El Concilio Cadavérico

Una institución como la Iglesia Católica, con más de dos mil años de historia, ha pasado por todo tipo de situaciones. Algunas de ellas han sido sublimes, y otras no tanto. Incluso en alguna ocasión ha protagonizado episodios bochornosos que aún hoy en día avergüenzan a sus miembros, como la condena a Galileo por la Inquisición romana, la criminal caza de brujas durante la Edad Media o la venta indiscriminada de bulas e indulgencias. Pero sin duda alguna, uno de los episodios más vergonzosos fue el llamado “Concilio Cadavérico”, en el que se produjo un simulacro de juicio contra el cadáver de un Papa.

El Concilio Cadavérico, cuadro de Jean Paul Laurens
La historia lo tiene todo, desde luchas por el poder dentro de la Iglesia y por el trono imperial, hasta supuestos milagros. Y como toda historia poco reconfortante, ha intentado ser acallada por los sucesores de quienes la llevaron a cabo. Sin embargo, y para nuestra suerte, el episodio es tan estrambótico que su recuerdo sigue vivo. Y lo más estrambótico de todo es que se repitió una segunda vez pocos años después y contra el mismo cadáver. Tal y como se dice en todos los espectáculos circenses (y este episodio tiene mucho de eso), pasen y vean.

La lucha por el poder

Cuando Carlomagno derrotó a los lombardos en el año 774 y se anexionó el norte de Italia, poco podía imaginar que este territorio traería de cabeza a sus descendientes durante mucho tiempo. En efecto, el dominio imperial sólo podía ejercerse de forma efectiva si había tropas sobre el terreno, bien fueran propiamente francas o bien de algún aliado italiano, lo que hacía que otras partes del territorio quedaran descuidadas frente a enemigos externos y (sobre todo) querellas internas entre los distintos pretendientes al trono imperial. Así sucedió durante las guerras civiles que enfrentaron a los hijos del emperador Ludovico Pío, y que finalmente se solucionaron en el Tratado de Verdún del año 843.

En este tratado se repartió el imperio en tres partes, correspondiéndole el título de emperador a Lotario I con dominio directo de la Francia Media. Este territorio incluía al Reino de Italia, a cuyo mando puso Lotario a su hijo Luis II. Éste fue nombrado posteriormente emperador, y bajo su reinado ocurrió un hecho trascendental para el futuro: la vinculación del título imperial al de Rey de Italia, que quedó así confinado a Italia y a la defensa del papado. Esto trajo como consecuencia que los Papas se arrogaron el derecho de coronar al emperador y por tanto la iniciativa de designarlo, lo que produjo no pocos problemas a unos y a otros.

Imperio Carolingio hacia el año 898
La situación se agravó en el año 888, a la muerte del emperador Carlos III. Los reinos que conformaban su territorio se separaron, quedando el reino de Italia desgajado del resto. Sin embargo, el título de emperador seguiría vinculado al de Rey de Italia. Berengario de Friuli fue elegido Rey, tratando de liberar al imperio de su conexión con el papado (de hecho, fue el primer emperador en no ser coronado por el Papa) y de conseguir un poder regio fuerte. Sin embargo, ante él se alzó la figura de Guido III de Spoleto, que después de haber intentado infructuosamente ser coronado rey en Francia Occidental y Borgoña, volvió sus ojos a Italia. La mayor baza de Guido era que se proclamaba defensor del papado frente a las pretensiones de Berengario de desvincularse de él.

Naturalmente, las cosas no estaban mucho mejor en la Ciudad del Vaticano. Distintas facciones se disputaban el trono de San Pedro, cada una de ellas asociadas al apoyo de un pretendiente u otro al trono imperial. Los apoyos cruzados entre las partes conformaban una auténtica jaula de grillos en la que era difícil salir indemne. Baste decir que en esa época se sucedieron 11 Papas en el transcurso de 10 años, lo que nos da una idea de la alta mortalidad que afectaba a los que durante un momento u otro se atrevieron a calzar las sandalias del pescador. A este periodo se le conoce como “el Siglo de hierro del papado”. Además, el clero se veía a sí mismo como los herederos del Imperio Romano, mencionando incluso un documento de Constantino I donde, según ellos, les cedía todos sus territorios a la Iglesia. Así pues, la situación no podía ser más liosa.

Es en este marco de intrigas, conspiraciones y continuas luchas de poder entre las distintas facciones donde se produjeron los hechos que narro a continuación.

La elección de Formoso

Formoso había nacido en Roma en el año 816, y había sido nombrado Obispo de Portus en el año 864. Era uno de los más firmes defensores de la facción germánica dentro de la curia, frente a la facción francesa que encabezaba el por entonces Papa Juan VIII. Esto le valió ser excomulgado y perseguido en una ocasión en el año 877. Pero a la muerte de su rival la excomunión fue levantada y Formoso fue restituido a su sede de Portus por el nuevo Papa Marino I en el año 883. Tenía fama de ser buen diplomático, habiendo conseguido la conversión del rey búlgaro Boris y de sus súbditos. Su fama de hombre recto le valió ser elegido Papa el 19 de septiembre del año 891, a la muerte de Esteban V. Su nombramiento generó algunas controversias, pues el Derecho Canónico de entonces prohibía expresamente el traslado de obispos de una sede a otra, supongo que para favorecer la elección del obispo de alguna de las diócesis romanas.

Mientras tanto, las tropas del Duque de Spoleto Guido III habían derrotado a Berengario, con lo que se convertía nominalmente en Rey de Italia y emperador. El antecesor de Formoso, Esteban V, lo había coronado como tal poco antes de morir. Pero no contento con eso, nombró a su hijo Lamberto correy y heredero al trono imperial en el año 892, forzando al nuevo Papa Formoso para que validara dicha sucesión. Formoso, contrario a ello, no tuvo más remedio que ceder ante la debilidad de su posición, y validó la elección el 30 de abril de ese mismo año 892. Sin embargo, esta humillación no sería olvidada nunca por el pontífice, que al año siguiente empezó a negociar secretamente con el rey de la Francia oriental Arnulfo de Carintia para que se presentase en Italia con un ejército y destronara a los Spoleto.

El Papa Formoso
Guido III de Spoleto murió en el año 894, sucediéndole su hijo Lamberto tal y como estaba previsto. Sin embargo, las negociaciones de Formoso y Arnulfo llegaron a buen puerto y éste se presentó en Italia con su ejército a principios del año 896. Sin apenas oposición, llegó hasta Roma, tomándola sin que las tropas de Spoleto opusieran gran resistencia, pues se habían retirado al sur de Italia para intentar contraatacar. Arnulfo liberó al Papa Formoso, que había sido encerrado en el castillo de Sant’Angelo, y fue coronado emperador por éste. El nuevo monarca se quedó sólo 15 días en Roma, partiendo hacia el sur para entablar batalla con Lamberto. Sin embargo, una repentina parálisis le obligó a regresar, y enfermo, decidió volver a Baviera.

Arnulfo de Carintia
Formoso se quedó entonces solo y sin la ayuda del emperador frente a unos vengativos Spoleto que no tardaron en intentar reconquistar lo que consideraban suyo, y tomarse cumplida revancha de ese Papa que los había echado. Sin embargo, llegaron tarde a la venganza en vida de Formoso, pues éste murió (probablemente envenenado) el 4 de abril del año 896. Le sucedió Bonifacio VI, que apenas duró 15 días, ya que murió de un ataque de gota el 25 de abril (una señal más de que ser Papa era por aquel entonces una profesión de riesgo). Cuando los Spoleto entraron nuevamente en Roma, el nuevo Papa era Esteban VI, un ferviente partidario de ellos. Lamberto y su intrigante madre Angeltrudis (la viuda de Guido III) no tardaron en maquinar una venganza contra Formoso, y si no habían podido ejercerla en vida, lo harían ahora que estaba muerto.

