Bulla Felix, el Robin Hood romano

Todos conocemos la historia de Robin Hood, el ladrón que robaba a los ricos para dar el botín a los pobres. La importancia de su figura en el imaginario colectivo no se debe sólo a que socorriera económicamente a los que nada tenían, sino que también representa la lucha contra la rapacidad y la tiranía de unos gobernantes más preocupados en acumular riquezas y poder que en ocuparse de aquellos a los que gobernaban. Desde que la literatura y sobre todo el cine dieran a conocer la figura de este bandido, sus andanzas se han convertido en el arquetipo de la lucha contra el poder establecido.

Estela representando esclavos
Sin embargo, este personaje legendario no fue el primero en hacer estas cosas. A comienzos del siglo III de nuestra era, un bandido romano apodado Bulla Felix formó una banda de desheredados que repartía entre los pobres una parte de las ganancias que conseguía asaltando las caravanas comerciales entre Roma y Brindisi. Este bandolero gozaba de la simpatía de gran parte de la población, y sus andanzas dan para una gran novela de aventuras. Hombre de gran audacia, supo capitalizar gran parte del descontento que se generó en el convulso tiempo que le tocó vivir. Conozcamos las aventuras de este Robin Hood a la romana.

Roma tras la muerte de Cómodo

Posiblemente, Cómodo fue uno de los peores gobernantes que haya dado Roma. Este emperador (conocido por ser el malo de la película “Gladiator”) gobernó según sus caprichos sin preocuparse demasiado de la política imperial. El imperio que asumió estaba debilitado por la Peste Antonina, un brote de viruela que se produjo entre los años 165 y 180 (durante el reinado de su padre y predecesor Marco Aurelio) y que diezmó a la población romana (cebándose sobre todo en las grandes ciudades y el ejército), pero fue durante su reinado cuando se sentaron las bases de la profunda crisis que sacudiría Roma durante todo el siglo siguiente. Dion Casio decía de él que “el reinado de Cómodo marcó la transición de un reino de oro y plata a uno de óxido y hierro”.

Sin embargo, este emperador era popular al principio entre el ejército y el pueblo. Esta popularidad se debía sobre todo a su generosidad, que se materializaba en constantes juegos de gladiadores gratuitos para el público y en los subsidios que tenían los ciudadanos por el simple hecho de serlo. Estos subsidios, llamados alimenta, permitían que una persona tuviera asegurada sus necesidades básicas, pero estimulaba a muchos a no trabajar. No obstante, era en el Senado donde la popularidad de Cómodo estaba bajo mínimos, debido en parte a su errática política y en parte a la instauración de asfixiantes impuestos a los senadores para poder financiar sus regalos y sus espectáculos.

Busto de Cómodo caracterizado como Hércules
Las relaciones entre Cómodo y el Senado se envenenaron definitivamente cuando el emperador, de forma deliberada, cambió el orden de los dos poderes del Estado. Así, el lema de Roma pasó de ser “Senatus Populusque Romanus” (“El Senado y el pueblo de Roma”, el famoso SPQR) a “Populus Senatusque Romanus” (“El pueblo y el Senado de Roma”). Hacia el final de su reinado empezó a perder el favor de aquellos que antes le adoraban. Entre las causas del descontento estaban sus extravagancias (el hecho de participar en combates amañados de gladiadores le suscitó el desprecio del ejército), una escasez de alimentos que se produjo en el año 190, y un gran incendio que devastó Roma en el año 192. Todo esto hizo que fuera asesinado el 31 de diciembre de dicho año, sucediéndole Publio Helvio Pertinax.

Pertinax, que probablemente estaba implicado en la muerte de Cómodo, se encontró con las arcas vacías. Para solucionar los problemas financieros del imperio, inició una reforma de los subsidios, restringiendo considerablemente los “alimenta”. Además, intentó convencer a la Guardia Pretoriana de que el soborno que les había prometido por hacerle emperador (sobornar a los pretorianos era un paso necesario entonces para llegar a la púrpura imperial) lo pagaría a plazos. Naturalmente, estas medidas le granjearon la antipatía inmediata del pueblo y de los pretorianos, y esa fue su perdición. Tras sólo 86 días de reinado, Pertinax fue asesinado por la Guardia Pretoriana el 28 de marzo del año 193.

Busto de Pertinax
Los pretorianos, sintiéndose dueños de la situación, subastaron directamente el trono imperial. El ganador de la puja fue el senador Didio Juliano, que ofreció 25.000 sextercios a cada soldado de la guardia (frente a su rival Tito Flavio Sulpiciano, suegro de Pertinax, que “sólo” ofreció 20.000). Esta indecente subasta provocó la ira de algunos gobernadores provinciales, que al mando de sus legiones se sublevaron y marcharon sobre Roma. Así, Pescenio Niger (gobernador de Asia Menor), Clodio Albino (gobernador de Britania) y Septimio Severo (gobernador de Panonia) se alzaron en armas contra el nuevo emperador. Tras una breve guerra civil, el ganador fue Septimio Severo, que se proclamó emperador el 9 de junio del año 193. Ese año se conoció como “El año de los cinco emperadores”.

Como es natural, todos estos episodios agravaron una crisis que ya estaba en marcha desde algunos años antes. Las consecuencias directas e inmediatas de esta crisis fueron el descrédito de la clase dirigente y el hecho de que la economía se transformó en autárquica, produciéndose una ruralización. La gente huyó de las ciudades desabastecidas para irse a trabajar las tierras de algún terrateniente en calidad de colonos, perdiendo algunos derechos a cambio de protección. Este fue el germen de la posterior sociedad feudal. Pero también se produjeron muchos casos de personas que, desesperados y sin nada que perder, se lanzaron al bandidaje como modo de vida. Es en estas circunstancias donde se producen las correrías de Bulla Felix.

Las andanzas de Bulla Felix

Tras leer el epígrafe anterior, podemos tener claro que había un grupo claro de personas de los que se nutría la delincuencia: los desesperados. Según Estrabón, la pobreza y la dureza de la tierra era una razón para que algunos se dedicaran al bandidaje. Sin embargo, este grupo no era el único de donde se nutrían las filas del bandidaje. Así, también se pasaban al lado oscuro inadaptados sociales y algunos que simplemente tenían una enorme avaricia y veían en esta forma de vida una manera rápida de enriquecerse. Como curiosidad, hay que decir que la palabra “bandido” era un insulto que se lanzaban entre sí los miembros de las clases altas cuando discutían entre ellos.

Apenas sabemos nada de Bulla Felix. Ni siquiera su verdadero nombre, ya que la palabra “bulla” hacía referencia a una pequeña bolsa con amuletos que llevaban los niños (y los generales triunfantes), y la palabra “felix” significa “afortunado, suertudo” (Bulla Felix sería entonces algo así como “el amuleto afortunado”). Curiosamente, muchos generales romanos adoptaban ese sobrenombre, por lo que no sería de extrañar que nuestro protagonista lo hubiera adoptado para parodiarlos. Tampoco sabemos nada sobre su origen, pero lo más probable es que fuera un colono huido de sus tierras o un militar retirado (incluso hay quien dice que podría ser un desertor del ejército).

