pupilo. Tuvo gracia que fuera este mismo señor de Montfort el que venciera y matara a Pedro II en la batalla de Muret de 1213, cuando el rey aragonés fue a auxiliar a los cátaros de su aliado el conde de Tolosa contra los católicos cruzados del Papa. Y más gracia aún tiene que un monarca que tenía el sobrenombre de “El Católico” muriera excomulgado y hereje.

Jaime I
Así pues, Jaime se vio a los cinco años huérfano (su madre también había muerto ese mismo año) y heredero de uno de los reinos más poderosos de la Península. Los nobles aragoneses reclamaron a Montfort el regreso de su rey, pero éste se negó hasta que una enérgica bula de Inocencio III en 1214 le convenció de que lo mejor sería devolver al niño a su patria. Jaime fue puesto bajo la custodia de los templarios en Monzón hasta que alcanzara la mayoría de edad. Comenzaba así el reinado de este rey que habría de conquistar las Baleares y Valencia y que puso las bases para la futura expansión de Aragón por el Mediterráneo.

La aparición de San Jorge

Se cuenta que, durante el asedio a Mallorca, unos quinientos infantes fueron los primeros en entrar en la plaza por una brecha en la muralla, pero iban a ser destrozados por la enérgica resistencia de los defensores musulmanes. Cuando la situación parecía desesperada, alguien exclamó el grito de guerra de Aragón: “¡San Jorge, San Jorge! ¡Hiere, hiere!”. Nada más oírse el grito, un caballero de brillante armadura montado en un caballo blanco apareció de la nada, derribó a cuantos sarracenos se le pusieron en el camino y desapareció tan rápidamente como había llegado. Nadie le conocía y nadie volvió a verlo después, así que los aragoneses se convencieron de que era San Jorge, que ya anteriormente les había hecho ganar muchas batallas.

San Jorge, en un grabado de Durero
Las similitudes de este episodio con el de la batalla de Clavijo, en el que el apóstol Santiago apareció en mitad de la lucha matando moros, son evidentes. Claro que no debemos extrañarnos si pensamos que Jaime I estuvo a punto de ser canonizado en el siglo XVII. Si nuestro rey no alcanzó la santidad fue porque el Papa de entonces tuvo que elegir entre hacer santo a Jaime I o al rey castellano Fernando III, y escogió a este último. En esos momentos sólo Francia tenía a un rey elevado a los altares (Luis IX, el que participó en la séptima y octava Cruzadas), de modo que la Santa Sede no tuvo más remedio que compensar a la muy católica monarquía española con otro rey santo. Sin embargo, dos reyes del mismo país en el santoral eran demasiados, de modo que Jaime I se quedó a las puertas de los altares.

La golondrina y el murciélago

Hay dos curiosos episodios en la vida de este rey relacionados con los animales. El primero tiene como protagonista a una golondrina. Estando el ejército de Jaime I acampado cerca de Burriana (ciudad que acababa de conquistar), una de estas aves hizo su nido en el palo central de la tienda del rey, puso allí sus huevos y al cabo de unos días nacieron los polluelos del ave. Cuando poco después el ejército del rey se disponía a marchar hacia Valencia, Jaime I se dio cuenta de que en lo alto de su tienda se encontraba el nido de la golondrina, así que ordenó a sus sirvientes que no desmontaran la tienda hasta que los polluelos hubiesen abandonado el nido.

Escudo de Valencia
Este episodio se parece mucho a otra leyenda relacionada con Jaime I en la que el protagonista animal es un murciélago. Al igual que en el caso anterior, un murciélago había hecho su nido en el palo central de la tienda del rey, que a la sazón se encontraba con su ejército en el arrabal de Ruzafa sitiando Valencia. Una noche, mientras el ejército dormía, se empezó a oír cómo alguien golpeaba un tambor. El rey se despertó y dio órdenes de extremar la vigilancia. Los guardias descubrieron que un ejército de los defensores estaba a punto de atacar el campamento, de modo que se ordenó zafarrancho general y tras la consiguiente batalla, los moros se retiraron con grandes pérdidas. El rey quiso premiar a quién le había alertado golpeando el tambor, y su sorpresa sería mayúscula al descubrir que había sido el murciélago que anidaba en su tienda, que se había dejado caer sobre dicho tambor con todas sus fuerzas hasta despertar al rey.