El “Concilio Cadavérico

El nuevo Papa, obsequioso hasta la extenuación con los Spoleto, preparó un escarmiento ejemplar contra el ya cadáver Formoso: la Damnatio Memoriae. Esta práctica se venía ejerciendo desde la antigüedad, y consistía en borrar de todos los registros los actos de aquel al que se quería castigar, de forma que no quedara recuerdo alguno de su paso por el mundo. Sin embargo, el nuevo Papa fue un paso más allá, y montó un espectáculo para que los siglos posteriores no lo olvidaran: preparó un juicio sumarísimo contra el cadáver de su predecesor, juicio que pasó a la historia como el “Sínodo del Terror” y también como el “Concilio Cadavérico”.

Esteban VI
Tras nueve meses de estar enterrado, Formoso fue sacado de su tumba y revestido nuevamente con los ornamentos papales. En la basílica de San Juan de Letrán, se le sentó en un trono (al que hubo que atarlo para que no se cayera), se le asignó un diácono para su defensa y fue sometido a juicio por las presuntas tropelías que había cometido durante su pontificado. “Un hedor terrible emanaba de los restos cadavéricos. A pesar de todo ello, se le llevó ante el Tribunal, revestido de sus ornamentos sagrados, con la mitra papal sobre la cabeza casi esqueletizada donde en las vacías cuencas pululaban los gusanos destructores, los trabajadores de la muerte”; así aparece descrito en el posterior Concilio Romano de 898 lo sucedido en el Sínodo del Terror. La principal acusación era que había aceptado el nombramiento papal a sabiendas de que no podía, pues era obispo de Porto y, como ya hemos dicho, el traslado de una sede a otra estaba prohibido.

Detalle de "El Concilio Cadavérico"
Naturalmente, el acusado no movió un solo músculo en su defensa, y el aterrorizado diácono encargado de defenderle apenas balbuceó algunas palabras monosílabas para exculpar a su defendido, más temeroso de la furia de los vivos que de los muertos. Así pues, fue encontrado culpable de todos los cargos (entre los que también se encontraban los de perjurio y tener una ambición desmedida). La sentencia proclamaba que Formoso había llegado al trono de San Pedro de forma irregular y que por tanto era un Papa ilegítimo. “Se considera y proclama que el acusado ha sido indigno servidor de la Iglesia, que llegó a la silla papal en forma irregular y que, por tanto… fue un Papa ilegítimo y que… todo cuanto había hecho, decretado y ordenado durante su papado era nulo de toda nulidad, incluídas las ordenaciones que llevó a cabo“, dice la sentencia. Eso incluía las ordenaciones llevadas a cabo durante su pontificado, por lo que Esteban VI llegó a exigir  a todos los eclesiásticos ordenados por Formoso que renunciaran por escrito a dicha ordenación.

Pero no acabó aquí la cosa. Tras la sentencia, el cadáver de Formoso fue despojado de sus vestiduras (viéndosele entonces el cilicio que siempre portaba para mortificar sus carnes, y que fue lo único que le dejaron), se le arrancaron los tres dedos de la mano derecha con los que impartía sus bendiciones, y su cuerpo arrojado a una fosa común reservada normalmente a los criminales. Los Spoleto se dieron por satisfechos y continuaron con sus guerras por el trono imperial. Dicen que la vida, al final, pone a cada uno en su sitio; así que el pobre Lamberto murió en batalla en el año 898 (otros dicen que por la caída de un caballo), su vengativa madre ingresó en un convento donde falleció poco después, y el infame Papa Esteban VI fue depuesto en el año 897 por un furioso pueblo de Roma, muriendo estrangulado en su celda. Esto debe ser lo que los modernos llaman Karma.
 
Sergio III
Pero no se crean que las tribulaciones del cadáver de Formoso acabaron aquí. Los restos fueron rehabilitados por el Papa Teodoro II (al que en sus breves 20 días de pontificado apenas le dio tiempo a hacer nada más), y dos concilios posteriores convocados por el Papa Juan IX (uno en Rávena y otro en Roma) prohibieron la acusación contra toda persona muerta. Sin embargo, en el año 904 el nuevo Papa Sergio III (curiosamente ordenado como Obispo por Formoso), anuló todas estas disposiciones e inició un nuevo juicio contra el antiguo Papa (aunque esta vez sin el cadáver presente). Nuevamente encontrado culpable, sus restos fueron arrojados al río Tíber para que se perdieran para siempre.

Y aquí viene el milagro del que les hablé al principio. La leyenda cuenta que lo que quedaba del maltratado cadáver se enganchó en las redes de un pescador, que lo sacó de las aguas y lo escondió. En el año 911, finalizado el pontificado de Sergio III, lo que quedaba del cuerpo de Formoso fue nuevamente rehabilitado y depositado en el Vaticano, donde sigue a día de hoy. Todos estos hechos nos han llegado a través de los escritos de Liutprando de Cremona y de Fodoardo de Reims, pues se destruyeron todas las actas del infame juicio como consecuencia del proceso de rehabilitación emprendido por Teodoro II. Un detalle final: en 1464, el cardenal Pietro Barbo fue elegido Papa, y una de las primeras cosas que tuvieron que hacer sus colaboradores fue disuadirle de tomar el nombre de Formoso II. Finalmente tomó el nombre de Pablo II; y es que hay nombres que es mejor no mentar, no sea que al hacerlo tentemos a la mala suerte.

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Akenatón, el Faraón hereje

Fue uno de los faraones más interesantes del Antiguo Egipto, y sin embargo apenas conocemos nada de él. Akenatón protagonizó una de las revoluciones más importantes que se dio en su país, rompiendo más de 1.500 años de tradición politeísta para proclamar el culto a un único dios, Atón. Sus motivaciones no fueron sólo religiosas, sino también políticas, pues intentaba romper el inmenso poder que la casta sacerdotal había ido consolidando con el paso del tiempo, y que llevaba a que hubiera en muchas ocasiones una soterrada lucha por el poder entre el Faraón y los sacerdotes. Una lucha en la que a menudo el poder real del monarca se veía muy mermado.

Akenatón como esfinge, recibiendo los rayos de Atón
Akenatón consiguió durante su reinado que esa lucha se decantase de su lado inaugurando una nueva religión y dejando a los sacerdotes de los antiguos dioses sin poder real. Casado con la mítica Nefertiti, el faraón fundó también una nueva capital a medio camino entre Menfis y Tebas, intentó realizar cambios legislativos que hicieran más fácil la vida del pueblo e introdujo cambios en la forma de representación del cuerpo humano en el arte. Sin embargo, su legado fue rápidamente destruido a su muerte por los mismos a los que había tratado de combatir en vida, hasta el punto de que la capital que él fundara fue destruida por completo. Sólo dos faraones después, el recuerdo de Akenatón se perdió entre las arenas del desierto. Y el artífice de ello fue el que sin duda es el faraón más famoso de la Historia: Tutankamón.

 El Imperio Nuevo

Desde el siglo XVIII a. C., y durante más de 200 años, Egipto vivió una etapa convulsa. En este periodo, llamado Segundo Periodo Intermedio, Egipto se hallaba dividido entre el Bajo Egipto (en la zona del delta del Nilo, bajo dominio de los faraones hicsos), el Alto Egipto (con sus propios faraones y capital en Tebas, actualmente Luxor) y el reino independiente de Nubia al sur (gobernado por los kushitas). Sin embargo, a mediados del siglo XVI a. C. surgió un faraón fuerte en el Alto Egipto que logró acabar con la inestabilidad y el desmembramiento que había sufrido el país durante los siglos anteriores. El artífice de ese renacimiento fue el faraón Amosis I, que expulsó a los hicsos del norte y recuperó Nubia en el sur, logrando nuevamente reunificar el reino. Amosis I instauró la XVIII dinastía y fundó el periodo conocido como el Imperio Nuevo, que duró cinco siglos.