Bulla romana
La principal fuente de información sobre sus andanzas es el historiador Dion Casio, quien fecha sus correrías entre los años 205 y 207. Por él sabemos que formó una banda de 600 miembros (entre los que había esclavos fugados, antiguos libertos, colonos arruinados y soldados desertores) que se dedicaba a asaltar las caravanas que circulaban entre Roma y Brundisium (Brindisi), un próspero puerto al sureste de Italia por el que llegaban abundantes mercancías a la capital. El número de 600 miembros no era casual, ya que éste era también el número de miembros del Senado (lo que constituía también una parodia del poder de Roma). Su forma de actuar era la siguiente: cuando asaltaba una caravana, exigía el pago de una cantidad. Si pagaba, la caravana podía continuar su camino, y si no lo hacía la banda de Bulla Felix se quedaba con la mercancía.

Mosaico representando colonos romanos
Las ganancias así obtenidas las repartía entre el pueblo y le servían para ayudar a una población que ya no podía depender de los subsidios que antes recibían del imperio. Esta forma de actuar le granjeó enormes simpatías entre la gente, lo que hacía que nadie lo delatara a pesar de las recompensas que se ofrecían por su captura. Eso, unido a su habilidad para ocultarse con su banda, hizo que Dion Casio (dejando traslucir su admiración hacia él) dijera en su “Historia Romana”:

Pues, aunque fue perseguido por muchos hombres y pese a que (Septimio) Severo siguió ansiosamente su rastro, nunca fue realmente visto cuando se le creía ver, nunca se le halló cuando se pensaba haberlo encontrado y nunca se le capturó cuando se creyó haberlo capturado, gracias a sus grandes sobornos e inteligencia

Asimismo, el apoyo de la gente permitía que la banda contara con una extensa red de espías que le informaba de los barcos con mejores mercancías, las caravanas mejor surtidas y de los movimientos de tropas que se destinaban a su captura.

La astucia del bandido

Así pues, la banda de Bulla Felix asaltaba todo lo que podía en las tres grandes vías que unían Brindisi a la capital (las vías Appia, la Regina Viarum y la Appia Traiana), campando a sus anchas por el territorio. Sin embargo, y a pesar de estar fuera de la ley y robar todo lo que se ponía a su alcance, Bulla Felix no era amigo de la violencia. Cuando precisaba de algún servicio, y para evitar que trabajar para él tuviera consecuencias legales, secuestraba a quien pudiera hacérselo y una vez acabado dicho servicio, liberaba al secuestrado con una generosa recompensa. Entre los “raptados” podía haber médicos que atendieran la enfermedad de alguno de sus hombres, artesanos que le fabricaran o repararan algún objeto e incluso músicos y actores para sus fiestas.

Situación de Brindisi
Dos anécdotas dan buena cuenta de la astucia y la valentía de este bandido. La primera ocurrió cuando dos de sus hombres fueron capturados y condenados a morir a manos de las fieras (Damnatio ad bestias). Bulla Felix se presentó en la cárcel donde estaban, disfrazado de enviado imperial. Una vez allí, solicitó que le dieran algunos hombres para un trabajo duro. Para que no sospechasen de él, no pidió directamente a sus hombres, sino que dijo que los hombres que necesitaba debían tener unas determinadas características (que naturalmente se ajustaban como un guante a los miembros detenidos de su banda). Su argumentación fue tan convincente, que los guardianes de la prisión le entregaron a sus hombres sin rechistar.

La segunda anécdota ocurrió cuando la recompensa que se ofrecía por su cabeza era ya muy alta. Un centurión andaba recorriendo la región buscando a alguien que estuviera dispuesto a delatarle. Bulla Felix se acercó a él fingiendo ser un alguien del lugar resentido con la banda y le ofreció conducirlo al lugar donde se ocultaba su jefe. Cuando iban hacia ese supuesto escondite, el centurión cayó en una emboscada de los hombres del bandido. Bulla Felix se vistió a la manera de los magistrados y sometió al centurión a juicio. Naturalmente, dicho centurión fue condenado a muerte; sin embargo, Bulla Felix graciosamente le conmutó la pena por la de raparle parcialmente la cabeza (al igual que se hacía con los esclavos). Acto seguido lo dejó en libertad con un mensaje para sus superiores: “Dile a tus amos que alimenten mejor a sus esclavos si quieren evitar que se conviertan en bandidos”.

La captura

Por regla general no se invertían muchos recursos para capturar a los criminales. La lucha contra la delincuencia estaba a cargo de las autoridades locales, que veían su labor muy entorpecida por la ausencia de una fuerza organizada de policía. Sólo en los casos en que el problema alcanzara una gran dimensión o hubiera un odio personal, los gobernantes locales pedían tropas a Roma para atajar el problema. Estas pudieron ser las causas de que se empezaran a dedicar más recursos para capturar a Bulla Felix. Se dice que el emperador Septimio Severo, que había empezado una serie de exitosas campañas militares para estabilizar las fronteras del imperio, se indignó ante la noticia de que le estaban robando ante sus propias narices y nadie hacía nada para evitarlo.

Busto de Septimio Severo
Así pues, se envió a un tribuno militar al mando de numerosas tropas para capturar a la banda de Bulla Felix. Esas tropas incluían caballería, lo que nos da un indicio de la importancia que Severo dio a esta operación. Además, el emperador dejó claro que los responsables lo pagarían caro si fracasaban en su misión. No obstante, la simpatía con la que contaba el bandido entre la población civil le permitió eludir los intentos de capturarle. No había nadie que estuviera dispuesto a delatarlo o traicionarlo. Sin embargo acabó por caer, y como ocurre en muchas ocasiones, por culpa de una mujer.

Bulla Felix mantenía una relación furtiva con una fémina. El problema era que esa fémina estaba casada. El esposo acabó enterándose y obligó a su mujer a confesar dónde y cuándo sería la próxima cita (el modo en que se obtuvo la información es mejor no saberlo). A continuación, el engañado marido y la llorosa esposa acudieron al tribuno imperial para darles dicha información a cambio de inmunidad para ambos. Cuando el día y la hora llegaron, los soldados capturaron desprevenido a Bulla Felix. Inmediatamente fue llevado a Roma, donde fue interrogado por el prefecto de los pretorianos que le preguntó por qué se había hecho bandido. Bulla Felix contestó: “Bueno, ¿por qué eres tú prefecto?”, dejando claro que no había diferencia entre ellos, pues si él robaba fuera de la ley, el prefecto lo hacía dentro de ella.

Soldado pretoriano
El diálogo puede ser perfectamente inventado, pues existen variaciones sobre esta misma conversación en otros momentos y con distintos personajes. Así, se cuenta que Alejandro Magno preguntó a un pirata capturado lo que lo llevó a tener esa vida, y el hombre respondió: "Lo mismo que yo hago con un barquito y me llaman bandido, lo haces tú con una flota grande y te llaman emperador". Asimismo, una historia similar fue contada sobre el esclavo fugitivo Clemens, que se hacía pasar por Agripa Póstumo y dirigía una banda de rebeldes, cuando fue capturado y llevado ante Tiberio. El emperador le preguntó cómo se había convertido en impostor y jefe de criminales y él contestó: "Del mismo modo que tú te convertiste en César".

Bulla Felix fue condenado a morir a manos de las fieras del circo. La generosidad que él había demostrado no la obtuvo de sus captores. Privados de su líder, su banda no tardó en disolverse. Las rutas entre Roma y Brindisi volvían a ser seguras.