Escudo de Barcelona hasta 1882
Otra versión de esta leyenda asegura que el murciélago hizo el nido en el yelmo del rey, quien al ir a ponérselo al día siguiente descubrió dentro al animal y a su cría. Pensando que el murciélago era el símbolo de la precaución, ordenó avanzar con suma prudencia, descubriendo que los moros le estaban preparando una emboscada más adelante. Advertido del peligro, pudo desbaratarla causando graves pérdidas a los defensores de la ciudad. Sea o no verdadero el episodio (en cualquiera de sus versiones), lo cierto es que el murciélago es una figura heráldica frecuente en la corona de Aragón, así como en los escudos de Valencia y Palma de Mallorca (y en el de Barcelona hasta 1882).

Un esqueleto con dos cabezas

El 27 de julio de 1276 Jaime I murió en Alzira. Tal y como había dejado escrito, fue amortajado con los hábitos del Císter y, a la espera de poder ser enterrado en el monasterio de Poblet junto a su padre (tal y como había sido su deseo), se le sepultó en la Catedral de Valencia. Finalmente sus restos fueron trasladados a dicho monasterio en mayo de 1278. Sin embargo, su descanso iba a ser de todo menos tranquilo. En 1809, soldados napoleónicos profanaron las tumbas buscando oro y joyas. Poco después, en 1833, el monasterio volvió a ser saqueado durante la Primera Guerra Carlista. Y finalmente, en 1836, el monasterio fue abandonado debido a la desamortización de Mendizábal. Las tumbas fueron de nuevo saqueadas en busca de riquezas y los restos de los reyes de Aragón desperdigados por los suelos.

Monasterio de Poblet
El párroco de l'Espluga de Francolí se dedicó a ir recogiendo los restos y metiéndolos en sacos con más voluntad que acierto. Estos sacos quedaron olvidados hasta que en 1844 se creó la Comisión de Monumentos de la provincia de Tarragona, que entre otras cosas se encargó de recuperar los restos de los monarcas aragoneses y trasladarlos a la Catedral de Tarragona. Cuando llegó el turno de identificar a Jaime I, el método que se siguió fue el siguiente: como las crónicas decían que el monarca era “un palmo más alto que cualquiera”, se cogió el esqueleto más grande. Además estaba vestido con el hábito del Císter, así que la cosa estaba clara (al menos eso parecía). El problema era que dicho esqueleto estaba sin cabeza, así que se echó mano de nuevo a las crónicas, que decían que el rey había sufrido una herida de ballesta en la cara mientras sitiaba Valencia, de modo que se eligió un cráneo que ostentaba una gran cicatriz en la frente.

Sepulcros de los reyes de Aragón
Tras tan científica identificación, los restos de Jaime I fueron metidos en un sepulcro en la Catedral de Tarragona. Y allí se quedaron hasta que el monasterio de Poblet fue reconstruido y habitado de nuevo por monjes en 1940. En 1952 se decidió que los restos de los reyes de Aragón volvieran allí, y entonces es cuando se terminó de liar la cosa. Parece ser que el arqueólogo Salvador Vilaseca se dio cuenta de que la herida que presentaba el cráneo de Jaime I no cuadraba con la que había recibido, ya que al tener la frente protegida por un yelmo no podía tener una cicatriz tan escandalosa. De modo que se pusieron a buscar otro cráneo que presentara una cicatriz más acorde. Al final dieron con uno, pero los expertos no se atrevieron a sustituir el viejo cráneo por el nuevo, pues ambos eran probables. Así que se metieron ambos cráneos en el sepulcro, y hasta hoy el cuerpo de este rey presenta un esqueleto con dos cabezas. Como dice el proverbio, más vale que sobre que no que falte.