Mapa de Egipto durante el Imperio Nuevo
Los sucesores de Amosis continuaron con su labor y consolidaron un imperio que no sólo dominaba las tierras del Nilo, sino que extendía su dominio hasta Siria y Canaán. Su influencia llegaba también por el norte hasta las islas de Chipre y Creta y por el sur hasta el reino de Punt. Entre dichos sucesores se encontraban faraones como Seti I, Ramsés II o Tutmosis III, con el que Egipto alcanzó su máxima expansión territorial. Los conflictos con los reinos vecinos se mantuvieron durante casi dos siglos más hasta la firma de un tratado de paz entre el faraón Amenofis III (padre de Akenatón) y el rey del Mitanni Shuttarna II. Se da la curiosa circunstancia de que los reyes de las principales potencias de la época (Egipto, Babilonia, el Mitanni, Asiria y Hati) se daban entre ellos el tratamiento de “Hermano”, mientras que los reinos vasallos llamaban al Faraón con el más servil “Mi señor”.

Colosos de Memnon, representando a Amenofis III
Fue en estas circunstancias, alrededor del año 1372 a. C., en las que vino al mundo un niño llamado Amenofis (que significa “Amón está satisfecho”). Fue uno de los hijos del faraón Amenofis III y de Tyi, la Gran Esposa Real. Esta distinción es importante, pues los faraones contaban con un harén pero sólo con una esposa principal, y era de este matrimonio de dónde salía el futuro faraón. Sin embargo, el trono no estaba en principio destinado a él, como veremos a continuación.

Un faraón que no debía serlo

El destinado a suceder a su padre en el trono era el primogénito de la familia, Tutmosis. De hecho, durante un periodo de tiempo, este príncipe fue corregente de su padre. Sin embargo, falleció (no se sabe en qué circunstancias) y el joven Amenofis fue declarado heredero. Hasta entonces, la información que tenemos sobre él es escasa; tanto, que en muchas de las estatuas de la familia real ni siquiera aparece (tal y como atestigua la enorme escultura de la familia de Amenofis III que se conserva en el Museo de El Cairo). Sin embargo, del análisis de las representaciones que tenemos sobre el futuro faraón podemos deducir algunas cosas.

Para empezar, el joven Amenofis padecía de dos enfermedades que lo hacían deforme a ojos de su padre. Una de ellas era el “Síndrome de Marfan”, que se caracteriza por dotar al enfermo de rostro delgado y ojos achinados, dedos de manos y pies muy finos y largos, además de desajustes cardíacos. La otra enfermedad que padecía era “lipodistrofia muscular”, que se caracteriza por la desaparición de la grasa corporal de cintura para arriba, pero la acumulación de esa grasa de cintura para abajo, dando al individuo sus características caderas femeninas por lo anchas. Conocemos estos datos por sus representaciones artísticas posteriores, cuando ya siendo Faraón instauró un estilo artístico más realista y menos idealizado en la representación de las personas, hasta el punto de que en sus estatuas se le representa con arrugas en el rostro.

Estatua de Akenatón
Estas enfermedades le daban una figura ambigua y muy probablemente su padre lo alejó de la capital para que nadie pudiera verlo. El niño fue enviado a la ciudad de Heliópolis, junto a sus abuelos maternos Juya y Tuy. Posiblemente con ellos encontró el afecto que le faltaba en Tebas, y el contacto continuado con su abuela, que era de origen semita, hizo que fueran calando en el niño unas ideas culturales y religiosas que poco se parecían a las imperantes en la capital. Esto sería decisivo más tarde, cuando las circunstancias lo auparon al trono. Un detalle curioso es que en Heliópolis (la ciudad del Sol) uno de los dioses principales era Atón, que se representaba como un disco solar con rayos acabados en manos y que en principio no era más que una manifestación de Ra, dios del Sol. Atón adquiría una enorme importancia en el futuro, como veremos; y conforme iba adquiriendo importancia, fue diferenciándose de Ra para pasar a ser un dios por sí mismo.

Breve resumen de la religión en Egipto

Con el fin de darnos un marco con el que ayudarnos a entender lo que pasó durante el reinado de Akenatón, es necesario hacer un brevísimo resumen de lo que la religión, los dioses y los sacerdotes representaban en la vida de Egipto, particularmente durante el Imperio Nuevo. Y digo resumen porque tratar este aspecto en profundidad daría para una enciclopedia de no pocos tomos. Sin embargo, no es posible entender la vida en el Egipto de los faraones sin tener al menos una leve idea de sus dioses.

Himno a Atón
Para los egipcios, la religión era una parte inseparable de la vida. Cualquier actividad estaba auspiciada o protegida por alguna divinidad, al que había que dedicar el correspondiente rito si no se quería que las cosas torcieran. Así, por ejemplo, existían dioses menores vinculados a la siembra, al clima, a la fecundación o al parto. Además, cada ciudad tenía un dios favorito, y a todo ello hay que añadir que también se rendía culto a semidioses o animales sagrados (que no divinos). Naturalmente, existían también dioses principales que constituían, por así decirlo, la religión oficial. De entre esos dioses principales había uno que sobresalía sobre los demás (una especie de primus inter pares); sin embargo, ese dios podía cambiar a lo largo del tiempo dependiendo de la dinastía, la ciudad principal o las circunstancias.

Algunos dioses egipcios
Desde los inicios de la civilización egipcia, la adoración al Sol fue uno de los pilares de su religión. El dios que lo encarnaba, Ra, era ya el dios principal del panteón de Egipto en una época tan temprana como la V dinastía. Existían otros dioses importantes, como Anubis, Osiris, Horus o Isis. Sin embargo, poco a poco fue ascendiendo en el escalafón el dios Amón, que en principio era una deidad asociada al viento, pero que tenía a su favor ser el dios principal de la capital, Tebas. Su importancia llegó a ser tal, que en el Imperio Nuevo el resto de los dioses principales eran considerados como manifestaciones de Amón.

Karnak, centro religioso de Egipto
Naturalmente, en un país imbuido hasta la médula de dioses, la importancia de aquellos que eran sus intermediarios en la Tierra era enorme. En principio, el máximo representante de las distintas divinidades era el propio faraón (que al contrario de lo que se cree, no era considerado un dios viviente). Sin embargo, la inmensa variedad de ritos y ceremonias no podían ser asumidos por una sola persona, de modo que la casta sacerdotal (sobre todo la del dios principal, Amón) fue adquiriendo progresivamente un mayor poder, hasta el punto de que su influencia llegó a ser mayor que la de algunos faraones y recaudaba sus propios tributos. Hay que decir que tanto Amenofis III como Tutmosis IV ya habían visto el problema y trataron de potenciar el culto a otro dios para recortar el poder de los sacerdotes de Amón. El dios elegido para ello fue Atón, que pasó de ser una mera deidad local como manifestación de Ra a diferenciarse y adquirir cada vez mayor importancia.

La revolución de Amarna

Habíamos dejado al joven Amenofis en Heliópolis junto a sus abuelos. Sin embargo, fue llamado a Tebas a la muerte de su hermano y heredero Tutmosis. Fue nombrado corregente de su padre en los últimos años de su reinado (lo que equivalía a señalarlo como el heredero al trono) y finalmente fue coronado Faraón en el año 1353 a.C., a la muerte de su padre. Tomó el nombre de Neferjeperura Uaenra, que significa “Hermosas son las manifestaciones de Ra, Único en Ra”. Sin embargo, nosotros lo conocemos como Amenofis IV. Durante los cuatro primeros años de su reinado no se produjo ningún hecho especialmente relevante, fuera de la construcción de algunos templos dedicados a Atón en Tebas y Karnak, utilizando para ello pequeños bloques de piedra caliza en lugar de las grandes moles de periodos anteriores. La revolución se estaba gestando, con la ayuda de la inteligente esposa del faraón, Nefertiti.

