El emplazado a morir

En el magnífico casco antiguo de Cáceres se encuentra el palacio de los Carvajal, edificado entre los siglos XV y XVI por un miembro de dicha familia, Pedro de Carvajal. Destaca por su torre redonda (del siglo XII), por su balcón esquinado en arco apuntado, por su claustro rectangular y por el escudo familiar en relieve y en grandes dimensiones. Este escudo tenía en principio una banda de gules (rojo), pero la familia la cambió a sable (negro) en señal de luto por una grave desgracia familiar.

Blasón de los Carvajal (Cáceres)
Dicha desgracia familiar sucedió en Martos (Jaén) en 1312, y es una historia de intrigas, envidias, conjuras y venganzas. Empezó con el asesinato de un noble que ocupaba un alto cargo en la corte, siguió con la injusta acusación a dos hermanos, y acabó con la misteriosa muerte de un rey. Aún hoy se discute si el episodio está más cerca de la leyenda que de la realidad. En cualquier caso, la historia es apasionante y digna de ser contada.

Una guerra civil larvada

A la muerte del Infante Fernando de la Cerda, heredero al trono de Castilla, su hermano Sancho se proclamó heredero pasando por encima de los derechos de los hijos de su hermano (los infantes de la Cerda) y en contra de la voluntad de su padre, Alfonso X El Sabio. La discusión provenía del hecho de que el derecho consuetudinario castellano consideraba que el siguiente hermano era el heredero; sin embargo el derecho privado romano (introducido por el propio Rey Alfonso X en “Las siete partidas”) consideraba herederos a los hijos del difunto.

María de Molina presenta a su hijo a las Cortes de Valladolid
La situación se agravó al contraer matrimonio Sancho con María de Molina, que era tía carnal suya. Aunque este tipo de matrimonios eran relativamente frecuentes en la nobleza europea de la época, necesitaban de la correspondiente dispensa papal, que en este caso no se obtuvo. Además, existían unos esponsales previos de Sancho con María de Montcada, aunque nunca fueron consumados. Por tanto, el matrimonio estaba considerado nulo y los hijos habidos en él ilegítimos. No obstante, la mayoría de la nobleza se inclinaba por el Infante en la disputa que sostenía contra su padre.

En abril de 1284, el infante Sancho y su esposa recibieron la noticia del fallecimiento de Alfonso X. En su testamento, el difunto rey desheredaba a su hijo Sancho en favor de su nieto, Alfonso de la Cerda. Al día siguiente Sancho y María de Molina, terminados los funerales en memoria de Alfonso X, cambiaron los ropajes de duelo por brillantes paños de oro reales, y Sancho IV fue proclamado soberano de Castilla. Posteriormente se dirigieron a la ciudad de Toledo donde tendría lugar la coronación en su Catedral. A primeros de mayo entraron en la ciudad y fueron coronados monarcas de los reinos de Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarve.

Fue en estas circunstancias en las que nació en 1285 el segundo hijo del matrimonio, Fernando. Inmediatamente después de nacer, fue proclamado heredero al trono y recibió el homenaje de los notables del reino. A la muerte de su padre en 1295, fue proclamado Rey con el nombre de Fernando IV. Sin embargo, al contar sólo con 9 años, necesitaba de alguien que ejerciera su tutoría y la regencia.

Una infancia difícil

Sancho IV dejó establecido en su testamento que la tutoría de su hijo la ejercería su esposa, María de Molina. Sin embargo, esta no había conseguido aún la dispensa canónica que diera validez a su matrimonio, por lo que sus hijos eran considerados ilegítimos. Este hecho agitó las ambiciones de los infantes (tíos suyos) para alzarse con la corona.

Tumba de Fernando IV (Córdoba)
A pesar de ser proclamado rey en Toledo nada más asistir a los funerales de su padre y jurar lealtad a los fueros rodeado de parientes y nobles, fueron estos últimos quienes más contribuyeron a la agitación social. A todo esto se unió la amenaza exterior, pues Aragón y Portugal vieron la posibilidad de pescar en el río revuelto. Calmar los ánimos de unos y otros costó graves perjuicios al patrimonio real, que tuvo que ceder tierras, posesiones y villas.

Contra todo esto, la reina y su hijo sólo contaban con el apoyo circunstancial de las Cortes o la ayuda ocasional de sus más fieles. El panorama empezó a aclararse en 1301, cuando finalmente llegaron las bulas que daban validez al matrimonio de María de Molina y legitimaban a sus hijos.

Un reinado convulso

Llegada la mayoría de edad ese mismo año, el reinado efectivo de Fernando IV no fue muy diferente a lo que había sido durante la regencia de su madre. Tuvo que enfrentarse a rebeliones internas a las que apenas podía hacer frente y a la amenaza exterior del Reino de Aragón, que seguía empeñado en conquistar Murcia para sí. Diversas sentencias arbitrales le procuraron la paz momentánea, a cambio de más cesiones territoriales.

Fernando IV (grabado del s.XIX)
Fue entonces cuando puso sus ojos sobre el Reino musulmán de Granada. De acuerdo con su antiguo enemigo Jaime II de Aragón, inició una guerra contra los granadinos. Los aragoneses atacaron por mar Almería y los castellanos pusieron cerco a Algeciras y Gibraltar. La campaña fue un relativo fracaso, pues la deserción de algunos nobles hizo que no pudiera tomar Algeciras. El tratado de paz posterior le concedió Gibraltar. Fue por aquella época en la que parece ser que enfermó de tuberculosis.

Todo lo leído hasta ahora nos muestra un rey débil frente a las pretensiones de la nobleza, que apoyaba a otros aspirantes a la corona, y frente a los reinos fronterizos, que vieron la oportunidad de conseguir territorios a costa de Castilla. Es en esta situación en la que se enmarcan las rencillas entre dos de las principales familias del reino.

Los Carvajales y los Benavides

Desde hacía mucho tiempo, estas dos familias se encontraban en disputa, echando mano a las armas con frecuencia. El motivo no está del todo claro. Lo que sí sabemos es que los Benavides contaban con las simpatías de Fernando IV, todo lo contrario que los Carvajales. Parece ser que los Carvajales tampoco sentían mucho afecto por el monarca, pues en más de una ocasión se habían puesto de parte de los Infantes de la Cerda en la lucha dinástica por el trono de Castilla.

Arco de Santiago (Valladolid)
Uno de los muchos episodios de las querellas entre estas dos familias se vivió en Valladolid, donde se presentaron ante el monarca Pedro de Carvajal y un miembro de la familia Benavides pidiendo campo al Rey para dirimir un duelo de honor. El monarca lo concedió, produciéndose el duelo al amanecer del día siguiente en el Arco de Santiago. Pedro de Carvajal dio muerte a su contrincante, lo que acrecentó la inquina del Rey hacia su familia.

El asesinato de Juan Alfonso de Benavides

En 1312, estando el Rey en Palencia, le llegó la noticia de que su privado y favorito Juan Alfonso de Benavides había sido asesinado por dos hombres que se habían dado a la fuga. No tuvo mucho tiempo de esclarecer el caso, pues tenía que salir de inmediato hacia la villa de Alcaudete (Jaén), que estaba siendo sitiada por su hermano el Infante Don Pedro.

Cruz de Calatrava
Durante el viaje, unos cuantos nobles empezaron a difamar a los hermanos Pedro y Juan Alfonso de Carvajal, maestres de la Orden de Calatrava, como autores del crimen. El monarca, de carácter violento y cuyo lado paranoico se había visto acrecentado con las intrigas para quitarle el trono habidas durante todo su reinado, prestó oídos a los difamadores, y nada más acampar en Martos dio orden de que los hermanos fueran llevados a su presencia.

El Juicio de los hermanos Carvajal

Era el 6 de agosto de 1312. Pedro y Juan Alfonso de Carvajal pensaron que habían sido invitados a rendir pleitesía al Rey. Sin embargo, se encontraron de pronto cargados de cadenas y acusados del asesinato del privado del monarca. Protestaron su inocencia, suplicaron clemencia, pero el Rey apenas les escuchó. Su corazón pedía venganza.

Peña de Martos
Y dicha venganza no sólo se materializaría en la condena a muerte impuesta a los Carvajales, sino también en la forma de ejecutar dicha sentencia. Fernando IV ideó una muerte ejemplarizante a la altura de su carácter vengativo. En el plazo de dos días debían ser conducidos a lo alto de la Peña de Martos y arrojados desde allí encerrados en una jaula de hierro con púas afiladas en el interior.