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La batalla de Otumba

A lo largo de la Historia se han sucedido múltiples episodios bélicos en los que David vencía a Goliath. En efecto, en no pocas ocasiones un ejército ganaba una batalla en la que estaba en una gran inferioridad numérica. No tenemos más que recordar la batalla de Watling Street (en donde 10.000 legionarios romanos derrotaron a más de 100.000 britanos), la batalla de Gaugamela (en la que los 47.000 macedonios de Alejandro Magno derrotaron a 250.000 persas), o la batalla de Cannas (obra maestra de la estrategia en la que los 50.000 soldados de Aníbal aniquilaron a 87.000 legionarios romanos, a un ritmo de ¡casi 600 por minuto!). A veces la clave de la victoria estaba en una mejor estrategia, otras en una cuidadosa elección del terreno y otras en una mejor tecnología, pero en cualquier caso esas batallas han pasado a la posteridad por una victoria conseguida ante enemigos muy superiores.

Batalla de Otumba, según un lienzo del siglo XVIII
La batalla de Otumba, que hoy traemos aquí, es otro ejemplo de una gran victoria frente a un enemigo con una aplastante superioridad numérica. El 7 de julio de 1520, los apenas 440 españoles de Hernán Cortés, junto a unos 800 aliados tlaxcaltecas, derrotaron a un ejército mexica (comúnmente llamados aztecas) del que las fuentes más prudentes afirman que estaba compuesto en torno a unos 25.000 guerreros, aunque otros autores elevan la cifra hasta los 100.000. Esa batalla supuso el principio del fin del Imperio Mexica, que un año más tarde fue destruido tras la toma de su capital Tenochtitlan. Conozcamos el desarrollo de esta increíble batalla.

Cortés en México

En contra del criterio del gobernador de Cuba Diego Velázquez, el hidalgo extremeño Hernán Cortés partió el 10 de febrero de 1519 desde Santiago de Cuba hacia el Yucatán al mando de una armada de 11 barcos. Junto a él iban unos 600 soldados y 200 auxiliares nativos. En el trascurso del año siguiente, Cortés y sus hombres derrotaron a algunas tribus locales, fundaron las ciudades de Veracruz y Santa María de la Victoria y se aliaron con algunas otras tribus, como los totonaca. Dos hechos sin embargo destacan en este periodo. El primero es que, a petición de sus hombres, Cortés se proclamó Capitán General dependiendo directamente del rey y no de Velázquez, de modo que lo que empezó siendo una expedición contraviniendo las órdenes de su superior se convirtió en una rebelión abierta. Cortés sabía que en ausencia de la autoridad constituida, ésta recaía en la comunidad, la cual estaba facultada para elegir a sus representantes. En una asamblea a mano alzada (o quizá por designación directa suya, no se sabe) se votó a sus fieles para los cargos de regidores, alguaciles, tesoreros y procuradores. Ellos destituyeron a Cortés del cargo otorgado por Velázquez... y acto seguido le nombraron Justicia Mayor y Capitán General hasta que el Rey decidiera. Un golpe maestro que revela el conocimiento de leyes de Cortés.

Busto de Hernán Cortés
El segundo es que Cortés tomó conocimiento de la existencia del Imperio Mexica, que según todos los nativos con los que se había encontrado era la mayor potencia de la zona. Decidido a conquistarlo, y aprovechando el hecho de que los mexicas tenían muchos enemigos entre el resto de tribus, Cortés partió hacia el corazón de dicho imperio el 16 de agosto de 1519. Junto a él iban 400 soldados españoles de infantería, 15 de caballería, 200 indios de carga y 1.300 guerreros totonaca. Antes de partir, y en previsión de nuevas deserciones (había habido una antes saldada con la muerte de dos capitanes y la mutilación de otro), mandó barrenar las naves (y no quemarlas, como erróneamente se dice a veces). Por el camino, la expedición se enfrentó a los tlaxcaltecas y a sus aliados otomíes en algunas escaramuzas; sin embargo, la victoria en todas ellas hizo que esta tribu, tradicional enemiga de los mexicas, se aliara con Cortés. Su ejército se vio así incrementado con 3.000 guerreros tlaxcaltecas, cuyo valor no residía tanto en el número como en el inmenso odio que sentían hacia los mexicas. En contra de lo que se cree, los tlaxcaltecas no odiaban a los aztecas por las guerras floridas (puesto que ellos también sacrificaban víctimas a los dioses) sino por el bloqueo comercial a que les sometían, que les impedía recibir productos básicos como la sal (a los españoles les llamó la atención la comida sosa que les sirvieron) o el algodón que obligaba a vestir de tosca fibra de magüey incluso a los nobles.

Reinos Prehispánicos en México
Antes de llegar a Tenochtitlan, capital mexica, Cortés y sus hombres llegaron a Cholula (tradicional aliada de los mexicas). En vista de los rumores de que las autoridades de la ciudad planeaban tenderle una emboscada, los españoles atacaron primero en lo que se llamó la Matanza de Cholula. No se sabe qué pasó exactamente en esa ciudad. Seguramente el emperador azteca Moctezuma presionó a sus líderes para que dejaran de proporcionar víveres a los españoles y a los tres días dejaron de seguir tratando con ellos. Parece que algunos soldados vieron calles cortadas, parapetos y zanjas, que los tlaxacaltecas dijeron que eran para una emboscada. También se contó que una india recomendó a Malinche (intérprete y compañera de Cortés) huir y casarse con su hijo porque iba a haber una matanza. Cortés torturó a un par de sacerdotes de Cholula que le dijeron que había un ejército azteca acampado cerca pero que Moctezuma no se decidía a atacarles. No se sabe cuántos murieron allí: Ginés de Sepúlveda dijo que más de 20.000, Las Casas 15.000, Gómara 6.000, Cortés 3.000... Del presunto ejército azteca nunca hubo rastro.

Matanza de Cholula, según el Lienzo de Tlaxcala
El ejército de Cortés permaneció en Cholula durante el mes de octubre, y antes de partir hacia la capital del Imperio Mexica mandó prenderla fuego. Antes de irse, permitió que los totonaca que le acompañaban volvieran a su tierra, y asimismo concedió que 2.000 tlaxcaltecas regresaran a Tlaxcala. Su ejército contaba entonces con 400 soldados españoles apoyados por unos 1.000 guerreros tlaxcaltecas. La llegada a Tenochtitlan, el 8 de noviembre, supuso el primer encuentro entre Cortés y el emperador mexica Moctezuma II, que según el mito creyó que los españoles eran unos enviados del dios Quetzalcóatl (decimos que es un mito porque Moctezuma tenía informadores por todo el país y en esos momentos ya sabía perfectamente que no eran dioses, igual que lo sabían los mayas con los que se contactó nada más tocar la costa mexicana. De hecho también se les identificó con Huitzilopóchtli e incluso con Tezcatlipoca). En cualquier caso, Moctezuma agasajó a los españoles y les hizo muchos regalos (entre ellos el famoso “Penacho de Moctezuma”), invitándolos a alojarse en la ciudad.