Hammamet, una victoria con disfraces

Dice el refrán español que “el hambre agudiza el ingenio”. Está claro que en casos de bonanza, no es necesario exprimirse las meninges para conseguir satisfacer nuestras necesidades (al menos las más básicas). Es cuando la escasez aprieta que los hombres buscan la forma de conseguir salir de las dificultades. Al menos las de ese día, que mañana ya veremos cómo nos las apañamos. Los españoles han inventado incluso un género literario propio alrededor de esta idea: la picaresca. Obras como “El Lazarillo de Tormes” o “El Buscón” beben directamente de este refrán y de lo que significa. Y no es casualidad que la eclosión de este género se llevara a cabo durante el Siglo de Oro.

Uno de los cañones que defendía Hammamet
Y digo que no es casualidad porque en esa época había que agudizar el ingenio si no se quería pasar hambre. Y lo tenían que hacer todos, nobles y plebeyos; aunque cada uno de forma distinta, claro. El pueblo llano para poder comer todos los días, la nobleza para medrar, y el rey Felipe III para mantener sus dominios. Haber heredado un imperio tan grande de su padre sin los recursos necesarios para mantenerlo obligaba a un ejercicio de ingenio sobrehumano para no verse superado por sus múltiples enemigos. La picaresca, pues, no sólo se limitaba a la gente del común, sino que llegó a ser una forma de vida para el Imperio Español, aunque esa picaresca a menudo se disfrazara bajo el pomposo nombre de “Estrategia”. Y uno de estos episodios de picaresca, el asalto al puerto tunecino de Hammamet, es el que hoy traemos aquí.

La Pax Hispanica

Como se ha dicho antes, Felipe III heredó de su padre un inmenso imperio, posiblemente el más grande que los siglos hayan visto. Sus posesiones se extendían por América (de la que era casi señor absoluto), Europa (donde además de España se tenían territorios en Italia y Flandes), África (en la que se logró conquistar zonas al norte del continente) y Asia (en la que se poseían las Filipinas y varios archipiélagos, como las Marianas o las Carolinas). Sin embargo, no era oro todo lo que relucía. Aunque la posición española era hegemónica en el mundo, sus ejércitos distaban mucho de poseer el suficiente número de soldados para mantener un control férreo de todas aquellas zonas de las que era dueño.

Conocedor de que sus fuerzas no eran suficientes para mantener el dominio efectivo de un imperio de tal magnitud, el rey y su valido el Duque de Lerma trataron de llevar a cabo una política de apaciguamiento con el fin de verse desbordados por los múltiples enemigos que España tenía en esos momentos. Así nació lo que el historiador británico Henry Kamen bautizó como la “Pax Hispanica”, parafraseando el concepto de Pax Romana. Este periodo se extendió desde 1598 hasta 1621, año de la muerte del rey. Su hijo y sucesor Felipe IV, asistido por su valido el Conde-Duque de Olivares, cambió totalmente esta política contemporizadora por otra agresiva “de reputación”, que aunque dio lugar a gloriosos episodios (como el annus mirabilis de 1625), acabaría colapsando al imperio.

Felipe III
Así pues, durante el reinado de Felipe III se firmaron varios tratados de paz intentando mantener en la medida de lo posible la hegemonía sin un gasto excesivo de fuerzas. Entre esos tratados destacan la Paz de Vervins de 1598, por el que España renunciaba a participar en las guerras de religión en Francia (aunque curiosamente contenía una cláusula secreta por la que se establecía que los dos países podían continuar haciéndose la guerra en las aguas de la América española), el Tratado de Londres de 1604, por el que Inglaterra renunciaba a participar en Flandes a cambio de que España renunciara a poner un monarca católico en Inglaterra, y la Tregua de los 12 años firmada en 1609, por la que se acordaba un receso pacífico en la guerra que España mantenía contra los rebeldes holandeses en la que se llamó Guerra de los 80 años (o Guerra de Flandes).