Los hermanos Carvajal conducidos al suplicio (grabado del s. XIX)
A pesar de sus gritos proclamándose inocentes y pidiendo al Rey que recapacitase, los dos hermanos fueron conducidos a las mazmorras, donde esperaron los dos días de espera decretados por el monarca para ejecutar la sentencia.

La Cruz del Lloro

El 8 de agosto, pasados los dos días, los hermanos fueron conducidos a lo alto de la Peña de Martos. El Rey insistió en estar presente en el momento en que la jaula empezase a rodar montaña abajo. Pedro y Juan Alfonso de Carvajal volvieron a proclamar su inocencia, pero en vista de que el monarca no se conmovía, Pedro de Carvajal gritó:

Inocentes somos de tal vil asesinato y ya que la justicia real nos condena, aunque inocente somos, os emplazamos a vos Fernando IV de Castilla ante el Tribunal Divino. Así, en el plazo de treinta días os presentaréis ante Dios y daréis cuenta de tan injustas muertes”.

Ante esas palabras, el Rey empezó a reír. Sus carcajadas le provocaron uno de sus frecuentes ataques de tos y esputos de sangre, fruto de la tuberculosis que padecía desde hace años.

Cruz del Lloro (Martos)
La jaula fue empujada al precipicio y cayó dando tumbos por la peña con los hermanos en su interior. La multitud que se había congregado para presenciar la ejecución estaba horrorizada. Fueron al lugar donde se había parado, sacaron los cuerpos y se los llevaron para darles sepultura en la Iglesia de Santa Marta. En el sitio donde finalmente la jaula dejó de rodar se erigió años después una cruz, llamada “del Lloro”, en recuerdo de la injusticia a la que habían sido sometidos los hermanos Carvajal.

La misteriosa muerte del “Emplazado”

Fernando IV partió de inmediato hacia el sitio de Alcaudete. Sin embargo, estando en camino, empezó a sentirse mal y decidió ir a Jaén, con el fin de recuperarse. En su palacio (el actual edificio de la Diputación de Jaén), la cura no parecía ir bien, entre otras cosas por el hecho de que el monarca no se privaba de comer y beber en abundancia. Sin embargo, el día 7 de Septiembre, cuando se cumplían los 30 días del plazo dado por los hermanos Carvajal, el rey se levantó aparentemente curado y de buen humor.

Palacio de la Diputación (Jaén)
Después de comer, y previendo partir esa misma tarde hacia Alcaudete, Fernando IV se retiró a descansar dando orden de que le despertaran a una hora convenida. Cuando fueron a hacerlo, se lo encontraron muerto. Tenía 24 años de edad. La mayoría de los historiadores creen que la causa de su muerte fue una trombosis. Su cuerpo fue enterrado en Córdoba, ante la imposibilidad de llevarlo a Toledo debido al fuerte calor.

Curiosamente, la ciudad de Martos fue la elegida para la coronación de su sucesor, Alfonso XI. A Fernando IV se le empezó a conocer como “el Emplazado”, pues murió el día que los hermanos Carvajal lo citaron al juicio de Dios. La leyenda recorre la comarca de Martos y toda la provincia de Jaén. Y si bien las crónicas la han ido adornando a lo largo del tiempo, los hechos principales fueron tal y como aquí se han narrado.

Muerte de Fernando IV (Palacio del Senado)
Dos años después, el 18 de marzo de 1314, el último Gran Maestre Templario Jacques de Molay era sentenciado a muerte tras la causa general contra la orden promovida por el Rey Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V. Ambos fueron emplazados por de Molay al juicio de Dios, y en efecto ambos murieron en los plazos que el Gran Maestre dijo. Otro caso de emplazados al juicio de Dios, sólo que este es mucho más famoso. Siempre habrá quién no crea una palabra de las leyendas, pero en estos casos hay que tener presente el dicho italiano: “Se non é vero, é ben trovato”. Si no es verdad, está bien contado.

Nota final

La versión de la historia que he contado aquí es la que mayoritariamente se narra en Martos (Jaén), lugar de ejecución de los hermanos Carvajales. No obstante, existen otras versiones dependiendo de la fuente que se consulte. Así, la muerte de Juan Alfonso de Benavides podría haber sido en singular duelo con uno de los hermanos Carvajal, según algunos relatos. Asimismo, también se cuenta que la ejecución de los hermanos podría haber sido sin jaula. No obstante, insisto, la versión narrada en el artículo es la más plausible.

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La carne picada que atragantó a Hitler

A veces cuesta trabajo creer cosas que en realidad pasaron por la sencilla razón de que nos parecen sacadas de la fantasía desbordante de un novelista. Sin embargo, acontecimientos que apenas son creíbles ocurrieron de verdad, mientras que leyendas sumamente lógicas no dejan de ser eso: leyendas. Con razón decía Tom Clancy que la diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción siempre debe tener sentido.

Cartel de la película "El hombre que nunca existió" 
basada en la operación Mincemeat
Algo así es lo que ocurre con la Operación Mincemeat (“carne picada”), un descomunal engaño urdido por el Servicio de Inteligencia británico durante la Segunda Guerra Mundial con el fin de confundir a los alemanes sobre el verdadero lugar del desembarco aliado en Italia. Menos famoso que el plan similar llevado a cabo un año después para hacer creer a los alemanes que el desembarco en Francia se haría por el paso de Calais y no por Normandía (conocido como Operación Fortitude), la Operación Mincemeat contiene sin embargo elementos que la hacen única. Esta es su historia.

El "Memorando Trucha"

El 29 de Septiembre de 1939, cuando la guerra llevaba apenas 3 semanas, el Departamento de Inteligencia Naval del Almirantazgo distribuyó al resto de servicios del espionaje británico el Memorando Trucha, un documento de alto secreto que contenía un listado de ideas para embaucar a los alemanes mediante "el engaño, las tretas bélicas y el traspaso de información falsa". El documento se llamó así porque el almirante Godfrey, director del Departamento, pensaba que este tipo de engaño al enemigo era como la pesca de la trucha con mosca: había que estar constantemente lanzando el anzuelo para que el pez picara.

Ian Fleming en uniforme de capitán
El texto había sido elaborado por el capitán Ian Fleming, que años más tarde se haría famoso con sus novelas sobre James Bond, y era una obra maestra del pensamiento retorcido. Entre las 51 propuestas había algunas tales como lanzar balones de fútbol pintados con pintura luminosa para atraer a los submarinos, distribuir información falsa a través de ejemplares falsificados del periódico The Times o lanzar al mar botellas con mensajes ficticios en los que un capitán de un submarino alemán maldecía al régimen nazi.

La propuesta número 28 llevaba por título “Una sugerencia no muy agradable” y estaba inspirada en una novela del antiguo espía Basil Thomson. Esta propuesta decía: "Un cadáver vestido de aviador, con despachos en sus bolsillos, podría arrojarse en la costa de modo que parezca haber caído debido a un fallo en su paracaídas. Entiendo que no es difícil obtener cadáveres en el hospital de la Armada, pero, por supuesto, tendría que emplearse uno fresco". Es en esta propuesta donde se encuentra el germen de la posterior Operación Mincemeat.

Los planes de asalto a Sicilia

Una vez derrotado el Afrikakorps de Rommel y finalizada la campaña en el norte de África, los aliados empezaron a instalar bases en todo el territorio con el objetivo de invadir Italia y desde allí avanzar hacia el corazón de Europa. En la conferencia de Casablanca (enero de 1943), Churchill y Eisenhower decidieron que la invasión se llevaría a efecto en el mes de julio de este mismo año, a través de Sicilia. Las maniobras para la invasión (Operación Husky) tenían que ser minuciosamente estudiadas. La topografía del terreno de la isla favorecía a los defensores, por lo que mantener en secreto el lugar del desembarco era fundamental para preparar la ofensiva. En la isla, dotaciones italianas y alemanas estaban en alerta permanente ante la posibilidad de ser atacados. Entre los cuerpos del Ejército, la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana) tenía allí una de sus principales bases, desde donde hostigaba las posiciones aliadas en Malta.