Nefertiti
A diferencia de lo que habían hecho sus antecesores, el nuevo Faraón no pretendía debilitar el culto a Amón y el poder de sus sacerdotes, sino que quería acabar con ellos de raíz. Fue así como, en el quinto año de su reinado, instauró el culto a Atón como el único verdadero, prohibiendo todos los demás. El faraón cambió su nombre a Akenatón (“resplandor de Atón”), pero la cosa no acabaría ahí. Confiscó las tierras y las rentas de los cultos antiguos y con el dinero obtenido financió la construcción de una nueva capital, Ajetatón (que significa “Horizonte de Atón”, la actual Amarna), a medio camino entre las antiguas capitales Menfis y Tebas. La ciudad estaba delimitada por 15 grandes estelas que proclamaban que el lugar pertenecía a Atón, y tenía planta octogonal. Destacaba en ella el gran templo de Atón, construido sin techo puesto que el culto al dios debía hacerse al aire libre (lo que provocaba no pocos desmayos entre los fieles bajo el ardiente Sol del desierto). El Faraón y su familia se trasladaron a la nueva capital en el noveno año de su reinado, aunque ya había sido declarada capital dos años antes.

Plano de la ciudad de Ajetatón
Para entender la importancia del nuevo culto, hemos de darnos cuenta de que al prohibir el resto de cultos los sacerdotes de éstos quedaban automáticamente proscritos. Además, Akenatón se proclamó único intermediario entre Atón y los hombres, con lo que evitaba que surgiera una nueva casta sacerdotal que sustituyera a las anteriores. El traslado de capital se producía porque la anterior, Tebas, estaba imbuida del culto a Amón, y resultaba peligroso seguir allí. Eso motivó que la nueva capital tuviera que construirse a toda prisa, por lo que se utilizaron ladrillos de adobe en lugar de piedra. Ni que decir tiene que, en una sociedad tan empapada de politeísmo como la egipcia, la instauración de un monoteísmo era una completa herejía.

Representación de Atón
Pero las reformas de Amarna no se quedaron sólo en la religión. Akenatón introdujo una nueva forma de representación del cuerpo humano más realista que las anteriores, más idealizada. De este modo, las estatuas del Faraón lo muestran con todos sus defectos (arrugas de edad incluidas). Eso nos ha permitido conocer las enfermedades que lo aquejaban, de las que ya hablé antes. Posiblemente, esta nueva forma de representación vino motivada como venganza por haber sido apartado de la familia de su padre a causa de sus males. Además, se representan por primera vez escenas cotidianas de la vida de la familia real, y lo que es más importante, en ellas aparecen sus hijas.

La familia de Akenatón, en una escena familiar
Finalmente, el culto al nuevo dios inspiraron una serie de reformas legales que buscaban una mayor igualdad entre sus súbditos, siguiendo la máxima de que todos somos iguales bajo el Sol. De hecho, en una tumba de la época se puede la leer la inscripción “Su Majestad elige a los humildes para convertirlos en príncipes”. El Faraón come y viste con sencillez, suprime privilegios de las clases nobles, reparte tierras entre los desfavorecidos (sacadas de las confiscaciones a los sacerdotes) y prohíbe la esclavitud. Asimismo, queda prohibido arrodillarse ante él, establece el matrimonio monógamo, aconseja a las mujeres no tener más de dos hijos, y promulga decretos por los que prohíbe la caza masiva. La revolución no era sólo religiosa, sino que también se trasladaba a la vida civil. Un aspecto importante y poco destacado es que el nuevo culto no pretendía adorar una representación de la naturaleza, sino que se basaba en una fuerte abstracción intelectual, tal y como queda demostrado por dos hechos: la falta de representaciones antropomórficas de Atón, y el hecho de que los templos dedicados a él no tengan una orientación geográfica definida (tal y como cabría esperar de un culto al Sol), sino que se adaptan a la topografía del terreno.

La epidemia y el fin del reinado

El gran momento del reinado de Akenatón se produjo en el decimosegundo año de su reinado, cuando hubo una gran celebración en Ajetatón de ofrendas y tributos de los países aliados y de los reinos vasallos. Sabemos, por los relieves de algunas tumbas de la época, que la familia real estaba al completo: Akenatón, su esposa Nefertiti y sus cinco hijas. Sin embargo, poco después empezaron a sucederse las desgracias. La princesa Meketatón falleció al dar a luz, al igual que la madre del Faraón, la princesa Tyi. Asimismo, a partir del decimocuarto año de su reinado desaparecen las referencias a Nefertiti, por lo que se supone que también murió por aquel entonces.

Festival en Ajetatón, con la familia real al completo
Al parecer, la causa de todas estas muertes fue una pandemia que se originó en Egipto y que acabó afectando a toda la región. Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre la enfermedad concreta, pues algunos sostienen que fue peste mientras que otros afirman que fue poliomielitis o incluso gripe. A lo largo de este tiempo, y hasta el fin de su reinado en el año 1338 a.C. (decimoséptimo de su reinado), la epidemia se llevó por delante a otras tres hijas del Faraón, y pudo ser la causa del repentino abandono de la capital tras la muerte de Akenatón.

Tutankamón y su esposa
Después del fallecimiento de Nefertiti (a la que muchos consideran la autora intelectual de las reformas de Amarna), Akenatón tomó sucesivamente como Gran Esposa Real a dos de sus hijas. Y no sólo las nombró de modo honorífico, sino que mantuvo relaciones incestuosas con ellas buscando un heredero varón. De esas relaciones nacieron dos niñas, Meritatón-Tasherit y Anjesenpaatón-Tasherit (el sufijo “Tasherit” significa “la menor” y se ponía cuando se quería distinguir a hija y madre con el mismo nombre). Al no conseguirlo, nombró a Semenejkara (un personaje del que casi nada sabemos) su corregente, título que equivalía a nombrarlo su heredero, como ya hemos visto anteriormente.

Amón con la cara de Tutankamón
En el decimoséptimo año de su reinado Akenatón murió, probablemente de la misma enfermedad que ya se había llevado a su familia. Le sucedió su corregente, que reinó menos de un año, y que fue sucedido por un hijo de Akenatón y Kiya, otra de sus esposas. El nuevo Faraón adoptó el nombre de Tutankatón (“la viva imagen de Atón”), quién pocos años después dio marcha atrás a todas las reformas anteriores, restableció el culto politeísta encabezado por el dios Amón (tan agradecidos estaban los antiguos sacerdotes de Amón que a la estatua de Amón-Ra en Karnak le pusieron su rostro) y cambió su nombre a Tutankamón. El descubrimiento de su tumba intacta por parte Howard Carter y Lord Carnavon lo han convertido en uno de los más famosos faraones de la Historia, a pesar de que su importancia política fue muy limitada. A lo largo del tiempo, la memoria de Akenatón trató de ser borrada, llegándose al extremo de destruir su capital. El renacido poder de los sacerdotes de Amón siguió creciendo con bríos renovados, hasta el punto de que algunos siglos después, durante el Tercer Periodo Intermedio, algunos de ellos fueron faraones.

Máscara funeraria de Tutankamón
Akenatón trató de reformar un imperio anquilosado por el poder que la clase sacerdotal ejercía sobre la sociedad. No lo consiguió, y su memoria fue sistemáticamente borrada por sus sucesores. Continúa siendo uno de los más enigmáticos faraones de la antigüedad, y si son ciertas las últimas palabras que se le atribuyen, un adelantado a su tiempo:

El reino de lo eterno no tiene sitio dentro de los límites de lo terreno. Todo será como era antes. El terror, el odio y la injusticia volverán a gobernar el mundo y los hombres tendrán que volver a sufrirlo. Hubiera sido mejor para mí no haber nacido nunca, pues así no hubiera visto cuánta maldad hay en la tierra.