No obstante, no todo fue paz, armonía y amor en todo este tiempo. Se han llegado a contabilizar 162 batallas con presencia española durante esos años. Y dentro del territorio español también existían problemas, pues se decretó en 1609 la expulsión de los moriscos, intentando atajar el miedo a que este colectivo se convirtiera en una especie de “quinta columna” de los turcos y evitando que ayudaran a las incursiones de los piratas berberiscos en las costas españolas, pero causando graves problemas de despoblación en algunas regiones de la península (particularmente Valencia). Y es que en el Mediterráneo subsistía el grave problema de los turcos, sin duda el principal enemigo de España en esos años. Un enemigo contra el que se combatió encarnizadamente a lo largo de muchos siglos. Y una de las armas de los turcos eran los piratas de la costa berberisca.

Los piratas berberiscos

Aunque la piratería musulmana estaba presente en el Mediterráneo desde el siglo IX, fue con la expansión del Imperio otomano cuando alcanzó su máxima extensión. La llegada del almirante Kemal Reis en 1487 supuso que los piratas se convirtieran en una gran amenaza para la navegación. Actuaban desde sus bien defendidas bases en el Norte de África (la conocida como Costa berberisca), atacando con sus galeras propulsadas por remos (remos que eran manejados por esclavos cristianos, generalmente) y retirándose a sus bases a la menor señal de peligro. Con esta estrategia capturaron miles de naves y esclavizaron a un gran número de personas, a los que vendían como esclavos (se calcula que entre los siglos XVI y XIX esclavizaron a más de un millón de personas, sin contar los que murieron en sus correrías). Pero su actividad no se limitaba al saqueo de barcos, también atacaban puntos de la costa de España e Italia, de modo que durante muchos siglos amplias zonas costeras quedaron deshabitadas por miedo a estos piratas.

Entre los más famosos corsarios berberiscos destacan sobremanera dos hermanos de nombres Jeiredin y Oruc, y cuyo sobrenombre causaba pavor entre los capitanes mercantes con sólo nombrarlo: Barbarroja. Estos piratas llegaron a capturar la ciudad de Mahón en 1535. El Abate de Brantone, en su libro sobre la Orden de Malta, escribió de él: “Ni siquiera tuvo igual entre los conquistadores griegos y romanos. Cualquier país estaría orgulloso de poder contarlo entre sus hijos”. Y no fueron los únicos; eran también temibles Turgut Reis (conocido como Dragut en Occidente), Kurtoglu (conocido como Curtogoli en Europa), Kemal Reis, Salih Reis, Koca Murat Reis y Tybalt Rosembraise (este último un cristiano renegado). Los diversos capitanes piratas atacaban regularmente Almuñécar, Valencia o las Baleares, siendo ayudados por la población morisca de las ciudades (hasta que Felipe III los expulsó en 1609, como hemos visto antes). Las costas españolas estaban jalonadas de torres de vigilancia, donde cada una  podía divisar siempre otras dos; los ataques de estos piratas dieron lugar a la famosa expresión “no hay moros en la costa”, que indicaba que no había barcos berberiscos a la vista y la población podía estar tranquila.

Oruc Barbarroja
La presencia de renegados entre las filas de los corsarios no era rara. Así por ejemplo, los ingleses John Ward, Henry Mainwaring, Robert Walsingham y Peter Easton o el holandés Zymen Danseker (también conocido como Simon Danser) formaron parte de las flotas corsarias que atacaban las naves católicas en el Mediterráneo. Estos europeos llevaron a la zona técnicas de construcción naval más adelantadas (particularmente las introducidas por Danseker), lo que permitió que la piratería berberisca se extendiera también por el Atlántico, incluso a lugares tan al norte como Galicia, las islas Feroe o Islandia. De hecho, en el siglo XVII se produjo el curioso fenómeno de la piratería anglo-turca, pues corsarios de las dos naciones se aliaron para atacar barcos españoles; según decían, con el objetivo de atacar el catolicismo, aunque realmente la mayoría buscaba su propio enriquecimiento personal.