Charles Cholmondeley
Algunos meses antes, el capitán de la RAF (Fuerza Aérea británica) Charles Cholmondeley tuvo la idea de lanzar sobre Francia un cadáver vestido con uniforme militar. Junto al cadáver se lanzaría un transceptor de radio. La idea era que los alemanes lo tomaran como el operador de dicho transceptor que había muerto a consecuencia de un paracaídas mal abierto. El objetivo sería proporcionar una fuente de desinformación a los alemanes que favoreciera a los aliados. El plan se desechó por impracticable. Sin embargo, pocos meses más tarde fue recuperado por el capitán de corbeta Ewen Montagu, oficial de la inteligencia naval y miembro del llamado “Comité de los XX”, denominado así porque sólo 20 personas conocían la existencia y el nombre de los miembros de dicho comité. La idea de Montagu era aplicar esta estratagema para engañar a los alemanes sobre el verdadero lugar de desembarco en Italia.

Los antecedentes

Había dos incidentes que Montagu debía de conocer. El primero ocurrió en agosto de 1942, y fue un plan de engaño llevado a cabo en el norte de África, justo antes de la batalla de Alam Halfa. Un cadáver que llevaba un mapa fue abandonado en un vehículo de exploración que había explotado en un campo de minas que se encontraba frente a la 80ª División Ligera, justo al sur de Quaret el Abd. En el mapa se señalaba la posición de campos de minas aliados que en realidad no existían. Los alemanes encontraron el vehículo y cayeron en la trampa. Los Panzer de Rommel, para evitar esos inexistentes campos minados, se dirigieron a áreas de arena suelta, en donde quedaron atrapados.

Equipo que ejecutó la Operación Mincemeat
El segundo incidente no fue un plan de engaño, pero estuvo cerca de serlo. En septiembre de 1942 un PBY Catalina se estrelló en aguas de Cádiz. En él viajaba un correo llamado “Paymaster”, el teniente de navío James Hadden Turner de la Royal Navy (Marina británica). El cuerpo apareció en una playa cerca de Punta Umbría, Huelva, y fue recuperado por las autoridades españolas. Llevaba una carta del general Mark Clark para el gobernador de Gibraltar en la que le daba los nombres de los agentes franceses en el norte de África y le decía que el 4 de noviembre se efectuaría el desembarco de la Operación Torch (nombre en clave del desembarco aliado en el norte de África), que empezó el 8 de noviembre. Cuando el cuerpo fue devuelto a las autoridades aliadas todavía llevaba la carta y los expertos determinaron que no había sido abierta. Por supuesto, los alemanes tenían medios para leer la carta sin abrirla, pero si lo hicieron no aceptaron la información como verídica y no tomaron ninguna medida en relación con esa información.

Ewen Montagu
Con estos dos antecedentes, Montagu y Cholmondeley empezaron a elaborar un plan consistente en plantar documentos de ataque falsos en un cadáver y dejar que este cayera en manos alemanas. Lograron convencer al Comité de que la idea era factible y finalmente Churchill dio su aprobación el 13 de abril de 1943. Inmediatamente solicitó el apoyo de Eisenhower, quien se lo dio no sin ciertas reservas. Montagu, con su característico humor negro, bautizó la operación como “carne picada” (Mincemeat).

La planificación

Lo primero que debieron decidir Montagu y Cholmondeley fue qué documentos podría llevar un hombre que falleciese en un vuelo de enlace por un fallo en la apertura del paracaídas. Los alemanes sabían que se producían continuamente vuelos entre el norte de África y Gran Bretaña con correos de este tipo. Estos vuelos sobrevolaban la costa española, si bien era cierto que nunca llevaban información sensible. Así pues, los documentos que portaría no podían contener planes explícitos, aunque sí información que, debidamente interpretada, sugiriera dónde y cuándo sería la invasión.

Adolf Clauss
El segundo paso era determinar dónde encontrarían el cuerpo los alemanes. Se decidió que fuera en España, dadas las buenas relaciones del régimen de Franco con el gobierno nazi. La costa onubense era el candidato más obvio, ya que tenía pueblos de pocos habitantes donde todos se conocían y el hallazgo de un cadáver en el agua pronto correría de boca en boca. Además, en esa zona operaba el espía alemán más famoso en el sur de Europa, Adolf Clauss, bien relacionado en España, afiliado a la Falange y cuyo padre era el cónsul de Alemania en Huelva. Que el cadáver y todo lo que llevara fuera entregado a los servicios secretos del Reich estaba prácticamente garantizado. Si Clauss se tragaba el señuelo, la operación sería un éxito.

Sir Bernard Spilsbury
Por último, se debía encontrar un cadáver que pareciera que llevara algún tiempo en el agua. Ayudados por el patólogo forense Sir Bernard Spilsbury, pronto encontraron los restos de un vagabundo de 34 años muerto de neumonía. Esta enfermedad produce un encharcamiento de los pulmones que puede ser confundido con una muerte por ahogamiento. Aunque la diferencia entre una muerte y otra podrían establecerse en un estudio exhaustivo, Spilsbury, no sin cierta arrogancia, tranquilizó a Montagu diciéndole:

No tiene nada que temer de una autopsia española; detectar que este joven no ha muerto después de un accidente aéreo en el mar requeriría de un patólogo de mi experiencia, y no existe ninguno en España”.

Montagu contactó con la familia del fallecido, quien recibió las garantías de que el cuerpo sería usado para una noble causa patriótica y que al final recibiría una digna sepultura, aunque con otro nombre. La familia accedió con la condición de que su identidad jamás sería divulgada. El cadáver fue depositado en una cámara frigorífica secreta del MI5 (Servicio de Inteligencia británico).

Fabricando a William Martin

Crear bien la identidad del fallecido era fundamental. Debía ser un oficial de la suficiente graduación como para estar autorizado a llevar los documentos que transportaba, y tenía que tener una vida reconocible, avalada por objetos que “casualmente” llevara consigo. Primero pensaron en que debía ser un oficial del ejército, pero el trámite burocrático para identificar las bajas era muy complicado y creaba la posibilidad de una fuga de información debido a algún funcionario curioso que contaría el caso como un chisme. Las dificultades de encontrar un uniforme naval descartaban la posibilidad de asignarlo a la Royal Navy. Finalmente, decidieron que pertenecería a la Infantería de Marina. Había una sola dificultad pendiente y era que el Cuerpo de los Royal Marines no era muy numeroso y prácticamente todos sus miembros se conocían entre sí. Decidieron usar el nombre William Martin debido a que ese era un nombre muy común entre los infantes. Al aparecer el nombre en los periódicos podría ser cualquiera de los varios William Martin en servicio alrededor del mundo.

Documento de identidad de William Martin
Fue así como surgió la identidad de este capitán de infantería de marina, eventualmente habilitado como comandante, nacido en Cardiff (Gales) en 1907 y destinado en el Cuartel General de Operaciones Combinadas. El hecho de que estuviera habilitado con esa graduación, a pesar de su juventud, le autorizaba a portar los documentos de alto secreto con los que sería encontrado. Le inventaron una novia llamada Pam (en realidad una funcionaria del MI5 llamada Jean Leslie), noviazgo que se reforzó con fotografías y cartas de amor cuidadosamente dobladas y desdobladas varias veces para dar la impresión de que se habían leído con frecuencia. Martin llevaría también el recibo de un anillo de compromiso con su importe en libras esterlinas, además de dos entradas usadas para ver juntos un espectáculo teatral en Londres el 22 de abril, víspera de su viaje.

Pam, la supuesta novia de Martin
A toda esta documentación se añadió otra carta de su padre, recibos que permitieran reconstruir sus pasos en los días previos, llaves, cerillas y billetes de autobús, además de un pase para el Cuartel General de Operaciones Combinadas. Se completó con un airado aviso de pago del LLoyds Bank por un descubierto. Quedaba el tema de su cartilla militar de identificación. Cuando intentaron hacerle una foto al cadáver vieron que no era posible disimular su aspecto ni con maquillaje ni con trucos de revelado. Se recurrió entonces a otro oficial con un cierto parecido, al que se fotografió después de haber sido debidamente caracterizado.

Así pues, en cuanto a sus objetos personales sólo quedaba un detalle. Le pusieron al cuello una cadena con una cruz de plata y placas de identificación en la que se leía “Mayor Martin, R.M., R/C” que significaba “Comandante Martin, Royal Marines, Roman Catholic”. Esto garantizaba que sería enterrado en el cementerio católico de Huelva y no en el anglicano de Gibraltar, tal y como quería su familia. Además, permitía facilitar las tareas de investigación de los agentes alemanes, que tendrían libre acceso al camposanto.