Esperemos que nuevos descubrimientos nos ayuden a comprender la gran importancia que su figura tuvo en su época.

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Cagayán, cuando los españoles derrotaron a los samuráis

Los samuráis siempre han tenido fama de ser invencibles. De hecho, se ha llegado a decir que un samurái sólo podría ser derrotado por otro samurái. El halo de leyenda que envuelve a estos guerreros japoneses ha hecho que en la cultura occidental se les vea como el prototipo de guerrero por excelencia, tanto por su dominio de las armas y técnicas de combate como por la dedicación a la guerra en que convertían su vida. Mucho se ha fantaseado sobre qué habría pasado si se hubieran enfrentado un ejército occidental contra otro de samuráis, y casi siempre la conclusión es que los japoneses habrían vencido fácilmente.

Fotografía de guerreros samuráis
Sin embargo, es apenas conocido que este enfrentamiento con el que muchos han soñado se produjo en la realidad. En 1582, alrededor de 40 soldados españoles de los Tercios del Mar (el equivalente a la actual Infantería de Marina) al mando de Juan Pablo de Carrión se enfrentaron a cerca de mil piratas asiáticos, formados en su mayoría por ronin (samuráis sin señor) y ashigaru (soldados rasos japoneses de infantería, armados con mosquetes), además de algunos soldados chinos y coreanos. Lo más sorprendente de todo es que la victoria fue para el bando español. Esta es la historia de esta batalla, conocida como “los combates de Cagayán”.

Los piratas de Tay Fusa

La presencia china y japonesa en aguas filipinas se remonta a finales del siglo XIV. De hecho, los chinos habían establecido puertos comerciales en Filipinas y se habían convertido en una minoría entre la población antes de la expedición de Miguel López de Legazpi de 1565, que anexionó el archipiélago a la corona española. La actividad comercial era particularmente activa en la isla de Luzón, donde los japoneses intercambiaban plata por oro filipino. Sin embargo no todo era comercio, pues la existencia de piratas provenientes de las costas chinas y japonesas era importante. A su presencia contribuía la fama que pronto empezó a correr por todo el lejano oriente de que Filipinas era una tierra llena de riquezas en la que podía obtenerse un sustancioso botín.

Así, el 29 de noviembre de 1571 el pirata chino Li Ma Hong, al mando de 3.000 hombres, atacó la por entonces joven ciudad de Manila (que había sido fundada ese mismo año). Su objetivo era establecer en la zona un señorío pirata. Tras cuatro meses de combates (incluido el asedio al fuerte de Panganisán), los piratas fueron derrotados por tropas españolas y filipinas y el prestigio de Li Ma Hong (el mayor señor pirata de la zona) sufrió un duro golpe. Este pirata, que presumía de haber escapado en cierta ocasión de más de 100.000 soldados chinos, dejó de ser una amenaza.

Grabado que representa un ataque de los wako
Sin embargo, el problema continuó con los piratas japoneses. Estos piratas (llamados wako) provenían en su mayoría de la isla de Okinawa y nutrían sus filas de samuráis sin señor (ronin) y de soldados que provenían de las clases no nobles (ashigaru), muchos de ellos alistados huyendo de las constantes guerras civiles que asolaban el Japón feudal. En 1580, estos piratas wako asolaron la provincia de Cagayán, llegando a exigir tributos a la población. El jefe de los piratas, conocido como Tay Fusa (y también como Tayfusu o Tayfuzu), forzaba a los nativos a prestarle juramento de sumisión y fidelidad. El nombre de Tay Fusa no existe en Japón como nombre propio y parece ser que es una deformación de la palabra japonesa “taifu”, que se emplea para designar a los señores feudales (o quizá de la palabra china “daifu”, que significa lo mismo). Sea como fuere, el caso es que los wako empezaron a ser un problema serio para el gobernador de las Filipinas Gonzalo Ronquillo, quien en 1582 escribió una carta a Felipe II alertándole de la situación:

Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas.

Por aquel entonces, las fuerzas españolas en todas las Filipinas apenas eran de unos 500 hombres, aunque contaban con el apoyo intermitente de los indígenas tagalos (que unas veces eran aliados de los españoles y otras sus más encarnizados enemigos). Dada la urgencia de la situación, y temiendo que concentrar la mayor parte de las tropas daría lugar a desproteger otras partes de las posesiones españolas, se encargó al veterano hidalgo y capitán de la Armada Juan Pablo de Carrión que arreglase la situación al mando de la galera “La Capitana”, el navío ligero “San Yusepe” y otras 5 naves pequeñas de apoyo. En esas naves iban embarcados apenas 40 soldados de los Tercios del Mar (el equivalente a la actual Infantería de Marina). A sus cerca de 70 años, Carrión iba a protagonizar la mayor hazaña de su vida.

La victoria sobre el junco

Las hostilidades comenzaron en el Mar de la China meridional, cuando la flota de Carrión cañoneó un buque japonés obligándole a retirarse. La noticia llegó pronto a Tay Fusa, que al mando de una flota de 19 barcos (un junco y 18 champanes) y 1.000 hombres partió hacia las Filipinas dispuesto a acabar con las tropas españolas y vengarse de la ofensa. Los barcos de Tay Fusa fueron tomando posiciones a lo largo de la costa mientras asolaban las poblaciones que se iban encontrando.

Junco japonés
Fue así como la flota española topó con el junco japonés a la altura del cabo Bogueador. El navío nipón acababa de saquear la costa tratando a sus habitantes con gran crueldad. Pronto la galera “La Capitana” se adelantó al resto de barcos españoles y acortó distancias con el junco, que llevaba a bordo un contingente que superaba a los españoles en una proporción de 10 a 1. Cuando estaban a distancia de abordaje, la galera soltó una descarga de metralla que barrió la cubierta del junco, dejándola sembrada de cadáveres. Los españoles, armados con espadas, picas, arcabuces y mosquetes, saltaron al barco japonés. Sin embargo, los piratas estaban lejos de ser derrotados y rechazaron a los españoles hacia su propio barco. La lucha continuó en la galera española, donde las tropas de Carrión iban retrocediendo lentamente hacia popa, formando una barrera de piqueros delante y armas de fuego atrás.

Los japoneses no sólo superaban a los españoles en número, sino que contaban también con arcabuces que les habían proporcionado los portugueses. Para defender a los hombres, Carrión cortó la driza (que es el cabo con el que se izaban las velas) de la verga mayor y ésta cayó sobre el combés (que es el espacio que hay entre el castillo de proa y el castillo de popa), formando una trinchera improvisada. Los mosqueteros españoles se parapetaron tras ella rápidamente y lanzaron una lluvia de balas, que causó gran cantidad de bajas. Acto seguido, los rodeleros y piqueros saltaron a enfrentarse cuerpo a cuerpo con los samuráis. La llegada del “San Yusepe”, que barrió con metralla la cubierta del junco matando a los arcabuceros que hostigaban a las tropas españolas, provocó que los japoneses que quedaban huyeran saltando al agua, donde muchos murieron ahogados por el peso de sus armaduras.

El desembarco

Por primera vez en la historia (probablemente), dos escuelas de esgrima antagónicas se habían enfrentado a muerte en aquellas dos embarcaciones que iban a la deriva empujados por la ligera brisa, en medio de un atronador griterío. La armadura de los samuráis (más ornamental que otra cosa) era vulnerable frente a los movimientos de acuchillamiento de los españoles, mientras que los golpes de corte dados con las katanas (espadas japonesas) eran fácilmente contrarrestados por los escudos y las armaduras de hierro de los soldados de Carrión. Asimismo, los soldados españoles paraban los golpes con su escudo mientras que, a la vez, atacaban con la espada; los japoneses, al carecer de ese escudo, sólo podían hacer movimientos defensivos u ofensivos, pero no ambos a la vez, lo que los hacía más ineficaces. Así pues, el primer asalto fue para los españoles, que habían infringido una gran escabechina a sus enemigos.