La piratería contra naves cristianas era considerada entre los berberiscos una forma de Guerra Santa, por lo que para ellos no había nada malo en lo que hacían. Fueron un constante dolor de cabeza para los reinos cristianos de Europa hasta el siglo XIX, cuando en el Congreso de Viena de 1814-1815 se acordó la necesidad de eliminar la amenaza. Esto se consiguió finalmente en 1830, cuando la conquista francesa de Argelia les dejó sin sus principales bases. Pero hasta entonces los piratas berberiscos aterrorizaron el Mediterráneo desde sus bases de la isla de Yerba, la más grande del norte de África (conocida entre los españoles como Los Gelves y provista de un magnífico puerto natural)​ y también desde Trípoli, Argel, Salé y otros puertos de Marruecos, Argelia y Túnez. Una de esas bases era Hammamet (conocida por los españoles como “La Mahometa”), una ciudad cuyo asalto veremos a continuación.

El asalto a Hammamet

En julio de 1602, el mando español de Sicilia recibió de sus espías la noticia de que el puerto de Hammamet esperaba la llegada de una importante escuadra turca al mando del almirante Murad Rayis, así que decidieron aprovechar la información en su propio beneficio. Hacia ese puerto partió una flota de cinco galeras, cinco fragatas y cinco falúas, embarcación típicamente árabe con dos velas triangulares y el mástil ligeramente inclinado hacia proa y con las que pensaban realizar el asalto. A bordo de la flota iban 350 soldados entre infantes españoles y caballeros de la Orden de Malta (la antigua orden medieval de los Hospitalarios, conocida ahora así desde que Carlos I les cediera la isla de Malta en 1530). Su plan era osado: hacer creer a los defensores de la ciudad que ellos eran los turcos que esperaban.

El 18 de julio la flota llegó a la vista de Hammamet y los 350 soldados embarcaron en las falúas. Habían cambiado sus banderas por las turcas y se pusieron turbantes, túnicas y ropajes turcos. Para asegurarse de que el engaño no fuese descubierto hasta que fuera demasiado tarde, se ordenó a varios soldados que tocaran laúdes, crótalos (instrumento similar a las castañuelas, pero de metal) y bendires (una especie de tambores parecidos a las panderetas), instrumentos típicamente musulmanes. El engaño salió a la perfección, pues la guarnición de la ciudad salió a la playa a recibirlos, seguidos por muchos de sus habitantes. Nada más poner pie en la playa, los soldados empezaron a disparar sus arcabuces contra la multitud, lo que hizo que el pánico cundiera por doquier. Una estampida de gente que buscaba refugiarse dentro de las murallas arrollaron a los soldados de la guarnición, lo que provocó que estos no pudieran hacer nada para defenderse.

Soldado de los Tercios
Los soldados cristianos atacaron espada en mano, entrando en la ciudad y tomando sus murallas sin que los desconcertados soldados defensores, aplastados y pisoteados por los civiles, pudieran oponer resistencia. Casi medio millar de personas murieron en el asalto y otras 700 fueron capturadas, entre las que había mujeres y niños. El saqueo de la plaza se prolongó hasta que los cristianos avistaron una tropa de 3.000 jinetes que acudían a socorrer la ciudad. Fue entonces cuando prendieron fuego a las casas y embarcaron, dirigiéndose la flota a la isla de Malta. Las tropas enviadas en ayuda de Hammamet sólo pudieron constatar que la ciudad había sido completamente saqueada e incendiada y que la flota española ya había partido con los prisioneros y el botín.

El alférez Alonso de Contreras (que llegó al cargo de Capitán y del que se dice que inspiró la saga Alatriste del escritor Arturo Pérez Reverte) escribió en sus memorias:

(...) Capturamos a todas las mujeres y a los niños, algunos hombres (...); entramos en la ciudad, la saqueamos. Embarcamos setecientas almas. Vienen de improviso más de tres mil moros en su ayuda, tanto a pie como a caballo, por lo que prendimos fuego a la ciudad y embarcamos (...) Después de ésto regresamos a Malta, contentos; ahí derroché un poco de lo que había ganado

Terminaba así un asalto en que el ingenio de un puñado de soldados españoles triunfó contra una fuerza superior. Y es que, como dijimos al principio, “el hambre agudiza el ingenio”.