Los documentos del maletín

Los documentos secretos que llevaría Martin en el maletín eran una cuestión peliaguda. Como ya he dicho, no podían ser demasiado evidentes, así que se descartó poner una carpeta con planes falsos. En su lugar, se colocaron documentos que sugerían que la invasión se produciría en Cerdeña y Grecia, siendo las operaciones en Sicilia maniobras de diversión para dividir las fuerzas del Eje.

Churchill y Eisenhower
La forma de sugerir estos planes fue mediante una carta personal escrita por el General Sir Archibald Nye, Sub Jefe del Estado Mayor Imperial y dirigida al General Sir Harold Alexander, comandante británico en el norte de África bajo el mando del General Eisenhower. En la carta, Nye explicaba a Alexander “en confianza” por qué la solicitud de Eisenhower para la operación centrada en las islas griegas había sido negada. Tal operación había sido planificada para ser lanzada desde Egipto por el Mariscal de Campo Sir Henry Wilson, comandante en Jefe del Oriente Medio. A Eisenhower se le encomendaba que lanzara una operación de finta sobre Sicilia. La carta tenía dos propósitos y sugería que se lanzarían dos operaciones en el Mediterráneo. Identificaba a Sicilia como la maniobra de diversión para una verdadera operación en el oeste e identificaba a Cerdeña y Grecia como los verdaderos objetivos (operación a la que por cierto bautizaron con su nombre verdadero, Husky).

Algunos de los documentos de Martin
Para corroborar la carta de Nye, el Mayor Martin también llevaba una segunda carta de Lord Louis Mountbatten, Jefe de Operaciones Combinadas, dirigida al Almirante Cunningham, Comandante en Jefe de las Operaciones Navales en el Mediterráneo. La carta indicaba el propósito del viaje del Comandante Martin, un experto en operaciones anfibias prestado por Mountbatten para las operaciones en el Mediterráneo. Como presentación de Martin, Lord Mountbatten mencionaba que lo había hecho bien en Dieppe, aunque la operación fue un fracaso por culpa de los oficiales a cargo de las operaciones terrestres. La carta contenía también un comentario al margen acerca de que las sardinas estaban racionadas en Gran Bretaña, en un juego de palabras entre la palabra “sardina” (sardine) y el nombre en inglés de la isla de Cerdeña (Sardinia). Ambas cartas fueron firmadas por los que supuestamente las mandaban, para evitar que los alemanes descubrieran una falsificación y la operación se echara a perder.

Como detalle de humor británico, se incluyó también entre los documentos un ejemplar del libro “Operaciones secretas en la guerra” para que Eisenhower lo prologara. Toda esta documentación se introdujo en un maletín preparado para resistir el agua, con una correa de cuero que iba a la cintura de Martin, y desde ella una cadena esposada a su muñeca. Todo estaba listo para soltar el anzuelo.

El último viaje del comandante Martin

El 19 de abril de 1943, el submarino H.M.S. Seraph, al mando del Teniente Comandante N. A. Jewell, zarpó de la base de Holy Loch en Escocia con el Comandante Martin a bordo. Su cuerpo iba en un contenedor de latón, estanco y sellado, con hielo seco como material de conservación. A la tripulación se le había dicho que en dicho contenedor llevaban instrumental óptico de alto secreto para montar un punto de observación meteorológica en el mar. La misión casi fracasa al ser atacado el submarino por un avión británico por error.

HMS Seraph
Sin otros incidentes, el Seraph emergió a las 4.30 horas del 30 de abril a una milla de la costa de Huelva. La tripulación subió el contenedor de latón con el cuerpo de Martin a la cubierta y Jewell ordenó bajar a los marineros al interior del submarino, quedándose sólo con los oficiales en cubierta. Hasta ese momento, sólo Jewell sabía el contenido del contenedor. Les explicó rápidamente a los oficiales lo que estaban haciendo, les tomó juramento para mantener la operación en secreto, abrieron el contenedor y prepararon el cuerpo para echarlo al agua. Inflaron el chaleco salvavidas, se aseguraron que el maletín con documentos estuviera bien esposado a la muñeca del cadáver y después de rezar una oración del Servicio de Entierros Navales, pusieron suavemente el cuerpo en el agua junto a una lancha neumática para dar la impresión de un accidente aéreo. Acto seguido, Jewell puso un mensaje al “Comité de los XX” que decía “Mincemeat completed” y siguió su recorrido hasta Malta.

El cadáver fue descubierto a las 7.30 horas por el marinero José Antonio Rey María, que lo remolcó hasta la playa de Mata Negra. Después del levantamiento del cadáver, y mientras el Abwehr (Servicio Secreto alemán) se hacía cargo del maletín, fue llevado al depósito del cementerio de Huelva para hacerle la autopsia. En contra de lo que arrogantemente habían pensado los británicos, fue realizada con suma minuciosidad, concluyendo que el cuerpo llevaba en el agua entre cinco y diez días, pero señalaba discrepancias tales como la ausencia de mordeduras de peces o el buen estado del uniforme. Los alemanes, sin embargo, obviaron estos hechos ante la importancia de los documentos encontrados en el maletín de Martin, que fue abierto y su contenido fotografiado minuciosamente. Las fotografías fueron enviadas a Berlín inmediatamente.

“Se han tragado toda la carne picada”

En Londres se decidió incluir el nombre de William Martin en la siguiente lista de bajas a publicar al mes siguiente. Se le vinculó con el nombre de dos aviadores muertos al estrellarse su avión en un viaje a Gibraltar, lo que daba más credibilidad a la historia. Finalmente, y como detalle definitivo, se mandaron una serie de mensajes cifrados a bajo nivel desde el Almirantazgo al Agregado Naval en Madrid pidiendo la devolución a cualquier precio de los documentos que portaba Martin, pues contenían información sensible.

Cuerpo de William Martin
Los documentos fueron devueltos por las autoridades españolas el 13 de mayo, asegurando que no faltaba nada. Se comprobó que las cartas habían sido abiertas y vueltas a cerrar cuidadosamente. Se envió entonces un telegrama a Churchill que decía “Mincemeat Swallowed Whole” (“Se han tragado toda la carne picada”). En efecto, Hitler quedó tan convencido de la autenticidad de los falsos documentos que discrepaba de Mussolini en cuanto a que Sicilia era el punto más probable para la invasión, insistiendo en que cualquier incursión sobre la isla debía considerarse parte de un plan de engaño y que el ataque principal sería en cualquier otro lugar. Hitler dio órdenes para reforzar Córcega y Cerdeña, y envió al mariscal Rommel a Atenas para formar un grupo de ejércitos. Los buques patrulleros, minadores y dragaminas asignados a la defensa de Sicilia se mandaron a otros lugares. Pero la decisión más crítica fue probablemente el envío de dos divisiones Panzer del frente ruso a Grecia, justo en el momento en que se estaban preparando para atacar a los rusos en la batalla de Kursk.

Objetos hallados con Willian Martin
La Operación Husky empezó el 9 de julio, cuando los Aliados atacaron Sicilia por el sur. Pero los efectos de la Operación Mincemeat duraron todavía dos semanas, ya que los alemanes seguían convencidos de que era una finta y que el ataque principal sería en Cerdeña o en Grecia. Como resultado, la conquista de Sicilia encontró relativamente poca resistencia y se completó el 9 de agosto. Además, la caída de Palermo a mediados de julio provocó un golpe de estado que apartó a Mussolini del poder.

Flores en la tumba de William Martin

El 2 de mayo de 1943, William Martin fue enterrado en el cementerio de Huelva con honores militares. No faltó una corona mandada por su supuesta novia Pam ni otra de su familia. La operación Mincemeat se mantuvo en secreto hasta que una indiscreción de Churchill provocó la publicación del libro “Operación Desengaño”, de Alfred Duff Cooper. Fue entonces cuando el Primer Ministro británico autorizó a Montagu que narrar la verdadera historia. La publicación se hizo por entregas en el Sunday Times bajo el título “El hombre que nunca existió”, que obtuvo un clamoroso éxito popular hasta el punto de que se hizo una película sobre ello en 1956.