Grabado japonés de un ronin
La flota española siguió remontando el río Tajo (nombre que tenía por entonces el hoy llamado Río Grande de Cagayán). Pronto sorprendieron a una flotilla de 18 champanes cuyos tripulantes estaban saqueando una pequeña ciudad causando una gran mortandad entre la indefensa población. Los barcos españoles se abrieron paso con sus culebrinas y ayudados por el fuego de arcabuz. Después de un combate muy trabado, los barcos japoneses huyeron habiendo sufrido más de 200 bajas entre sus tripulantes. La segunda gran escabechina estaba servida.

Guerrero ashigaru
Carrión ordenó a sus hombres desembarcar en la playa de Birakaya, que estaba situada en un recodo del río, y que se encontraba cerca del resto de las fuerzas japonesas (todavía considerables). Se fortificaron y lograron desembarcar los cañones de la galera, con los que inmediatamente empezaron a abrir fuego contra los soldados de Tay Fusa. Los wako decidieron negociar su rendición. Carrión ordenó expeditivamente que se fueran, a lo que los piratas japoneses respondieron pidiendo una indemnización en oro por las pérdidas que les ocasionaría su marcha. En vista de que Carrión se negó rotundamente, los piratas decidieron que había llegado el momento de atacar. En el mar, la superior tecnología española había solventado la lucha, pero estaba por ver si en tierra el resultado sería el mismo. 600 guerreros japoneses se aprestaron a atacar a los apenas 40 hombres de Carrión. El momento decisivo había llegado.

El combate de la playa de Birakaya

Los japoneses lanzaron una primera carga contra la posición española. Carrión había dispuesto a sus hombres con los piqueros por delante, seguidos de los rodeleros y las armas de fuego. Para evitar que los atacantes pudieran arrebatarles las picas, había ordenado que el astil de éstas fuera embadurnado de sebo, de modo que resbalaran al cogerlas. Los que intentaban agarrarlas quedaban a merced de las espadas y las picas de los españoles. Los piqueros mantuvieron la posición mientras los mosqueteros y arcabuceros disparaban en una cadencia mortal. El primer intento de asalto de los japoneses se saldó con un rotundo fracaso y con graves pérdidas para los japoneses.
 
Juan Pablo de Carrión
Sin embargo, volvieron a intentarlo. Un segundo asalto se saldó con un resultado parecido, pero tras la retirada japonesa a sus posiciones de partida los españoles vieron con preocupación que apenas les quedaban balas ni pólvora, y que ya sólo quedaban en pie unos 30 infantes de marina. Había llegado el momento del combate cuerpo a cuerpo. El tercer intento de asaltar la posición española casi entra en la trinchera. Pero tal y como había sucedido en el combate sobre la galera, la esgrima española y su superior armadura derrotaron a los japoneses. La tercera escabechina había tenido lugar, y los piratas que quedaban salieron huyendo, abandonando armas y armaduras para ir más rápido y que los soldados españoles no les acuchillaran en la huida. Tras más de cuatro horas de combates, los infantes de marina de los Tercios del Mar habían ganado la batalla, cogiendo como trofeo las katanas y las armaduras abandonadas. Nunca más volvió a saberse de Tay Fusa.

Los españoles sufrieron entre 15 y 20 bajas, mientras que los japoneses perdieron la gran mayoría de sus efectivos. Una vez pacificada la zona, y ya con refuerzos, Carrión fundó en la región la ciudad de Nueva Segovia (que actualmente se llama con el folclórico nombre de Lai-lo), de la que sólo queda la iglesia como único edificio de la época colonial. La actividad pirata continuó durante algún tiempo más, pero de forma residual y prácticamente reducida al comercio de piel de ciervo. Pese al establecimiento de relaciones comerciales pacíficas en 1590, el “kampaku” (un título similar a regente) Toyotomi Hideyoshi intentó que Filipinas rindiera tributo a Japón. Sin embargo, su falta de éxito hizo que los japoneses no volvieran a pisar las islas hasta la Segunda Guerra Mundial.

Iglesia de Nueva Segovia
Este encuentro es el único que se encuentra documentado sobre un enfrentamiento entre europeos y samuráis, por mucho que algunas películas quieran hacernos creer lo contrario. Y tras estos combates, los tagalos respiraron aliviados, pues el halo de invencibilidad que rodeaba a los samuráis japoneses había quedado en entredicho. Como detalle final, diré que cuenta un relato tradicional de los samuráis que sus valientes guerreros fueron derrotados por unos demonios mitad peces y mitad lagartos, que llegaron en unos enormes y extraños barcos negros como la noche. Estas criaturas salían furiosas del mar y atacarles era algo suicida. Como tributo a los infantes de Marina españoles (a los que los japoneses llaman desde entonces wo-kou, peces-lagarto) no está nada mal. Y es que ya se sabe que todos los que luchan en una batalla, desean al menos que una canción, un cuento o una leyenda les recuerde.

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Hans Joachim Marseille, La Estrella de África

Estamos a finales de 1941. Tres cazas británicos Hurricane sobrevuelan el desierto libio regresando de una misión de patrulla, en la que habían tenido un enfrentamiento con cazas alemanes. Bromeaban sobre el hecho de tener el sol en contra, pero no le daban importancia porque ya faltaba poco para aterrizar. Uno de ellos mencionó al misterioso piloto alemán que se decía que aparecía como un fantasma, para derribar uno tras otro a los aviones aliados. El jefe de escuadrilla dijo: “No creo que exista ese piloto. Es un invento de la propagan…”. No pudo terminar la frase. Un Messerschmitt Bf109F ascendió de la nada y se puso delante de su línea de vuelo. Una breve ráfaga impactó contra la cabina y el piloto murió al instante, empezando su avión a caer. El caza alemán cortó gases, inclinó los flaps hacia abajo hasta que crujieron y realizó un violento viraje a la derecha. Mientras viraba, abrió fuego contra el escolta izquierdo. La corta ráfaga alcanzó la carlinga y mató al piloto, cuyo avión cayó en barrena. Después, el Messerschmitt entró en picado, enderezó y desapareció de la vista del único caza inglés que quedaba. Cuando regresó a la base, el piloto británico superviviente fue interrogado detalladamente sobre lo ocurrido. “No lo vi muy bien. Fue todo muy rápido. Pero era un solo caza alemán, y me pareció que tenía pintado un número 14 de color amarillo al costado de su fuselaje”.

El "14 Amarillo" de Marseille
El caza con "un número 14 de color amarillo" estaba pilotado por Hans Joachim Marseille, un piloto de caza alemán que fue conocido como la “Estrella de África”. Llegó a derribar 158 aviones aliados; pero lo importante no son las cifras, sino su modo de hacerlo. Su pilotaje arriesgado, llevando siempre su avión al límite, y su eficacia (se decía que sólo necesitaba 15 balas para derribar un avión) lo convirtieron en una leyenda. Su comandante, el general Eduard Neumann lo definió así: “Fue una mezcla de aire fresco de Berlín y champán francés. Un auténtico caballero”. Esta es la historia del que fue considerado el mejor piloto de caza alemán de la Segunda Guerra Mundial.

El alférez más antiguo de la Luftwaffe

Hans Joachim Marseille nació el 13 de diciembre de 1919 en Berlín, en el seno de una familia de ascendencia hugonote francesa. Su padre era oficial del ejército y llegó a alcanzar el grado de General. El divorcio de sus padres cuando era muy niño sin duda le marcó el carácter, volviéndose indisciplinado, rebelde e independiente. Tenía pasión por volar, así que ingresó en la Luftwaffe (Fuerza Aérea Alemana) en 1938 (con apenas 18 años) a pesar de aborrecer la vida militar. El hecho de alistarse en tiempo de paz permitió que recibiera el entrenamiento completo, y cuando en 1939 estalló la guerra ya estaba casi listo para pilotar un caza.