La Cruzada de los Niños

Cuando se narran episodios históricos lejanos en el tiempo, muchas veces ficción y realidad se mezclan. En efecto, un acontecimiento puede verse alterado por adornos posteriores de cronistas que buscan embellecer la historia, o por testimonios orales que engrandecen los detalles que más llamaron la atención del testigo y empequeñecen otros que pueden ser fundamentales para saber qué pasó. Ya se sabe que nada hay menos fiable que un testigo ocular. Lo que resulta más raro es que estos hechos tampoco estén bien contados por los cronistas contemporáneos de los hechos en cuestión.

La Cruzada de los niños
Algo de esto es lo que pasó con la llamada Cruzada de los Niños. Una serie de hechos reales ocurridos en el siglo XIII narrados en gran medida de boca en boca dieron lugar a una leyenda en la que se entremezclan fe infantil, alta política de la época y un trágico final. El episodio, recogido por varios cronistas contemporáneos de los hechos (entre los que cabe destacar a Roger Bacon, Vincent de Beauvais o Tomás de Cantimpré), en realidad no pasó de la forma en que fue narrado. Y lo más curioso de todo es que gran parte de la confusión se debió a la errónea interpretación del significado de una sola palabra.

La situación en Europa a comienzos del Siglo XIII

A pesar de haberse convocado para liberar los Santos Lugares del dominio musulmán, la Cuarta Cruzada ni siquiera llegó a pisar Tierra Santa. En lugar de intentar cumplir su propósito inicial, los cruzados se dedicaron a conquistar y saquear Constantinopla e instaurar allí un Imperio Latino, en el que el emperador no fuera ortodoxo sino católico. Además, los venecianos (auténticos cerebros detrás de esta cruzada) consiguieron importantes beneficios comerciales a costa de sus rivales Génova y Pisa. No en vano, a la Cuarta Cruzada se la llamó también “Cruzada Mercantil o Comercial”. Naturalmente, el Papa Inocencio III no estaba demasiado satisfecho con el devenir de los acontecimientos y rápidamente empezó a predicar con fuerza una Quinta Cruzada que, esta vez sí, recuperara para la Cristiandad Tierra Santa.

Toma de Constantinopla por los cruzados
Y es que este Papa tenía debilidad por convocar Cruzadas. A la ya reseñada Cuarta Cruzada debemos añadir la Cruzada contra los almohades que terminó en 1212 cuando los reinos cristianos de la Península Ibérica vencieron al califa Muhammad an-Nasir (llamado por los cristianos Miramamolín, deformación del título árabe Amir al-Mu’minin o Príncipe de los Creyentes) en la Batalla de las Navas de Tolosa. Y por si fuera poco, convocó también la Cruzada Albigense contra los cátaros del sur de Francia, conflicto que llevó a miles de personas a la hoguera y que entre otras cosas nos dejó al legado papal Arnaldo Almarico pronunciando ante la ciudad de Béziers la conocida frase:

Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos

Pero el Papa no se limitó a convocar cruzadas; además lanzó un interdicto (una censura eclesiástica por la cual las autoridades religiosas prohíben a los fieles la asistencia a los oficios divinos, la recepción de algunos sacramentos y la sepultura cristiana) contra Inglaterra y finalmente excomulgó a su Rey Juan I (conocido como Juan Sin Tierra). Y para rematar la faena, provocó una lucha por el poder en el Sacro Imperio Romano Germánico con su pretensión de que Europa fuera un estado teocrático con él mismo a la cabeza.

Inocencio III
Así pues, la energía de Inocencio III hacía que el espíritu de las Cruzadas lo invadiera todo. El problema era que los principales monarcas europeos no estaban para muchas aventuras, pues sus problemas domésticos les absorbían. A la ya citada lucha de los reinos cristianos de la Península Ibérica contra los almohades hemos de añadir que Francia e Inglaterra guerreaban entre sí, en parte porque la excomunión de Juan Sin Tierra hacía que fuera legítimo que los franceses trataran de conquistar las tierras de los Plantagenet en Francia. Y por si fuera poco, en el Sacro Imperio Romano Germánico se estaba produciendo la ya citada lucha de poder entre Otón IV y Federico II (que contaba entre otros con el apoyo del rey de Francia Felipe II Augusto). Definitivamente, un galimatías que hacía que los monarcas europeos no estuvieran para muchas fiestas.