Tumba de William Martin
Desde su entierro, nunca faltaron flores frescas en la tumba del Comandante Martin. En 2002 se supo que las dejaba Isabel Naylor, hija de un trabajador de la Rio Tinto Company Limited y que siguió la tradición que empezó su padre cuando ella contaba con 14 años. Fue condecorada por el Gobierno británico por su fidelidad al soldado desconocido. Sea este artículo mi homenaje a él. Descanse en paz, William Martin.

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Las reliquias más extrañas de la Cristiandad

El culto a las reliquias ha sido parte fundamental del Cristianismo casi desde sus comienzos. No en vano, la primera gran coleccionista de ellas fue Santa Helena, madre del emperador Constantino. Además de ser la artífice de la conversión de su hijo y de que este declarara el culto a Jesús como la única religión del Imperio, realizó una serie de viajes por Tierra Santa que la llevó a descubrir algunas de los objetos más sagrados del cristianismo: la cruz, los clavos, la corona de espinas… Todo ello con más de 80 años, lo que añade más mérito al asunto.

Santa Elena
Sin embargo, el gran auge de las reliquias fue durante la Edad Media, donde no había abadía, iglesia o ermita que no se vanagloriara de poseer alguna reliquia más o menos milagrosa o importante. Incluso particulares ricos poseían uno o varios de estos objetos. Y como la demanda no hacía sino aumentar y la materia prima estaba agotándose, surgió un floreciente tráfico de objetos más o menos sagrados que, a tenor de algunos de los que hemos encontrado, no sólo abusaban de la credulidad del comprador sino también de su inteligencia. Les presento algunas de las reliquias cristianas más absurdas de las que he tenido noticia.

El santo que mudaba los huesos

Durante buena parte de la Edad Media se conservó en la Catedral de Milán el esqueleto de un niño. Este esqueleto recibía la adoración de los fieles y muchos de los que peregrinaban a Roma hacían una parada allí para rezar. Y es que ese esqueleto no era el de un niño cualquiera, sino de uno muy especial. Los huesos pertenecían a San Juan Bautista ¡a la edad de 12 años!

Supuesta cabeza de San Juan Bautista
Cabe pensar que el santo no se quedó sin huesos a tan tierna edad, sino que adquirió otra osamenta no sabemos por qué milagroso método que se escapa a nuestra comprensión. En cualquier caso, el nuevo esqueleto tuvo que ser muy especial. Y extraño. Sólo así se explican los 63 dedos suyos que se encuentran repartidos por el mundo. Han leído bien: 63. Mención aparte merece su cabeza… si es que también hubo sólo una.

Efectivamente, al menos 28 iglesias desde Siria a Alemania conservan fragmentos del cráneo del Santo. Algo que podría no ser extraño si no fuera porque también se conserva la cabeza entera. De hecho se conserva más de una. Un total de 16 cráneos del Bautista están repartidos por diversas iglesias y catedrales. Sin contar el que los musulmanes afirman que es el auténtico y que se encuentra en la mezquita de los Omeyas, en Damasco. Si todos fueran de verdad, tendremos que reconocer que el verdugo de Herodes Antipas se ganó el sueldo a conciencia ese día.

Un(os) santo(s) prepucio(s)

Las Escrituras son categóricas: Jesús subió a los Cielos en cuerpo y alma. Por tanto, es imposible que se conserve parte alguna de su cuerpo metida en algún rico relicario. Claro que lo que subió a sentarse a la diestra del Padre fue el cuerpo adulto de Jesús, por lo que aquellos atributos infantiles que fueron mudando a lo largo de su vida sí que podrían estar en alguna parte. Y si estaban en alguna parte, podían encontrarse, venderse y ser objeto de culto en alguna catedral.

Postal con una fotografía del prepucio de Jesús
Algo de esto debieron pensar los avispados traficantes de reliquias cuando vendieron el prepucio de Jesús. Como todo buen judío, Jesús fue circuncidado a los 8 días de nacer. Los Evangelios Apócrifos narran que una de las esclavas de María (sí, sí, han leído bien: una de las esclavas) recogió el prepucio, lo metió en un jarrón de nardos para conservarlo y se lo dio a guardar a su hijo que era perfumista. Este hijo le entregó el tesoro a Juan el Bautista quien se lo dio de regalo a María Magdalena. La reliquia desapareció durante siglos, hasta que un ángel se lo entrega a San Gregorio Magno quien a su vez se lo da al Papa León III.

El caso es que en la Edad Media había repartidos por la Cristiandad hasta 17 de estos prepucios, uno de ellos en Santiago de Compostela. Había también en la abadía de Charroux (regalado a sus monjes supuestamente por Carlomagno), en Hildesheim, Metz, Besançon y Amberes, entre otros lugares. El prepucio de Amberes merece una mención especial, ya que parece ser que ayudó a Enrique V de Inglaterra a superar su infertilidad y a proteger a su mujer durante su embarazo. También allí apareció una orden de caballería, los “Hermanos Caballeros del Santo Prepucio”, que juraron proteger la reliquia que, por cierto, cada Viernes Santo sangraba. Y no olvidemos que en la localidad italiana de Calcata se conservaba uno que era sacado en procesión todos los años, hasta que fue robado en 1.983.

Para ser justos, hay que decir que en el año 1.900 la Iglesia abolió el culto al santo prepucio, en vista de la proliferación que había de ellos. Y es que se conoce que ninguno de los conservadores de tan repetida reliquia había oído hablar de San León Alacio, quien afirmó que dicho prepucio ascendió también a los Cielos convirtiéndose nada menos que en uno de los anillos de Saturno.

Más restos desechables

El prepucio no es el único resto de Cristo que la humanidad tiene. Así, en Santa María del Popolo en Roma se conserva un fragmento del cordón umbilical de Jesús. Existen otros dos trozos más de dicho cordón, uno en Chalons (Francia) y otro en San Martino (Italia). Y cuando digo que son trozos del mismo cordón umbilical es porque la alternativa es que el niño Jesús tuviera tres ombligos, algo de lo que no se tiene constancia ni siquiera en los Evangelios Apócrifos.

Supuesto cordón umbilical de Jesús
Por supuesto, no podían faltar los dientes de leche del Salvador. Se han llegado a contabilizar hasta 64 piezas dentales, aunque algunas fuentes hablan de más de 600 repartidas por diversas partes del mundo. En cualquier caso, y teniendo en cuenta que Jesús no podía tener más dientes que un cocodrilo adulto, cabe pensar que alguno de estos dientes debe ser falso. Vamos, que digo yo desde mi ignorancia en la materia.

Virgen de la Leche, de Pedro Berruguete
No sólo Jesús ascendió a los cielos en carne y hueso, la Virgen María también lo hizo. Aunque parece ser que se dejó por el camino un brazo, el corazón, el hígado y la lengua, que después de mucho vagar terminaron en las habitaciones de San José de Calasanz, en San Pablo Pantaleone, Roma. Pero la estrella de las reliquias de la Virgen es sin duda su leche materna. En Roma, Oviedo y muchos otros sitios se conservan algunas gotas del líquido elemento. Incluso una iglesia fue construida fuera de Belén en una roca que se había transformado milagrosamente en blanca después de entrar en contacto con la leche de la Virgen cuando ella amamantó a Cristo. Tantas copas de esa leche circularon por Europa en la Edad Media que Calvino afirmó: “Ni aunque la Virgen hubiera sido una vaca, en toda su vida nunca podría haber producido tal cantidad de leche”.

Plumas, plumas, plumas

Que alguien afirme que tiene la pluma con la que San Mateo escribió su Evangelio puede ser hasta creíble. Pero que hasta comienzos del S. XX se guardara en El Escorial una pluma del Arcángel Gabriel ya parece un poco más inverosímil. Al parecer, dicha pluma se le cayó cuando luchaba contra el mismísimo Diablo. Varias iglesias en Italia y Alemania dicen también conservar plumas de ángeles, incluidos los también arcángeles Miguel y Rafael.

Representación clásica del Espíritu Santo
Pero la palma en cuanto a este tipo de reliquias se la lleva la Catedral de Mainz, cuyo arzobispo afirmaba poseer dos plumas que el Espíritu Santo perdió cuando se transformó en paloma. Claro que no debió ser lo único que perdió, porque también sostenía que tenía ¡un huevo! La clave de todo el asunto quizá sea que aquel que dejara un donativo en la Catedral después de haber visto tan sagradas reliquias tendría perdonados todos sus pecados. Y es que no es cuestión de cómo de sagrado es lo que se conserva sino del beneficio que puede sacarse de ello.