La captura de Moctezuma y la matanza de Tóxcatl

Tanto Moctezuma como Cortés empezaron entonces a jugar un juego muy peligroso. Al no fiarse el uno del otro, actuaban con cautela intentando averiguar la máxima información posible. Cortés y sus hombres fueron alojados en el palacio del padre de Moctezuma, desde donde visitaron la ciudad y quedaron admirados ante su grandiosidad. Los españoles pidieron al emperador mexica construir una capilla para ellos, y en el trascurso de su construcción encontraron el tesoro de Moctezuma oculto tras una puerta tapiada. Este hecho, unido a la advertencia continua de sus aliados tlaxcaltecas de que los mexicas buscaban asesinarlos, hizo que Cortés sopesara capturar a Moctezuma y mantenerlo de rehén, aunque de momento no se tomó ninguna decisión.

Encuentro de Cortés y Moctezuma
Entretanto, ocurrió algo que precipitó los acontecimientos: la batalla de Nautla. Este enfrentamiento entre los mexicas y los totonaca (aliados de Cortés) cerca de Veracruz se saldó con 7 españoles muertos (entre ellos Juan de Escalante, alguacil mayor de Veracruz), además de un soldado herido que murió de camino a Tenochtitlan. Cuando le llevaron a Moctezuma la cabeza de ese soldado, se convenció de que esos que él creía dioses venidos del Este no eran más que hombres que podían ser derrotados. A su vez, Cortés se dio cuenta de que tenía que capturar al emperador para poder garantizar su seguridad y la de sus hombres, cosa que hizo tendiéndole una celada. Junto al emperador, Cortés capturó también a algunos miembros de su familia y de la corte. Aunque los españoles proclamaban que Moctezuma estaba con ellos por voluntad propia, la realidad es que estaba allí como rehén. La casta sacerdotal y la nobleza mexica se conjuraron entonces para liberar a su emperador.

Ruta de Cortés hasta Tenochtitlan
Mientras tanto, el gobernador de Cuba había enviado tropas a Veracruz al mando de Pánfilo de Narváez para apresar a Cortés. Éste, cuando supo de la noticia, salió a su encuentro con 300 españoles y varios cientos de indios, dejando en Tenochtitlan una guarnición de unos 100 soldados españoles al mando de Pedro de Alvarado. Alvarado, temiendo una rebelión mexica, aprovechó el festival religioso de Tóxcalt (quinto mes de los 18 que componían el calendario mexica) para realizar una gran masacre entre los nobles y caciques desarmados allí reunidos, quitándoles después las joyas y el oro que portaban. Esta matanza, ocurrida entre el 20 y el 22 de mayo de 1520, hizo que la población se indignara contra los españoles, pero aún más ante la aparente complicidad de Moctezuma con éstos, así que empezaron a perderle el respeto a su emperador. Alvarado y sus hombres, ante la revuelta que se levantó contra ellos, tuvieron que refugiarse en palacio. La rebelión había comenzado.

Matanza de Tóxcalt
¿Qué pasó realmente? Parece ser que Cortés y Alvarado habían dado permiso para celebrar el Tóxcatl con la condición de que no se sacrificara al tlacauepan, un joven preparado para ello durante todo el año. Alvarado también denegó permiso para colocar en lo alto del templo la estatua del dios Huitzilopochtli. Los mexicas dejaron de suministrar comida y agua a los españoles y empezaron a circular rumores de que se preparaba una revuelta, y los tlaxcaltecas los difundieron. La tortura de tres ciudadanos reveló que en diez días se levantarían, aunque es muy probable que fueran confesiones inducidas y poco creíbles. El festival duraba varios días y durante los primeros no hubo ningún problema, pero Alvarado, con tan pocos hombres disponibles y presa de los nervios, seguramente decidió imitar a Cortés en Cholula. Aunque posteriormente le echó una bronca por su torpeza, en el fondo Cortés no culpó nunca a Alvarado sino a las intrigas de Moctezuma con Narváez.

La Noche Triste

Cortés, que había derrotado a las tropas enviadas contra él y conseguido que muchos de los soldados que la componían se le uniesen (con lo que su ejército se veía considerablemente reforzado), volvió a Tenochtitlan el 24 de junio. El ambiente que se encontró en la ciudad fue irrespirable. Al llegar al palacio donde los españoles se habían fortificado, pidió a Moctezuma que hablase a su pueblo para intentar calmar los ánimos. El emperador propuso a cambio que se liberase a su hermano Cuitlahuac para apaciguar a la población, pero éste, nada más ser liberado, se unió a la rebelión. Moctezuma entonces salió a un balcón y empezó a pedir calma a los mexicas. Sin embargo, al pueblo no le gustó mucho la actitud de su soberano, y empezaron a lanzarle todo tipo de objetos. Moctezuma murió a pedradas mientras los españoles volvían dentro del palacio a refugiarse (se dice que Moctezuma se sentía muy deprimido y que realmente se dejó morir negándose a ser curado de las 3 pedradas recibidas. Según Bernal Díaz del Castillo también recibió un flechazo). La última oportunidad de una salida pacífica al conflicto se había esfumado.

Muerte de Moctezuma
Los españoles sabían que su única opción era tratar de escapar del asedio al que estaban sometidos, pues tarde o temprano acabarían sucumbiendo bien en combate, bien sacrificados a los crueles dioses aztecas. Así pues, Cortés decidió coger todo lo que se pudiera y tratar de salir de Tenochtitlan. En la lluviosa noche del 30 de junio al 1 de julio los españoles, acompañados por varios porteadores, mujeres, sacerdotes y sus aliados tlaxcaltecas, intentaron huir de la ciudad por una calzada sobre el agua. En concreto, fue por la calzada de Tacuba, que era la más cercana, aunque ello les llevaba a la orilla oeste del lago. Alvarado, para redimirse, se encargó de mandar la retaguardia; salió así de los últimos y, de ellos, fue prácticamente el único que se salvó. Al ser descubiertos, fueron atacados incesantemente por miles de guerreros mexicas. Muchos murieron aquella noche, algunos tratando de defender a los civiles y otros tratando de salvar el oro y las joyas que llevaban consigo. Algunos otros, viendo imposible progresar, regresaron y se atrincheraron en el palacio, aunque acabarían cayendo. También se habló de una guarnición de 200 soldados olvidada, aunque no parece probable un olvido de esas dimensiones. Los que cayeron prisioneros fueron sacrificados en los altares de los dioses aztecas. Fue la llamada “Noche Triste”.

Ruta de escape de Cortés hacia Tlaxcala
Los mexicas se entretuvieron festejando la huida de los españoles y conduciendo a los prisioneros a ser sacrificados en sus altares, convencidos de que los odiados invasores ya no constituían un peligro para ellos. Cortés había perdido a la mitad de sus hombres, además de la mayoría de los caballos (sólo quedaban 16) y todos sus cañones, aunque la peor parte se la llevaron los tlaxcaltecas, ya que algunas fuentes (sin duda exageradas) decían que de los mil que entraron en Tenochtitlan apenas sobrevivieron un centenar. Cortés y sus hombres llegaron a Tacuba, donde se reagruparon. Seguían siendo hostigados por los mexicas, que estaban empezando a rodear la ciudad, por lo que decidieron retirarse hacia Tlaxcala para poder descansar con ayuda de sus aliados. En su huida, y llevados por la ira, los españoles arrasaron el pueblo de Calacoaya, matando a sus habitantes. Para escapar, decidieron bordear por el norte el lago Texcoco evitando los caminos con la ayuda de sus guías tlaxcaltecas, con la esperanza de poder llegar a su destino sin más bajas. Sin embargo, más adelante les esperaba un gran ejército mexica dispuesto a aniquilar a lo poco que quedaba del ejército de Cortés. La batalla era inevitable.