La leyenda de la Cruzada de los niños: la rama francesa

Con la situación europea empantanada como hemos visto, en la pequeña aldea francesa de Cloyes-sur-le-Loir un pastorcillo de 12 años llamado Esteban, recibe en junio de 1212 una visión en la que Jesucristo le ordena escribir una carta dirigida al rey de Francia, en la que pidiera que dicho monarca dirigiera una nueva cruzada para liberar los Santos Lugares. Sorprendentemente, Esteban logra entregar la carta al rey francés Felipe Augusto, que como era de esperar ignoró la misiva. El pastorcillo regresó a su aldea, y allí nuevamente se le apareció Jesús con un mensaje distinto. Esta vez sería el propio Esteban el que lideraría una cruzada formada por niños para liberar Tierra Santa.

"La Cruzada infantil", de Doré
En la visión, Jesucristo le dice al pastorcillo que Jerusalén caería ante “la invencible armada de la bondad y pureza de los niños que lograra reclutar durante la travesía”. Además, le garantiza que las aguas del Mediterráneo se abrirían ante ellos para que pudieran cruzarlo. Dicho y hecho; Esteban de Cloyes se pone en marcha, logrando mediante sus encendidos sermones que se le unieran entre 20.000 y 30.000 personas (no sólo niños, sino también adultos). La elocuencia de Esteban resulta algo sorprendente, teniendo en cuenta que era analfabeto; pero en cualquier caso la muchedumbre que le sigue se pone en marcha hacia Niza (aunque otras fuentes señalan a Marsella). Así lo narra una fuente del siglo XIII, la Chronica regia Coloniensis (“Crónica Real de Colonia”):

Muchos miles de niños y muchachos, de edades que iban desde los seis años hasta la plena madurez, abandonaron sus carros y arados, sus rebaños y todo aquello que estuvieran haciendo en aquel momento para marchar a Tierra Santa. Eso hicieron pese a la voluntad de sus padres, parientes y amigos, que intentaban sin éxito que cejaran en su empeño. De repente, se veía a alguno correr detrás de otro para hacerse con la cruz. Y así, en grupos de veinte, cincuenta o cien, enarbolaban sus estandartes y partían con rumbo a Jerusalén

La intendencia de una muchedumbre así no era fácil, desde luego. La multitud se fue alimentando a base de limosnas, pero también arrasando con la comida de los lugares por los que iba pasando. Como una inmensa plaga bíblica, los niños fueron acabando con toda la comida de los campos, almacenes, casas y tabernas por las que transitaban. Aun así, sólo 3.000 niños y unos 300 adultos lograron llegar hasta la costa mediterránea; el resto había perecido de hambre por el camino o sencillamente había desertado ante lo quimérico de la misión. El grupo, encabezado por Esteban, empezó a rezar de sol a sol para que las aguas se abrieran y pudieran seguir su camino a Jerusalén. Estuvieron así dos semanas, y por supuesto las aguas no se abrieron.

Felipe II Augusto, rey de Francia
Fue entonces cuando dos mercaderes locales pusieron sus siete barcos a disposición de Esteban y su tropa. El pastorcillo vio en este gesto el milagro prometido, y todos se embarcaron. No se volvió a saber de ellos hasta muchos años después. En 1230, un sacerdote llegado de Egipto aseguró ser uno de los niños de Esteban y narró que dos de los barcos se hundieron cerca de la isla de San Pietro, junto a Cerdeña. El resto fue capturado por piratas y llevados a Argel. Allí un grupo fue vendido como esclavos, mientras que otros corrieron la misma suerte, pero en Alejandría y Bagdad. Los más afortunados fueron los que sabían leer y escribir, pues el sultán egipcio los empleó como traductores y secretarios. Entre ellos se encontraba el sacerdote que narró la historia.