Huellas que dejan huella

Casi todo el mundo ha visto alguna vez la película “Quo vadis”, puesto que suelen ponerla por televisión casi todas las Semanas Santas. Pero por si acaso, les narraré el momento cumbre de la cinta.

Hacia el final de la película vemos como San Pedro intenta alejarse de Roma, para evitar el martirio al cual estaba destinado junto a otros muchos cristianos a los que Nerón había culpado de incendiar Roma. Algún tiempo antes, Pedro ya había sido apresado y metido en la cárcel Mamertina, que aún puede visitarse, y que está situada debajo del Capitolio. Mientras Pedro sale de Roma por la Via Appia ve a Jesucristo que camina en dirección contraria. Inmediatamente Pedro lo reconoce y le dice la famosa frase: ‘Domine, Quo Vadis?‘ (Señor, ¿dónde vas?). Y Jesús le contesta: “Venio Romam, iterum crucifigi” (Voy a Roma para que me crucifiquen de nuevo). San Pedro entonces lo entiende todo y da marcha atrás para encontrarse con su destino. Pero como no se sentía digno de morir como su maestro, pide ser crucificado boca abajo.

Impronta de las huellas de Jesús
Hasta aquí todo normal, pero es que hay más. Parece ser que algunas visiones también son capaces de dejar huellas en el suelo. Al menos eso se desprende de las que hay en la iglesia de Santa María de las Palmas (también llamada iglesia de quo vadis) erigida en el lugar de la aparición. Y es que Cristo, viendo que Pedro daba media vuelta y volvía a Roma, desapareció dejando la impronta de sus pies en una baldosa. Naturalmente, las huellas apuntan a Roma, como no podía ser de otro modo.

Si se han quedado boquiabiertos, no cierren su boca aún. Y es que esta no es la huella más increíble que puede encontrarse. En el Vaticano se conserva la silla en la que Jesús se sentó en la Última Cena. Pero es que en otra iglesia italiana se conserva la santa huella que su santo culo (con perdón) dejó en dicha silla. Les juro que no me lo estoy inventando.

Reliquias etéreas

Ya he dicho en otra ocasión que para algunos el valor de una reliquia estaba relacionado con el beneficio económico que pudieran sacar de ella. Pero para la mayoría de los fieles que las veneraban, su valor residía en su espiritualidad. En algo más intangible, en suma. Así pues, ¿por qué no dar un paso más y presentar reliquias que en sí mismas son intangibles?

Y una de ellas es la que presento ahora. En el Vaticano se guarda un frasco muy especial. En él se conserva nada menos que un estornudo del Espíritu Santo. Se desconoce cómo dicho estornudo pudo quedar atrapado dentro ni si junto a él se encuentra algún tipo de resto de material expectorado. Lo que sí queda claro es que las palomas también estornudan, por muy divino que sea su origen.

Representación de San José
No menos especial es una botella donde se guarda un suspiro de San José, el padre de Jesús. Sabemos que al parecer lo emitió fruto del cansancio, y quedó atrapado en la botella de la que acababa de beber. Un ángel recogió la botella, la escondió y siglos después la encontraron unos monjes que peregrinaban a Nazaret. Estos monjes la llevaron a Francia, donde fue venerada durante siglos, hasta que el Vaticano recogió las dos botellas y las guardó en el Sancta Sanctorum. Y de ahí nuevamente al Vaticano.

Y también allí se guarda otro frasco que conserva nada menos que los rayos de la Estrella que guio a los Reyes Magos hasta el lugar de nacimiento de Jesús. También es un misterio como dichos rayos pasaron al frasco. En cualquier caso, huelga decir que está absolutamente prohibido abrir cualquiera de estos tres recipientes, pues las reliquias se escaparían y las perderíamos para siempre. Y eso sería una lástima, sin duda.

Otras reliquias absurdas

Podríamos llenar páginas y páginas con muchas de estas reliquias que, como dije al principio, no sólo engañan la fe sino que también son un insulto a la inteligencia. Pero no podría acabar esta entrada sin al menos mencionar otras de las reliquias que hacen que nos quedemos sorprendidos: la cola del burro que Jesús montó al entrar en Jerusalén (de hecho se conservaban dos colas), sus pañales, una brizna de paja del portal de Belén, 13 lentejas de la Última cena junto al pan sobrante, un trozo de maná, las monedas que cobró Judas Iscariote (de las que se conservan ¡460!, a pesar de recibir sólo 30), más pan, este del que sobró cuando Jesús multiplicó los panes y los peces…

Denario de plata de la época de Jesús
Pero sin duda mi favorita es la barba de Belcebú, que Jesús trajo al resucitar y que le había arrancado en el combate que mantuvieron durante los ¿tres? días que pasaron desde su muerte. Y quién sabe, quizá pronto este artículo sea también una reliquia. Es cuestión de no desesperar.

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Sertorio, el héroe olvidado

Entre todos los personajes olvidados de la historia de España, ocupa un lugar muy especial Quinto Sertorio. Este general romano trató de establecer en Hispania una base desde la que tomar el poder en Roma, encabezando tropas indígenas (íberas y lusitanas) y manteniendo en jaque a la República durante 10 años hasta su asesinato en el 72 a.C. Mitificado como héroe nacional de España, su recuerdo ha quedado eclipsado por la misma causa que la de todos los generales vencidos: la historia la escriben los que les vencen.

Muerte de Sertorio, en un grabado del siglo XIX
Inteligente, valiente y decidido, Sertorio destacó por su férrea oposición a la dictadura que Sila impuso tras la primera Guerra Civil de Roma. Uniendo bajo su mando a varias tribus hispanas, que lo vieron como a un libertador, creó lo que en la práctica fue un estado independiente en la Península Ibérica. Sólo el acoso de los ejércitos al mando de Pompeyo pudo hacer que fuera perdiendo terreno. Su muerte a manos de algunos de sus colaboradores marcó el fin de ese sueño de libertad.

Juventud y campaña contra Cimbrios y Teutones

Quinto Sertorio nació en el 122 a.C. en Nursia, ciudad de la Sabinia, en el seno de una familia perteneciente a la clase ecuestre. Su linaje no era demasiado conocido, aunque estaba relacionado con la aristocracia a través de su tío Cayo Mario. De niño quedó huérfano de padre, por lo que fue educado por su madre, por la que sentía auténtico fervor. Pronto empezó a destacar como orador, algo que le abría de par en par las puertas de la política, pero al joven Sertorio lo que le gustaba en realidad era el ejército, y a él se dedicó en cuerpo y alma. Al poco de ingresar en él, tuvo su primera oportunidad de destacar durante la invasión de los Cimbrios y los Teutones.

Legionarios romanos
En el año 106 a.C., cuando contaba con sólo 16 años, Sertorio servía en el ejército que Roma mandó a los pasos alpinos para detener la invasión de esas tribus germanas. Al mando de dicho ejército estaban los cónsules Quinto Servilio Cepión y Gneo Malo Máximo. La enemistad entre ambos era manifiesta, y unido a su falta de coordinación, hizo que fueran derrotados en Arausio y acorralados contra el río Ródano. Sertorio logró escapar de la matanza cruzando a nado el río, a pesar de tener puesta la armadura y de la fuerte corriente. La mayoría de sus compañeros no tuvo tanta suerte.

Los Cimbrios y los Teutones, junto a otra tribu gala, los Tigurinos, se unieron de nuevo en el 102 a.C. para invadir Italia. Cayo Mario fue nombrado cónsul y puesto al mando del ejército romano mandado para detenerlo. Los invasores cometieron el error de separarse, y Mario lo aprovechó para derrotar a los Teutones en Aquae Sextiae (la actual Aix-en-Provence) y posteriormente a los Cimbrios en Vercelas. Sertorio destacó en la campaña en un episodio en el que se infiltró en el campamento enemigo disfrazado de galo. Aprovechando su conocimiento de la lengua celta, pudo informar a Mario de los efectivos y los planes de batalla. Esta hazaña le fue recompensada con un premio al valor.