Foto autografiada de Marseille
Amante de la vida nocturna y de la música de jazz (prohibida en Alemania por aquel entonces), consideraba que el consumo de alcohol le hacía mejor piloto. Sus actos de indisciplina eran continuos, hasta el punto de que frecuentemente era castigado a permanecer en la base mientras sus compañeros salían de permiso los fines de semana. Claro que tampoco hacía mucho caso de esos castigos; en una de esas ocasiones dejó una nota a su compañero que decía: “He salido. Por favor, haz mis tareas”. Se le prohibió volar en dos ocasiones; la primera vez fue cuando, volando a baja velocidad para aterrizar, de pronto aceleró y ascendió su avión para simular un combate aéreo. La segunda vez fue cuando aterrizó su avión en plena autopista para aliviarse detrás de un árbol. Todas estas faltas hicieron que, mientras sus compañeros se graduaban con el grado de alférez a principios de 1940, él no lo hiciera hasta mediados de ese año.

Caza británico Hurricane
Se incorporó al Grupo de Caza 52, con base en Calais, el 10 de agosto de 1940, a tiempo para la inminente campaña aérea contra Inglaterra. Derribó siete aviones enemigos, pero él mismo fue derribado seis veces, logrando salvar la vida lanzándose en paracaídas. Casi siempre regresaba con el avión hecho un colador, fruto de su tendencia a volar en solitario (contraviniendo las directrices de mando) y a meterse en lo más duro del combate. Su hoja de servicios estaba repleta de sanciones disciplinarias: llevaba el pelo largo, escuchaba constantemente música prohibida (jazz, swing y blues) y a menudo le birlaba el coche a su superior, el Comandante Steinhoff, para salir de noche. Muchos días no regresaba a tiempo para la lista de la mañana, y cuando lo hacía, volvía acompañado de bellas señoritas a medio vestir. Todo ésto hizo que cuando se comunicaron los ascensos en su unidad, Marseille fuera relegado quedando como único alférez del escuadrón, mientras sus compañeros ascendían a teniente. Sus superiores anotaron en su expediente la curiosa anotación “impudicia aviatoria

Marseille señalando agujeros de bala en su avión
Como toda paciencia, la de Steinhoff también tenía un límite. A finales de 1.940 fue transferido como medida disciplinaria al Grupo de Caza 27, al mando del Comandante Eduard Neumann. Éste reconoció en Marseille a un gran piloto, y le dio la confianza suficiente como para demostrarlo. La unidad pasó por Austria, Rumanía, Bulgaria, y participó brevemente en la campaña contra Yugoslavia. Finalmente, fue trasladada a África el 20 de abril de 1941, en apoyo del "Afrika Korps", el cuerpo expedicionario de Rommel. El “alférez más antiguo de la Luftwaffe” (como el propio Marseille se autodenominaba con cierta amargura) llegaba al que sería el escenario de su leyenda.

Marseille en África

Nada más llegar, Marseille dio muestras de su carácter. En el vuelo de traslado de la escuadrilla desde Trípoli hasta el aeródromo de Gazala, su avión sufrió una avería y tuvo que aterrizar de emergencia en medio del desierto. Tras ver que el piloto estaba bien, el resto de aviones siguieron su viaje. Marseille paró a un camión italiano que lo acercó a un aeródromo, donde trató de conseguir un avión. Al no haber ninguno disponible, se dirigió al puesto de mando, y ante los atónitos oficiales presentes, convenció a un general de que le prestara su propio coche Opel Admiral (y a su chófer) para llegar a tiempo. Al despedirse, el general le dijo “me debe cincuenta derribos, Marseille”. Pero no acabó la cosa ahí. En un repostaje del vehículo, Marseille aprovechó para cobrar su paga. Al ver que el pagador dejaba poco espacio para las condecoraciones en su libreta de haberes, protestó enérgicamente. Finalmente, se dejó el suficiente espacio en blanco como para que cupieran las más altas condecoraciones posibles. Adelantando acontecimientos, ese espacio se acabó por rellenar completamente. Después de viajar toda la noche, Marseille llegó a Gazala apenas dos horas después que el resto de la escuadrilla, que había hecho noche en Bengasi.

Marseille en África
Marseille seguía con su táctica de zambullirse en medio de las formaciones enemigas, lo que hacía que acabase casi siempre con el avión repleto de agujeros de bala. En cierta ocasión, los proyectiles de un Hurricane le arañaron el casco de cuero cuando tenía la cabeza un poco echada hacia delante. Neumann, su superior, le llamó al orden con las siguientes palabras: “¿Sabe por qué está usted vivo aún? Porque tiene más suerte que cerebro. Usted puede llegar a ser un gran piloto, pero le hace falta tiempo. Desde luego, mucho más tiempo del que va a vivir si sigue pilotando así”.

Marseille en su avión
Espoleado por las palabras de Neumann, Marseille empezó a perfeccionar sus tácticas. Renunció a ponerse las gafas de sol para que sus ojos se acostumbraran al sol del desierto y a la sequedad del aire; se había dado cuenta de que así podía ver antes a los aviones enemigos y que eso le confería ventaja. Asimismo, empezó una intensa sesión de ejercicios físicos para aguantar las tremendas fuerzas de gravedad que tendría que soportar en el avión. Finalmente, comenzó a entrenarse junto a sus compañeros después de cada misión en mantener centrado el avión enemigo en su visor durante cualquier maniobra: virajes, deflexiones e incluso en vuelo invertido. Se había percatado de que las formaciones cerradas enemigas eran vulnerables ante un solo caza que gozara de gran maniobrabilidad. Por eso, su táctica habitual excluía ir con gas a fondo (como era norma en aquella época) y comenzaba sus ataques con una aceleración vertiginosa, para luego reducir bruscamente la potencia y bajar los flaps al límite, de forma que pareciera estar colgado del aire, reduciendo enormemente su radio de giro. Eso le hacía más lento pero mucho más maniobrable que los aviones aliados, lo que unido a que disparaba mientras viraba, hacía que su avión pareciera un fantasma que surgía de la nada y acabara uno tras otro con los aviones enemigos, para desaparecer en picado después.

Curtiss P-40 Tomahawk
Después de un verano infructuoso, ya que en julio y agosto no consiguió ningún derribo, el ya segundo teniente Marseille (le había sido concedido el ascenso el 1 de julio de 1941) consiguió el 24 de septiembre su primer derribo múltiple: cuatro Hurricanes en un espectacular combate de media hora entre Sidi Barrani y el paso de Halfaya. A mediados de diciembre llegó a las 25 victorias, siendo condecorado con la Cruz Germánica en oro. A partir de aquí su carrera fue fulgurante. El 24 de febrero de 1942 alcanzó su victoria número 50 (lo que le valió la Cruz de Caballero), a finales de abril fue ascendido a primer teniente y a primeros de junio le fue concedido el mando de la escuadrilla (con lo que pasó de ser el "alférez más antiguo" al jefe de escuadrilla más joven de la Luftwaffe). El 5 de junio alcanzó los 75 derribos y le concedieron las Hojas de Roble para su Cruz de Caballero. El 17 de junio había obtenido ya 101 victorias. El derribo número 100 le valieron las Espadas para su Cruz de Caballero. Su avión, el “14 Amarillo”, se hizo más conocido que el blindado de mando de Rommel.