La batalla de Otumba

El 7 de julio de 1520 los españoles y sus aliados tlaxcaltecas llegaron al valle de Otumba y vieron con horror que un inmenso ejército mexica les estaba esperando. No existen fuentes fiables sobre el número de soldados de dicho ejército, pero las más prudentes hablan de 25.000 guerreros (aunque algunos historiadores elevan esa cifra hasta los 100.000 efectivos). Los españoles contaban con 440 soldados y 16 caballos, con el añadido de que no tenían cañones y sólo disponían de algunos arcabuces. Junto a ellos estaban unos 800 guerreros tlaxcaltecas (según Bernal Díaz del Castillo). La visión de ese ejército hizo que Cortés afirmara que “los españoles entre tanto escuadrón indígena eran como una islita en el mar. La pequeña hueste parecía una goleta combatida por las olas”, según Fray Bernardino de Sahagún.

Batalla de Otumba
Al frente de dicho ejército se encontraba la segunda autoridad de los mexicas tras el emperador, el ciuacoalt. Éste era una especie de primer ministro, además de jefe militar de sus ejércitos. En primera línea se encontraban los guerreros águila y jaguar, con sus armaduras de algodón imitando a dichos animales, y la nobleza azteca. La intención de los mexicas era capturar vivos al máximo número de españoles, no sólo para poder sacrificarlos a sus dioses, sino también porque esa era la forma que tenían de promocionarse militar y socialmente (es probable que ver su superioridad numérica y el estado lastimoso de los españoles, a los que además acababan de aplastar días atrás, les hiciera confiarse), de modo que en el combate intentarían no matar innecesariamente a sus enemigos. Esta táctica, muy costosa en hombres y esfuerzo, sería crucial en el desarrollo de la batalla. Cortés y sus hombres se retiraron a una pequeña colina y formaron para resistir lo máximo posible: los piqueros detrás de los rodeleros, y a los flancos los ballesteros y los arcabuceros (también había perros de combate). Cortés, viendo vacilación en sus hombres, les gritó:

Amigos, llegó el momento de vencer o morir. Castellanos, fuera toda debilidad, fijad vuestra confianza en Dios Todopoderoso y avanzad hacia el enemigo como valientes”.

A las 10 de la mañana comenzó la batalla. El ejército mexica rodeó a los españoles y se prepararon para atacar. Justo antes de que llegaran a las líneas españolas, Cortés y sus jinetes cargaron contra los mexicas arrollándolo todo a su paso y volviendo grupas hacia sus líneas antes de que pudieran rodearles. Esta maniobra dio tiempo a la infantería para prepararse. Los infantes españoles resistieron la carga gracias a su superior armadura y disciplina; además, el deseo de los mexicas de capturar vivos a todos los que pudieran hacía que fueran presas más fáciles para los rodeleros y piqueros españoles. Mención especial merecen los tlaxcaltecas, que lucharon con la furia que les daba saber la suerte que les esperaba si caían prisioneros. Cortés y sus jinetes cargaban una y otra vez contra los mexicas, matando a cuantos podían y retirándose rápidamente antes de poder ser rodeados.

Batalla de Otumba según el Lienzo de Tlaxcala
Sin embargo, el número de guerreros aztecas parecía infinito y el cansancio empezaba a apoderarse de los españoles. Los tlaxcaltecas lo pasaban peor aún, ya que no disponían de la ventaja tecnológica de los españoles y caían en mayor número. Las cargas de Cortés y sus jinetes ayudaban, pero parecía cuestión de tiempo que su ejército acabara derrotado sepultado por la inmensa marea de los mexicas. Tras la enésima carga y retirada, uno de los jinetes de Cortés, Juan de Salamanca, divisó a lo lejos el estandarte  con una cruz blanca sobre fondo rojo del comandante mexica. Cortés recordó entonces que los tlaxcaltecas le habían contado que la captura de dicho estandarte y la muerte del jefe del ejército hacían que sus soldados se retiraran en desbandada. Por entonces era media mañana y los españoles estaban agotados, con la formación a punto de ceder (la infantería había formado ya en círculo).

Túmulo conmemorativo de la batalla
Así pues, Cortés lideró una última carga, esta vez contra el estandarte enemigo, al grito de “Santiago y cierra España”. Ayudado por una maniobra de distracción (una falsa salida de los arcabuceros), Cortés y cinco jinetes más cargaron contra los mexicas en dirección al jefe enemigo. Sin que los soldados aztecas pudieran detenerlos, llegaron hasta él. Cortés lo derribó del palanquín en el que estaba y Juan de Salamanca le dio el golpe fatal. El ciuacoalt, vestido enteramente con un traje negro con garras en manos y pies, y con un yelmo imitando a la cabeza de una serpiente, estaba muerto y su estandarte en manos de Cortés. Los guerreros mexicas, al ver que los españoles se habían apoderado de su estandarte, empezaron a huir en una desordenada retirada perseguidos por los españoles y los tlaxcaltecas. La batalla había llegado a su fin.

Tras la batalla

Cortés y sus hombres llegaron a Tlaxcala varios días después con una aureola de invencibilidad. El nuevo emperador mexica envió emisarios a los tlaxcaltecas ofreciéndoles la paz a cambio de que entregaran a los españoles, pero la oferta fue rechazada, y además sellaron una nueva alianza con los españoles para aniquilar a los odiados mexicas (aunque a punto estuvo de no hacerse: uno de sus jefes, Xicontecántl el Mozo, quería aliarse a los mexicas pero su padre y Maxixcatzin, otro jefe, se negaron y casi se pegan. Al parecer Xicontecańtl rodó por las escaleras del templo, pues la discusión fue en lo alto; al final Cortés lo ahorcaría por abandonar su puesto, en teoría. Se impuso la alianza pero a cambio de la entrega de Cholula, la mitad de cualquier botín, colocar una guarnición permanente en Tenochtitlán y no pagar nunca tributos. Cortés aceptó todo). Cortés mandó traer desde Veracruz cañones y armamento, y poco después empezó una última campaña contra los mexicas.

Sitio de Tenochtitlan
Tras recibir refuerzos y derrotar a las ciudades ribereñas del lago Texcoco, Cortés inició el sitio de Tenochtitlan el 30 de junio de 1521 apoyado por 80.000 guerreros tlaxcaltecas (aunque, como siempre, las cifras son muy dispares según el cronista que lo cuente). Ayudado por una epidemia de viruela que estaba diezmando a la población, la ciudad caería el 13 de agosto, cuando los tlaxcaltecas entraron a saco en la última posición (Tlatelolco) y pasaron a cuchillo a todo bicho viviente, mujeres y niños incluidos. Como anécdota final, decir que Cortés fue capturado durante el asedio de Tenochtitlán en una emboscada, pero al perder el tiempo en inmovilizarlo (lo querían vivo para sacrificarlo) dieron tiempo a que le ayudaran a liberarse. El imperio mexica, el más poderoso (y el más odiado) de América Central, había sucumbido. Hernán Cortés, que empezó siendo un rebelde contra las órdenes del gobernador de Cuba, había terminado conquistando un imperio.