La leyenda de la Cruzada de los Niños: la rama alemana

Paralelamente a todos estos acontecimientos otro pastorcillo, esta vez alemán y de nombre Nicolás, recibe otra visión con el mismo encargo. Empieza a recorrer los campos dando también encendidos sermones y, a pesar de ser analfabeto como Esteban de Cloyes, logra reunir varios miles seguidores que se juntan en Colonia. Al contrario del grupo francés, en este grupo había un mayor número de niñas y de adultos. Juntos emprendieron el camino hacia Italia, y para ello tenían que cruzar los Alpes (algo sumamente dificultoso incluso en verano). Durante la travesía muchos murieron de hambre y frío, mientras que otros desertaron y volvieron a sus casas. Sólo unos 7.000 lograron llegar a Génova a finales de agosto de 1212.

"La partida a la Cruzada de los Niños"
Tampoco en esta ocasión las aguas se abrieron. Las autoridades genovesas, apiadadas de los niños, les ofrecieron convertirse en ciudadanos. Muchos aceptaron, mientras que Nicolás y un pequeño grupo se dirigieron a Roma, donde fueron recibidos por Inocencio III. El Papa se sintió admirado por la fe de este grupo, pero les exhortó a regresar a casa y cumplir sus votos como cruzados más adelante, cuando fueran adultos. La mayoría no sobrevivió al viaje de vuelta a través de los Alpes, y los pocos que regresaron siguiendo la ruta del valle del Ródano se desperdigaron por el sur de Francia, donde parece ser que fueron convertidos en esclavos.

Lo que parece que pasó en realidad

A comienzos del siglo XIII se produjo en Europa una grave crisis económica, motivada por el aumento de la población rural. Esta población se encontró en gran medida sin trabajo debido a las grandes mejoras en la agricultura (algunas de ellas introducidas paradójicamente por los cruzados, como los molinos de viento). Esto provocó que muchos campesinos empobrecidos vendieran sus tierras y vagaran por las ciudades viviendo de la caridad. Este fenómeno se dio sobre todo en Francia y Alemania. A estos grupos de campesinos vagabundos se les empezó a denominar de forma despectiva como pueri (en latín “niños”), como si fueran niños inocentes ante los embates de la vida. Muchos de estos grupos de pueri (entre los que por supuesto había niños, pero también adultos) se unían en una protesta religiosa dando sermones y rezando plegarias, pero de ningún modo tenían intención de ir a Tierra Santa a luchar.

Cruzada de los Niños
Por lo que respecta a los hechos narrados anteriormente, parece que la epopeya del alemán Nicolás es bastante ajustada a la realidad. No lo es tanto el caso del francés Esteban de Cloyes, que parece ser que reunió una multitud con el fin de entregar una carta al rey francés Felipe Augusto dictada según él por el mismo Jesucristo. El monarca galo, aconsejado por la Universidad de París, decidió mandarlos de regreso a sus casas, donde efectivamente volvieron. No consta en ninguna fuente que el plan fuera ir a Jerusalén; además se sugiere que los participantes no eran niños, sino simplemente jóvenes.

Campesinos en la Edad Media
Años después, los cronistas leyeron la palabra “pueri” asociada a estas peregrinaciones devotas sin rumbo fijo, e imbuidos ellos mismos del espíritu de las Cruzadas, dieron por sentado que se produjeron cruzadas de niños. Comenzó así a circular una historia que ha llegado hasta hoy, motivada en gran parte por la incorrecta interpretación de una palabra. Tan fuerte fue la leyenda que muchos autores consideran estos hechos como el origen de la historia del Flautista de Hamelin.

El Flautista de Hamelin
Como curiosidad final, decir que esta historia ha inspirado muchas novelas, entre las que cabe destacar la extraña “Las puertas del Paraíso”, del escritor polaco Jerzy Andrzejewski. La particularidad de esta novela es que está escrita en dos párrafos, uno de 180 páginas y otro de una sola línea. A través de monólogos de los niños confesándose a un sacerdote, se va narrando la historia. Merece también mención otra novela titulada precisamente “La Cruzada de los Niños”, de Marcel Schwob, donde diversos personajes van contando la historia en primera persona, con la particularidad de describir a los niños como un inmenso enjambre de abejas. Y es que una palabra mal interpretada puede dar lugar no sólo a ficciones, sino también a hechos que, muchos años después, seguían considerándose históricos.
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