Preparándose para una misión
Sus hazañas se volvían más y más increíbles. Así, por ejemplo, el 3 de junio de 1942 atacó él solo una escuadrilla de 16 cazas P-40 Tomahawh, derribando 6 aviones enemigos (5 de ellos en 6 minutos). Los británicos, que utilizaban la formación defensiva en círculo, se veían desbordados por la táctica de ataque de Marseille. Ante una formación de este tipo, Marseille atacaba antes que nadie pudiese verlo, ni siquiera sus propios compañeros de escuadrilla. Ubicaba su avión por detrás y por debajo del círculo, ascendía utilizando como ventaja el punto ciego del ala de su adversario, derribaba al último avión, reducía furiosamente su velocidad, bajaba los flaps, se introducía en el círculo, giraba “corto” su Messerschmitt y derribaba los aviones uno tras otro, hasta que los británicos rompían el círculo. Ese era el momento en que entraba en un picado aterrador hasta recuperar la sustentación.

Marseille y Rommel
Sin embargo, la gran tensión acumulada empezó a causar mella en Marseille. Tras aterrizar después de su derribo número 101, y cuando todo el personal de la base corría a su avión dispuesto a sacarlo a hombros, Marseille permaneció sentado en la cabina con la cara cenicienta, fumándose el primer cigarrillo que le ofrecieron y bañado en sudor. Poco después, y ante sus protestas, fue obligado por Neumann a coger un permiso de dos meses para curarse del agotamiento y para recoger las Hojas de Roble y las Espadas de su Cruz de Caballero, que Hitler quería entregarle personalmente.

La propaganda nazi trata de utilizarlo

Hagamos un pequeño inciso para hablar de cómo la propaganda del Reich trató de utilizar la imagen de Marseille.

Recibiendo las "Hojas de Roble" de manos de Hitler
Como es natural, las proezas del piloto alemán llamaron pronto la atención de los jerarcas nazis y de los periódicos de Alemania. La prensa empezó a llamarlo “Stern von Afrika” (la Estrella de África) y a narrar sus hazañas. No había día en que su nombre no apareciera en los diarios. La maquinaria de propaganda alemana quiso utilizarlo; sin embargo, la personalidad rebelde de Marseille hacía que esa utilización se volviera en muchas ocasiones en contra del propio régimen. Tal y como decía el jerarca nazi Axman: “Marseille es el modelo perfecto para la juventud alemana, hasta que abre la boca”. Y es que el carácter de Marseille hacía que fuera muy difícil manipularle.

Marseille y  su asistente Matthias
Por ejemplo, se presentó con el pelo largo y botas de faena cuando Hitler le entregó la Cruz de Caballero (y su superior Neumann decía jocosamente que había que agradecerle que no lo hubiera hecho también con pantalones cortos y su inseparable sombrilla multicolor). En una ocasión, en presencia de Hitler y de Goering, preguntó abiertamente si éste era gay. Buen pianista, se le pidió que tocara en una recepción a la que habían acudido las máximas instancias del Reich. Después de interpretar una obra de Beethoven, empezó a tocar piezas de jazz (música prohibida en Alemania), lo que motivó que Hitler abandonara la recepción antes de tiempo y visiblemente irritado. Es más, contraviniendo las leyes raciales, era amigo de Mathias, un hombre de raza negra.

Pintando victorias
Su prestigio, carisma y aparente candor lo mantenían a salvo. Incluso los británicos le tenían un enorme respeto, pues en varias ocasiones sobrevoló aeródromos enemigos arrojando notas que indicaban dónde había derribado a un piloto, para que fueran a rescatarlo (o a recuperar el cuerpo). Se cuenta que una vez voló junto al avión al que había disparado acompañando al piloto herido hasta que éste pudo aterrizar. Y a todo ello, hay que añadir que seguía manteniendo un gran atractivo para las mujeres. Incluso ya con novia y fecha de boda, sus estancias en Berlín hacían que la lista de sus conquistas aumentara. Entre ellas cabe destacar a la cantante Nilla Pizzi (que le dedicó la canción “Rumba Azul”) y nada menos que Leni Riefenstahl, la cineasta oficial del nazismo.

La mayor hazaña del “14 Amarillo

Marseille permaneció en Berlín hasta el 6 de agosto de 1942, día en que junto a su novia Hanne-Lies Küpper emprendió el regreso. El 13 de agosto se detuvo en Roma donde se le impuso la Medaglia d’Oro, máxima distinción al valor en Italia. Como anécdota, decir que cuando Mussolini le impuso la condecoración, Marseille le comentó al Conde Ciano (yerno del Duce) si no le parecía que Mussolini se creía más importante de lo que era. En Roma dejó a su novia y el 23 de agosto estaba de nuevo con su escuadrilla. Desde esa fecha hasta el 26 de septiembre obtuvo 57 derribos más, lo que elevó el total de sus victorias a 158 (y eso contando que entre el 16 y el 25 de septiembre no pudo volar por tener el brazo roto). Pero sin duda alguna, su mayor hazaña la llevó a cabo el 1 de septiembre de 1942, fecha en que conoció la noticia de que su padre había muerto en el frente ruso.

"Otto", ocho en italiano
Ese día, y en el trascurso de tres misiones, logró derribar 17 aviones enemigos. En la primera misión, al amanecer, derribó cuatro aviones disparando tan sólo 60 balas. En la segunda misión derribó ¡ocho aviones en apenas diez minutos! Ya por la tarde, en la tercera misión del día, derribó cinco aviones en seis minutos. Como resultado de la hazaña (sobre todo durante la segunda misión), cuando Marseille visitó un escuadrón italiano, éstos pintaron en el coche que le transportó la palabra “Otto” (ocho en italiano) con grandes caracteres. Esta cifra de 17 derribos en un solo día nunca fue superada en el frente occidental (aunque sí en el oriental, donde Emil Lang consiguió derribar 18 aviones soviéticos el 4 de noviembre de 1943). Estas victorias le valieron los Diamantes para su Cruz de Caballero, con lo que conseguía la máxima distinción militar alemana. Nunca llegó a recogerlos.

La estrella se apaga

El 30 de septiembre de 1942, la escuadrilla de Marseille despegó en una misión de protección a un grupo de Stukas. No contactaron con ningún avión enemigo. En el viaje de regreso, el motor del “14 Amarillo” empezó a arder echando tanto humo que Marseille no podía ver nada. Sus compañeros cerraron la formación en torno a él mientras le daban indicaciones hasta que lograra llegar a las líneas propias y pudiera lanzarse en paracaídas. Cuando finalmente llegaron, Marseille hizo un medio tonel poniendo el avión en situación invertida, hizo saltar el techo de la cabina, y se dejó caer. Sus compañeros observaron aterrorizados cómo su cuerpo descendía como una piedra sin que el paracaídas se abriese. A las 11.36 chocaba contra el suelo. A los 22 años, la “Estrella de África” acababa de apagarse.

Funeral de Marseille
El paracaídas no se abrió por la sencilla razón de que Marseille nunca tiró de la anilla. Cuando saltó, la cola de su avión impactó contra su pecho, bien matándolo, bien dejándole inconsciente. Parecía imposible que, tras una carrera tan brillante, el 158 veces vencedor del enemigo hubiera muerto de esa forma tan ridícula, en un accidente. Su cuerpo fue llevado a la enfermería de la base y sus compañeros fueron pasando a lo largo de la  jornada a presentarle sus respetos. En un gramófono estuvo sonando una y otra vez la canción “Rumba Azul”, durante todo el día y toda la noche.

Pirámide en el lugar en que cayó Marseille
Marseille fue enterrado en el cementerio militar de Derna. Su epitafio era una sola palabra: “Invicto”. Después de la guerra, sus restos fueron llevados a Tobruk y enterrados allí. Los ingenieros italianos levantaron una pequeña pirámide en el lugar en el que su cuerpo se estrelló. Esta pirámide se deterioró con el tiempo, pero en 1989, los supervivientes de su escuadrón, con la colaboración del Gobierno egipcio, levantaron una nueva. Hoy aún permanece allí, en memoria del mejor piloto alemán de la guerra, que se fue dejando la incógnita de cuál habría sido el límite de sus hazañas.

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