(Mi enorme agradecimiento a Jorge Álvarez, de "La Brújula Verde", por sus acertados consejos, atinados datos e infinita paciencia)

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Cuando Madrid fue capital de Armenia

En la antigüedad, podía considerarse que una población era la capital del reino si la corte se instalaba allí. A lo largo de la Historia, Castilla tuvo varias capitales. Así, Burgos se consideraba la “Cabeza de Castilla”, Valladolid la capital judicial, Toledo fue nombrada “Ciudad Imperial” por parte de Carlos I siendo también la capital religiosa para la zona centro de España, e incluso Granada fue considerada capital un tiempo con la fundación de la Real Chancillería. No obstante, en 1561 Felipe II estableció su corte en Madrid, con lo que quedaba considerada de facto esta villa como la capital de España hasta el día de hoy, con la breve excepción del periodo en que estuvo en Valladolid por iniciativa del Duque de Lerma, en tiempos de Felipe III.

Tumba de León V en París
No obstante, es poco conocido que antes de ser capital de España, Madrid fue la capital de otro país muy alejado del nuestro: Armenia Menor. El hecho ocurrió durante un breve periodo de tiempo durante el siglo XIV. Lo más chocante del caso es que ese reino había dejado de existir algunos años antes al ser invadido por los mamelucos egipcios, en un episodio enmarcado en las Cruzadas. Entre 1383 y 1391, Madrid tuvo su propio rey, León V de Armenia (llamado por algunos historiadores León I de Madrid), un personaje que conserva una calle en la capital (en pleno Barrio de Aluche) y que incluso dio nombre a un restaurante y a un brandy. Conozcamos la historia de este curioso episodio.

El Reino de Armenia Menor

Tras la conquista de Armenia por parte de los turcos selyúcidas en el año 1064, dos grandes oleadas migratorias de cristianos armenios llegaron a la región de Cilicia, en la costa sudoriental de Asia Menor. En esta región, a caballo entre las actuales Turquía y Siria, se establecieron con el permiso de los bizantinos a cambio de prestarle al imperio apoyo militar en su lucha contra los turcos. Dicho apoyo fue efímero, pues tras la derrota bizantina en Manzikert (año 1071) y el caos subsiguiente, sus gobernadores aprovecharon la oportunidad y se convirtieron en nominalmente independientes. Corría el año 1078 y acababa de nacer el reino de Armenia Menor (también conocido como Pequeña Armenia, Reino de Cilicia y Nueva Armenia), llamado así porque sus habitantes provenían en su mayor parte de la Armenia situada al pie de los Urales.

Situación en el este de Europa y Asia Menor en 1265
Con la llegada de la Primera Cruzada, Armenia Menor se convirtió en un territorio estratégico para los cruzados, pues sus gobernantes eran cristianos (algo que hacía que no se llevaran del todo bien con sus súbditos, mayoritariamente musulmanes). Los reyes de Armenia Menor se consideraban un bastión del cristianismo, así que los cruzados les ayudaron militarmente a combatir a los turcos y posteriormente a los bizantinos, que trataban de recuperar la región. Las Cruzadas atrajeron a la zona a numerosos nobles francos menores, que buscaban en esa nueva frontera una fortuna y unos honores que se les negaban en su patria de origen. Entre ellos se encontraban algunos miembros de la familia de los Lusignan, unos poderosos señores feudales francos (concretamente de la región de Poitou) a los que las leyendas de la época hacían descender del hada Melusina (mitad mujer y mitad serpiente).

Guido de Lusignan
Estos Lusignan medraron en la convulsa política de Tierra Santa con singular fortuna, de modo que a finales del siglo XII se habían convertido en reyes de Jerusalén y Chipre. Y fue precisamente un miembro de la rama chipriota de la familia, Guido de Lusignan, el que en 1341 se alzó con la corona de Armenia Menor, reinando con el nombre de Constantino II. Por aquel entonces las cosas no iban demasiado bien para los cruzados, que veían cómo los reinos cristianos que fundaron en Tierra Santa iban cayendo uno a uno ante el empuje de los mamelucos egipcios. Armenia Menor no iba a ser una excepción y en 1375, aprovechando las rencillas internas, las fuerzas del “Soldán de Babilonia” (que era el nombre que recibía el sultán egipcio en las crónicas cristianas de la época) tomaron la capital, Sis, y capturaron poco después la fortaleza de Kapan, haciendo prisionero a León V, último rey de Armenia Menor.

El cautiverio de León V

León V, que había sido coronado apenas un año antes (en septiembre de 1374), fue capturado por los mamelucos mediante un engaño: se le ofreció un salvoconducto a cambio de rendir la fortaleza de Kapan, donde se había refugiado con parte de su ejército. Una vez que salió, fue hecho prisionero y se le dio la opción de convertirse al Islam, lo que le hubiera permitido seguir en libertad y conservar el trono (aunque como vasallo del Sultán). No obstante, León V se negó y fue llevado prisionero a El Cairo. Teniendo a un rey cristiano preso, el Sultán egipcio esperaba obtener por él un cuantioso rescate.

Mameluco egipcio
Aunque bien tratado, la vida de cautivo no satisfacía al pobre León. Tenía pocas distracciones, quitando la ocasional visita de algún peregrino de camino a Tierra Santa. No obstante, una de esas visitas daría lugar a un brusco giro de los acontecimientos. Dos frailes franciscanos franceses (Jean Dardel y Antonio de Monopoli) se entrevistaron con él y León les convenció para que se quedaran. Uno de ellos, Dardel, se convirtió en su secretario y confesor, y posteriormente en su embajador. Dardel partió a finales de 1379 hacia Europa y después de atravesar el Mediterráneo llegó a Barcelona, donde fue recibido por el monarca de Aragón Pedro IV el Ceremonioso. A pesar de la simpatía que el aragonés mostró hacia las adversidades de León, Dardel sólo obtuvo de él vagas promesas, así que en 1380 el franciscano partió hacia Castilla dispuesto a probar suerte allí.

Pedro IV El Ceremonioso
Tras entrevistarse con el rey castellano Juan I de Trastámara en Medina del Campo (Valladolid), la respuesta que obtuvo Dardel a sus gestiones no pudo ser más positiva. A pesar de los muchos problemas que le acosaban por entonces (el Cisma de Occidente, la rebelión de su hermanastro Alfonso Enríquez, las guerras con Portugal…), Juan I accedió a socorrer a León. Envió una embajada a Egipto al mando de Juan de Loric cargada de joyas y regalos para el Sultán. Entre esos regalos se encontraban varios halcones, animales que el Sultán no tenía y que apreció mucho. Los musulmanes aceptaron el rescate y León V fue liberado finalmente en septiembre de 1382 (hay que tener en cuenta que las comunicaciones no eran entonces tan fluidas como ahora, de ahí la tardanza).