La Guerra Social y el comienzo de la Guerra Civil

Su comportamiento en la campaña sirvió para que fuera nombrado Tribuno Militar en el 97 a.C. y enviado a Hispania. Allí ganó una corona gramínea (la más alta condecoración romana) al reprimir exitosamente en el 93 a.C. una revuelta de los celtíberos en Cástulo (la actual Linares). Poco después estalló la llamada Guerra Social entre Roma y sus aliados italianos, que pedían tener derecho a la ciudadanía romana.

Cayo Mario
En el año 90 a.C. Sertorio fue nombrado cuestor de la Galia Cisalpina y encargado por el Senado de reclutar un ejército. Cumplió su cometido rápidamente, destacando por su buena organización. Eso hizo que fuera promovido al cargo de Legado, participando activamente en la campaña. En el curso de una batalla, perdió un ojo, algo de lo que toda su vida se sintió orgulloso al considerarlo una muestra de valor en el combate y una condecoración que siempre llevaría puesta.

Finalizada la Guerra Social en el 88 a.C. con la “Ley Plautia Papiria”, que concedía la ciudadanía romana a los que abandonaran las armas, Sila fue elegido cónsul. Sertorio, por su parte, recibió una ovación en Roma (el segundo recibimiento más importante tras el triunfo) y pidió ser nombrado Tribuno de la Plebe, pero el partido aristocrático, comandado por Sila, se opuso. Estaba entonces en su apogeo la guerra contra el rey Mitrídates de Ponto, y Sila fue puesto al mando del ejército que salió a oponérsele.

Mario, envidioso del poder y el prestigio que Sila alcanzaría en la campaña, pidió al Senado revocar su mando y dárselo a él. Sila no aceptó la intromisión y marchó sobre Roma al frente de sus seis legiones. Acababa de iniciarse la primera Guerra Civil de la historia de Roma, entre los partidarios de Mario y Sila.

La victoria de Sila y la llegada de Sertorio a Hispania

Por primera vez, un ejército romano entraba armado en la ciudad. Mario, que había reclutado una legión con esclavos, libertos y gladiadores, era consciente de que su ejército no era rival frente a los curtidos legionarios de Sila, por lo que se retiró a África en busca de apoyos. Tras asegurarse Roma, Sila marchó a la guerra contra Mitrídates dejando la ciudad en manos de los cónsules recién elegidos, Cinna y Octavio. Pero Cinna no tardó en pasarse al bando de Mario.

Lucio Sila
Sertorio, que luchaba en el bando de los populares de Mario, formó una legión con veteranos de la Guerra Social y avanzó junto a Cinna sobre Roma (87 a.C.). A esta legión se unieron las tropas de Mario, ya de vuelta. Tomaron la ciudad fácilmente, y los gladiadores y libertos de Mario realizaron una masacre, matando a más de 100 nobles, incluido al cónsul Octavio. Sertorio se opuso a esta matanza, y tras cinco días ordenó a sus tropas que exterminaran a los 4.000 “soldados” de Mario e impusieran el orden en la ciudad. Mario, sorprendentemente, no hizo nada para oponerse.

Mario murió repentinamente en el 86 a.C., dejando una muy importante crisis de liderazgo. Las rencillas, las traiciones y los motines no tardaron en aparecer. Sertorio, que no aguantaba la situación, pidió ser nombrado pretor. El cargo le fue concedido y marchó a Hispania en el 83 a.C., poco antes de que Sila derrotara al ejército de los populares (82 a.C.) y se asegurara el dominio absoluto del poder.

Sila empezó una terrible represión, ejecutando 3.000 prisioneros e iniciando las proscripciones. Estas consistían en la persecución a muerte del proscrito y la incautación de todos sus bienes. Una de las víctimas fue Julio César (aunque logró salvar la vida), pero no fue el único. 80 senadores, 1.600 équites y 4.700 ciudadanos murieron de esta forma. Los bienes incautados permitieron enriquecerse, entre otros, a los posteriormente famosos Craso y Pompeyo.

Naturalmente Sertorio se encontraba entre los proscritos. Sila anuló su nombramiento y nombró a Lucio Valerio Flaco como gobernador de la Hispania Citerior. Para permitirle tomar posesión de su cargo, un ejército comandado por Cayo Annio lo acompañaba. Comenzaba así la guerra que Sertorio mantuvo contra Roma y que duró 10 largos años.

La embajada de los lusitanos y la cervatilla blanca

Desde su llegada a Hispania, Sertorio había tratado de ganarse a la población con medidas tales como el trato afable, la exención de impuestos y el levantamiento de la obligación de alojar a los soldados en casas de civiles en las poblaciones. Además había fortificado los pasos estratégicos de los Pirineos con 6.000 hombres, a los que puso al mando de su lugarteniente Livio Salinator.

Retrato de Sertorio
El general del ejército enviado contra él decidió no atacar las fortificaciones y sobornó a un soldado para que asesinara a Salinator. Una vez muerto este, el resto de las tropas se rindió y abrieron los pasos. Sertorio sólo contaba con 3.000 hombres, por lo que decidió no presentar batalla y escapó a Cartago Nova (la actual Cartagena) para desde allí embarcarse hacia Mauritania. Tras una odisea de viaje, en la que Plutarco cuenta que se alió con los piratas cilicios para saquear las Baleares, Sertorio llegó a su destino en el 81 a.C.

En Mauritania se encontró en medio de una guerra civil entre el rey Ascalis, amigo del partido de los optimates dominante en Roma, y los rebeldes, que apoyaban a los populares. Por supuesto, tomó partido por los rebeldes y consiguió deponer al rey, lo que provocó que Roma mandara a la zona un ejército al mando del general Paciano. Sertorio se enfrentó a ese ejército y lo derrotó completamente, muriendo el propio Paciano en la batalla. Los soldados vencidos, sin jefe ni medios para regresar, se pasaron al bando de Sertorio, que se sintió lo bastante fuerte para tomar la ciudad de Tingis (la actual Tánger), y su saqueo le permitió contar con medios para aumentar su ejército.

Fue allí donde Sertorio recibió una embajada de los lusitanos que le pidieron que los dirigiera en un nuevo levantamiento contra Roma. Sertorio y los lusitanos no tenían los mismos objetivos, pues uno quería hacerse con el poder en Roma y los otros deseaban expulsar a los romanos de Hispania, pero compartían un enemigo común: Sila. Así pues, Sertorio aceptó el ofrecimiento y desembarcó en Baelo (cerca de la actual Tarifa) con un ejército de 2.600 soldados y 700 auxiliares mauritanos, una de las infanterías ligeras más eficaces de la época. Antes, había derrotado al propretor Cotta en una batalla naval cerca del puerto de Melaria y poco después al prefecto Aufidio a la orilla del río Betis (el actual Guadalquivir). Tras eso, se internó en la Lusitania. Al poco, se ganó el apoyo total de los lusitanos no sólo por su personalidad y cualidades, sino también por su mascota, una cervatilla blanca perfectamente amaestrada y de la que hizo correr la voz de que le había sido enviada por la diosa Diana, que tenía el don de la profecía y le hablaba en sueños. 4.000 infantes y 600 jinetes lusitanos se unieron a su ejército, y además le nombraron su caudillo. Era el año 80 a.C., y Sertorio empezaba a ser algo más que una molestia para Sila y para Roma.

Primeros éxitos y fundación de la Academia de Osca

Hispania estaba por aquel entonces dividida en dos provincias, la Hispania Citerior con capital en Tarraco (actual Tarragona) y la Hispania Ulterior, con capital en Corduba (la actual Córdoba). Puesto que la provincia Citerior estaba más romanizada debida a su mayor cercanía con Roma, Sertorio empezó a ganar apoyos en la Ulterior, donde había un mayor sentimiento antirromano. Sila, viendo que podía perder una de las provincias más ricas, envió en el 79 a.C. a dos legiones al mando de Quinto Cecilio Metelo. Metelo era un comandante sumamente prestigioso, pero demasiado viejo y convencional para enfrentarse a las tácticas de Sertorio, basadas en atacar con fuerzas ligeras y retirarse con rapidez. Con muchos menos hombres, Sertorio le estaba poniendo en graves aprietos.

Guerreros lusitanos
Viendo las dificultades de Metelo, un ejército de la Hispania Citerior acudió en su ayuda. Sertorio, habiendo previsto la maniobra, envió a su lugarteniente Hirtuleyo a detenerlo, cosa que consiguió, avanzando incluso más hacia el nordeste y derrotando en Ilerda (la actual Lérida) a las tropas que el gobernador de la Galia Narbonense había mandado como ayuda.