Alcalde de Madrid

León V partió hacia Castilla para dar gracias a su salvador. Sin embargo, no fue directamente, sino que aprovechó para hacer una gira por algunas cortes europeas para pedir que se organizara una cruzada que le ayudara a recuperar su perdido reino. Así, primero recaló en Rodas, a finales de año llegó a Venecia y de allí se trasladó a Aviñón a visitar al Antipapa Clemente VII (curiosamente no visitó Roma, donde había otro Papa, ya que Castilla y Aragón sólo habían jurado fidelidad al Papa de Aviñón). Después partió hacia Barcelona y Tarragona, ciudad que le estaba muy agradecida por la donación hecha siglos antes por un antepasado suyo de las reliquias de Santa Tecla, patrona de la villa, y donde se entrevistó con el rey de Aragón; pero al igual que había sucedido en sus etapas anteriores, no consiguió ningún apoyo para su pretendida cruzada.

Clemente VII
Tanto rodeo hizo que no llegara a Castilla hasta el 3 de abril del año 1383. Sin embargo, no pudo elegir mejor momento, pues Juan I acababa de casarse con Beatriz de Portugal (boda a la que acudiría, entre otros, el futuro Antipapa Pedro de Luna) y su estado de ánimo era bastante eufórico (no sabemos si por la belleza de la novia o porque esa boda le permitía virtualmente añadir Portugal a sus dominios. Véase este artículo). Un detalle curioso del encuentro en Badajoz entre León V y Juan I es que el monarca castellano acudió al encuentro del armenio; éste fue el primero en bajar del caballo en una muestra de respeto, pero inmediatamente Juan hizo lo mismo, dando a entender que se encontraba con un igual.

Juan I de Castilla
La entrevista entre ambos monarcas, con Dardel como intérprete (León desconocía totalmente cualquiera de los idiomas que se hablaban en la Península Ibérica) no dio los frutos que el armenio esperaba, que no eran otros que el apoyo del rey castellano a una cruzada que le permitiera recuperar su reino. Sin embargo, y quizá llevado por la euforia del momento y de su alegre estado de ánimo, Juan hizo a León V un regalo extraordinariamente generoso: la propiedad de las villas de Andújar, Villareal (la actual Ciudad Real) y Madrid, además de una renta vitalicia anual de 150.000 maravedíes, una gran fortuna para la época. Naturalmente, nadie preguntó su opinión a los habitantes de esas tres villas, que de la noche a la mañana se vieron convertidos en súbditos de un perfecto extraño.

Menos impuestos, cero despidos

Así pues, León V de Armenia pasó de pronto a ser León I de Madrid por obra y gracia del regalo de un más que generoso rey castellano, y Madrid pasó de la noche a la mañana de ser una villa castellana importante a ser nada menos que la capital de Armenia Menor, un reino ya desaparecido. En octubre de 1383 las campanas de la Iglesia de San Salvador convocaron de forma extraordinaria al Concejo de Madrid para darle cuenta de la decisión real. Dicho Concejo acató dicha decisión, pero al mismo tiempo expresó su malestar con ella. No tardaron en empezar a circular coplillas por Madrid en las que se expresaba el descontento de sus habitantes con su nueva decisión. Dos de ellas decían: “Dicen que de la Armenia nos viene un señor, guárdenos Dios de tan real favor”, y “si la villa fuera silva la guardaría el León. Mas es tierra castellana, no queremos tal señor”. Así pues, la llegada a Madrid de su nuevo rey no fue tal y como éste esperaba.

Placa de la calle León V en Madrid (Cortesía de Vicente Gómez Lorente)
A las protestas del pueblo y del Concejo se sumaron las de algunos nobles castellanos, que hicieron ver al rey Juan I que no era una buena idea entregar un reino dentro de su reino. El rey castellano empezó a pensar que quizá se había pasado de dadivoso, así que a toda prisa firmó una cláusula por la que dejaba claro que la donación era a León a título particular y no a sus herederos ni al país de Armenia Menor, por lo que a la muerte del armenio los territorios volverían a pasar a poder de Castilla. Para prevenir cualquier problema, prohibía también a León cualquier venta o donación de su nuevo reino. Una vez aclarado el asunto, el nuevo rey se instaló en el Alcázar madrileño dispuesto a convertirlo en su nueva residencia.

Alcázar de Madrid
Una de las primeras cosas que hizo fue ordenar restaurar las torres de dicha fortaleza, muy deterioradas a raíz de un incendio que había ocurrido en tiempos de Enrique II. Además, para congraciarse con sus nuevos súbditos, les bajó los impuestos y no despidió a ningún funcionario de la villa. Estas medidas hicieron que la gente lo viera con menos hostilidad que al principio de modo que, según cuentan las crónicas, León llegaba a pasearse sin escolta entre sus súbditos por las embarradas calles de la villa. No obstante, el corazón y la cabeza del armenio estaban muy lejos, en su querida patria, que añoraba recuperar. Así que, pasado el primer invierno, emprendió una nueva gira para tratar de conseguir apoyos a su proyecto.

La última gira

León empezó su nuevo periplo en Navarra, donde se entrevistó con su rey Carlos el Malo. De allí pasó a Lérida para hablar con el rey de Aragón, a Aviñón para intentar (que no conseguir) ver al Papa y finalmente llegó a París, a la corte de su lejano pariente el rey Carlos VI. En todos los casos la respuesta siempre fue la misma: buenas palabras y simpatía hacia su causa, pero ningún apoyo material o efectivo. Todos tenían sus propios problemas en el convulso siglo XIV, así que poco importaba para ellos la suerte de un reino lejano rodeado de infieles. No obstante, el rey francés (que aún no había empezado a dar muestras de la locura que le caracterizó años después) se portó bastante bien con él al cederle el castillo de Saint-Ouen y unas rentas que, sumadas a las que ya recibía de sus señoríos de Castilla, debían hacerle la vida bastante confortable.

Carlos VI de Francia
Sin embargo, no cejó en su empeño de que los reinos cristianos de Europa se unieran para recuperar su querida patria. Llegó incluso a encabezar una embajada francesa a Inglaterra para conseguir la paz en la Guerra de los Cien Años, con la esperanza de que esa paz sirviera para que las fuerzas de ambos países se unieran a su causa. Esa gestión, así como las que siguió realizando entre las distintas cortes europeas desde su retiro dorado francés, no sirvió para nada y Armenia Menor seguiría estando en poder de los mamelucos.

Busto de León V
Desde su marcha sólo pisó Castilla una vez más. Fue en febrero de 1391, para asistir a los funerales de su benefactor Juan I, celebrados en Toledo. Dos meses después, el concejo de Madrid consiguió del nuevo rey Enrique III (un niño de 12 años) que reconociese que su padre se había equivocado y que por tanto revocase la concesión hecha al armenio, aunque le permitió seguir cobrando las rentas. León V acababa de ser destronado por segunda vez. Murió en París el 29 noviembre de 1393 y fue enterrado cerca de la Plaza de la Bastilla. Su tumba tenía la inscripción “Príncipe León de Lusignan, quinto rey latino del reino de Armenia”. Sus restos reposan ahora en la Basílica de Saint Denis junto a los reyes de Francia, quizá a la espera de volver algún día a la tierra que trató de recuperar.