Metelo intentó provocar a Sertorio para que combatiera en campo abierto, pero al no conseguirlo, cambió de táctica y sitió la ciudad de Lacóbriga con la intención de cortar al enemigo su abastecimiento. Sin embargo, el resultado fue el contrario, pues Sertorio acudió en ayuda de la ciudad y obligó a levantar el sitio, haciendo que las tropas de Metelo tuvieran que retirarse hacia el Guadiana. Sertorio dejó a Hirtuleya defendiendo la Lusitania y marchó hacia el Ebro hasta Calagurris (la actual Calahorra), donde en el 77 a.C. estableció su capital.

Sertorio se había convertido en un experto de la guerra de guerrillas, y le sacaba el máximo provecho. Siempre estaba en movimiento, atacando las rutas de abastecimiento enemigas y hostigando sus campamentos, ocultando sus tropas después en terrenos escarpados y de difícil acceso. Seguir estas tácticas requería de sus hombres grandes sacrificios, como dormir al raso o hacer largas marchas con pocos víveres. Pero el carisma de Sertorio y su buen trato hacia las tropas hacían que sus hombres lo aguantaran gustosos.

Representación de legionarios romanos
Además, contaba con el cariño de la población (cosa que conseguía rebajando impuestos, por ejemplo), lo que aprovechó para reclutar más hombres para su ejército. Sertorio enseñó a combatir a sus tropas al estilo romano, de forma ordenada y disciplinada, y les proveyó de un buen equipo militar. En el plano político, creó un Senado con representantes de todos sus aliados (él se reservó sólo el título de procónsul) e instituyó en Osca (la actual Huesca) una academia para que los hijos de los jefes de las principales tribus hispanas tuvieran una educación romana, algo de lo que sus padres se sentían orgullosos.

Sus triunfos atrajeron a Hispania a algunos enemigos de Sila. El más importante fue Perpenna, que trajo consigo un ejército con el que intentó primero hacer la guerra por su cuenta y que acabó uniéndose al de Sertorio. En ese momento, sus tropas contaban con 8.000 jinetes y 60.000 soldados de infantería, un ejército formidable. Sertorio dominaba la Hispania Citerior y gran parte de la Ulterior, y estaba en el apogeo de su poder.

La llegada de Pompeyo

Roma, decidida a acabar de una vez por todas con la rebelión, envió un potente ejército con 50.000 soldados y 1.000 jinetes. Al mando de las tropas puso al que por entonces era un joven y brillante general, Gneo Pompeyo Magno. Pompeyo cruzó los Pirineos en el 76 a.C. Inmediatamente trató de liberar el asedio que sufría la ciudad de Lauro (la actual Liria), pero fracasó estrepitosamente. Murieron alrededor de 20.000 de sus hombres y tuvo que retirarse.

Pompeyo el Grande
Al año siguiente, y ya con las tropas de Metelo colaborando con las de Pompeyo, el curso de la guerra comenzó a cambiar. Metelo derrotó a Hirtuleyo y destruyó su ejército, saliendo después a marchas forzadas para unirse a Pompeyo. Este por su parte derrotó a  Herennio (otro lugarteniente de Sertorio) y tomó la ciudad de Valentia Edetanorum (la actual Valencia). Poco después, tuvo un encuentro con el ejército de Sertorio a orillas del río Sucro (posiblemente el actual Júcar). El resultado de la batalla fue incierto, puesto que ambos bandos tuvieron pérdidas similares, y la llegada de Metelo obligó a Sertorio a retirarse antes de quedar rodeado. Un posterior enfrentamiento arrojó el mismo incierto resultado, quedando herido el propio Metelo. Esto y la falta de víveres obligaron a Pompeyo a retirarse para pasar el invierno en territorio vascón, donde fundó la ciudad de Pompaelo (la actual Pamplona). Por su parte, Metelo se refugió en la Galia, desde donde ofreció la recompensa de 100 talentos de plata a quién diera muerte a Sertorio.

Por su parte, Sertorio se decidió a sellar una alianza con el rey Mitrídates del Ponto, que estaba preparando otra guerra contra Roma. Envió a Asia Menor una pequeña parte de sus tropas a cambio de la exorbitante cantidad de 3.000 talentos de oro. Con ese dinero, Sertorio podía abastecer a sus tropas durante mucho tiempo. Contaba además con que una guerra en Asia Menor haría que Roma retirara parte de las tropas de Hispania para enviarlas allí. Así pues, a fines del año 75 a.C. Mitrídates invadió el reino de Armenia, aliado de los romanos. Sin embargo, Roma no desvió tropas del frente hispano y Sertorio tuvo que prepararse para soportar otra ofensiva al año siguiente.

Monedas con la efigie de Mitrídates
Y en efecto, en el año 74 a.C. Pompeyo y Metelo empezaron dicha ofensiva. El objetivo esta vez fue destruir las bases de abastecimiento de Sertorio. Quemaron campos y destruyeron los almacenes de víveres de las ciudades aliadas, llegando a poner bajo asedio la misma Calagurris. Sin embargo, Sertorio en persona comandó sus tropas y obligó a retirarse a ambos generales romanos.

En el año 73 a.C. Pompeyo (ahora en solitario) inició una nueva campaña. Tomó casi todas las ciudades importantes aliadas de Sertorio, que decidió hacerse fuerte en el valle del Ebro en torno a las ciudades más fieles a él: Ilerda, Osca y Calagurris. Se encontraba cada vez más escaso de suministros, pero su principal problema lo tenía en casa. En efecto, su aliado Perpenna buscaba obtener el mando supremo y no dejaba de agitar los ánimos contra Sertorio, al que acusaba de cobarde por sus tácticas guerrilleras y que estaba en contra de la política de buena voluntad con los hispanos, a los que consideraba “bárbaros inferiores”. Las continuas deserciones de los aliados provocaron la furia de Sertorio, que en represalia asesinó a los jóvenes estudiantes de la academia de Osca, muchos de los cuales eran los hijos de jefes hispanos. A los que no mató, los vendió como esclavos.

La muerte de Sertorio

Perpenna decidió acabar de una vez con Sertorio para hacerse así con el mando de las tropas. En el año 72 a.C., tras conjurarse con varios comandantes, invitó a Sertorio a una cena para celebrar una supuesta victoria. Entre todos los conjurados lo agarraron y lo cosieron a puñaladas, sin que Sertorio pudiera defenderse. Llegaba así a su fin una vida extraordinaria.

Representación de la muerte de Sertorio
Tras su muerte, los pocos aliados hispanos que quedaban desertaron y pactaron su rendición con Pompeyo. Perpenna, feliz de que los “bárbaros inferiores” se marcharan, quedó al mando de los soldados romanos que quedaban. Abandonó las tácticas de guerrillas y se enfrentó en campo abierto a Pompeyo, que lo derrotó completamente. El propio Perpenna fue capturado. Para salvar su vida, ofreció a Pompeyo revelar los nombres de los aliados de Sertorio en el Senado de Roma, pero Pompeyo, temiendo que Sila decretara una nueva ola de proscripciones, lo mató en el acto.

Sólo las ciudades de Tiermes, Uxama, Clunia y Calagurris se mantuvieron leales. Los legionarios romanos las fueron tomando una a una. Es llamativo el caso de Calagurris, donde se decía que los habitantes habían recurrido al canibalismo antes de rendirse a las tropas pompeyanas. De hecho, hasta bien entrado el Imperio, se hablaba de la “fames calagurritana”. Pompeyo tuvo que regresar a Roma precipitadamente para ayudar a Craso en la revuelta de esclavos comandada por Espartaco, pero finalmente pudo celebrar su triunfo en el año 70 a.C.

Sertorio fue mitificado como héroe nacional español, pero su recuerdo apenas llega al gran público. Pudo haber sido rey o dictador, pero prefirió ser el primero entre iguales. De él quedan las palabras que Plutarco le dedicó: “Sertorio, del cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos, más humano que Aníbal con los contrarios, y, no habiendo sido inferior a ninguno en la prudencia, fue muy inferior a todos en la fortuna, la que siempre le fue más adversa que sus más poderosos enemigos. Y, sin embargo, desterrado y extranjero, nombrado caudillo de unos bárbaros, fue digno competidor de la pericia de Metelo, de la osadía de Pompeyo, de la fortuna de Sila y de todo el poder de los romanos”.

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