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Mastro Titta, el verdugo de los Papas

Sin duda alguna, uno de los oficios peor vistos a lo largo de la historia ha sido el de verdugo. Aunque los verdugos han estado presentes a lo largo de los tiempos (y en algunos países lo siguen estando), su labor conllevaba generalmente el desprecio y el odio de sus conciudadanos hasta el punto de que se evitaba tener contacto alguno con ellos. Por ejemplo, en la Edad Media no podían tocar los alimentos en el mercado y debían señalar lo que querían comprar con una vara, y era costumbre santiguarse tres veces después de recibir dinero de uno de ellos. Su trabajo era hereditario, produciéndose auténticas dinastías de verdugos en las que el oficio pasaba de padres a hijos. No es extraño que muchos de ellos, agobiados por el trabajo que realizaban y el odio y desprecio de sus vecinos, se dieran a la bebida y fueran seres huraños y taciturnos.

Ejecución por mazzatello
No obstante, en toda regla hay excepciones, y una de ellas es la que hoy traemos aquí. Durante 69 años (fue el verdugo con la carrera más larga de la Historia) Giovanni Battista Bugatti fue el encargado de ajusticiar a aquellos que eran condenados a muerte por los Papas y los tribunales eclesiásticos, y aunque se podría pensar que esa dedicación le habría hecho un hombre violento o de mal carácter, la verdad es que era una persona apacible que ayudaba a su mujer confeccionando y pintando sombrillas que luego vendían a los turistas. Conocido como “Mastro Titta”, su apodo se convirtió en sinónimo de su oficio en Roma y sus alrededores. Solía ser amable con aquellos a los que ajusticiaba, consolándoles en sus últimos instantes y llegando incluso a ofrecerles tabaco. Se hizo tan popular, que aún a día de hoy se encuentran en Roma muchos establecimientos que llevan su nombre. Esta es la historia de este verdugo.

Cuando Mastro Titta cruzaba el puente

Aunque a muchos pueda parecerle extraño, no fue hasta 1969 que el Vaticano abolió la pena de muerte. Hasta entonces, era posible ser ejecutado por delitos tales como el intento de asesinato del Papa, por ejemplo. La pena capital fue apoyada por numerosos teólogos desde los comienzos de la Iglesia, incluidos San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Y es que muchas veces se olvida que el Papado fue un poder temporal más dentro de Europa y que como tal se comportaba, participando en toda suerte de intrigas y luchas por el poder. De hecho, la última ejecución llevada a cabo en este territorio fue en el no tan lejano año de 1870, dos meses antes de que las tropas de Saboya entraran en la ciudad culminando la reunificación italiana. Y como es natural, esas penas de muerte tenían que ser ejecutadas por un verdugo.

Casa donde vivía Mastro Titta
Uno de esos verdugos fue Giovanni Battista Bugatti. En 1796, a la edad de 17 años entró en el oficio al servicio del Papa Pío VI. Era de baja estatura, aunque con el tiempo se fue haciendo más corpulento y fornido. Durante los primeros cinco años de su trabajo apenas tuvo que ajusticiar a 6 personas (todas por decapitación). Sin embargo, a partir de 1801 los Estados Pontificios caen bajo dominación francesa y pasan a ser delitos capitales algunos que antes no lo eran, como por ejemplo conspirar contra Francia. Estando como estaban bajo administración militar, muchas veces la mera sospecha era suficiente para ser condenado a muerte. Así pues, al verdugo se le fue acumulando el trabajo: muchas veces salía a una ejecución diaria, lo que era una barbaridad incluso para una administración militar de ocupación.

Mastro Titta ofreciendo tabaco a un reo
Bugatti era conocido también como Maestro de Giustizia (“Maestro de Justicia”), de donde derivó su apodo: Mastro Titta. Vivía en el barrio del Borgo (concretamente en el callejón de la Campanile, en una casa que aún se conserva), de donde no podía salir para preservar su propia seguridad, y en donde se dedicaba a ayudar a su esposa a fabricar y pintar sombrillas y paraguas para vendérselas a los turistas. Claro que esto era entre ejecución y ejecución. El día que tenía que cumplir con su trabajo, se ponía una capa escarlata con capucha, cogía sus herramientas y cruzaba el Puente de Sant’Angelo camino de la Piazza del Popolo o el Campo dei Fiori, lugares donde habitualmente se instalaban los cadalsos. Esta forma de proceder se hizo famosa en Roma, donde la expresión “Mastro Titta passa ponte” (Mastro Titta cruza el puente) se convirtió en sinónimo de una ejecución inminente. Además, se corría rápidamente la voz, de modo que la gente se arremolinaba alrededor de los cadalsos sabiendo que ese día habría ejecución. En bastantes ocasiones había tumultos buscando el mejor sitio.

Capa y hacha de Mastro Titta
Utilizaba varios métodos para las ejecuciones. Aunque su herramienta favorita era el hacha, usaba también la horca, el mazzatello (véase epígrafe siguiente), y a partir de la ocupación francesa, la guillotina. Solía tratar de forma amable a los condenados, dándoles palabras de consuelo e incluso una última pizca de tabaco. De hecho, llamaba a los condenados “sus pacientes” y a las ejecuciones “tratamientos”. Una vez realizado el trabajo, Bugatti exhibía su cabeza a la multitud (tal y como mandaba la ley). A veces, cuando el crimen del condenado era particularmente execrable, lo descuartizaba y distribuía los pedazos por el cadalso. Terminada la ejecución, volvía a su barrio del Borgo a ayudar a su mujer con las sombrillas.

Pío IX, que jubiló a Mastro Titta
No debemos sin embargo juzgar a Bugatti sin tener en cuenta el contexto de la época. Por aquel entonces, las ejecuciones públicas eran habituales y la gente iba a verlas acompañados de sus familias. Se cuenta que los padres romanos daban una bofetada a sus hijos coincidiendo con el momento en que la cuchilla o el hacha caían sobre el condenado, para recodarles las consecuencias de cometer delitos. Bugatti realizaba un trabajo que de todas formas alguien haría. En este sentido, es esclarecedora la frase que pronunció otro verdugo, Charles Henri Sanson (famoso por ser el que decapitó a Luis XVI): “Si los verdugos somos una vergüenza, no deberíamos existir. Y si somos necesarios, que se nos trate con el respeto de tales. Por favor”. Bugatti era un personaje famoso en la ciudad, al que se le dedicaron canciones y poemas.

Mastro Titta mostrando una cabeza cortada
Se jubiló en 1865, tras 69 años al servicio de seis Papas distintos (el último, Pío IX). Fue uno de los verdugos con más años de permanencia en su puesto, y dejó tras de sí la cifra de 516 ejecuciones. Su pensión de jubilación fue generosa para la época (30 escudos anuales), teniendo en cuenta que por cada trabajo cobraba sólo 3 céntimos de lira. El apodo que tuvo (Mastro Titta) se convirtió en sinónimo de su profesión, y aún a día de hoy pueden verse muchos establecimientos de Roma que se llaman así. Murió en Roma el 18 de junio de 1869, a la edad de 89 años.

El mazzatello

Tal y como hemos comentado antes, uno de los métodos empleados por Bugatti en sus ejecuciones era el mazzatello. Este método se utilizó sobre todo durante el siglo XVIII y parte del siglo XIX y sólo en los Estados Pontificios. Para ejecutarlo se utilizaba una maza (de ahí el nombre), con mango largo y cabeza de hierro, con el que se golpeaba al reo en la sien o en el centro de la cabeza. El procedimiento era del siguiente modo: El condenado era llevado al cadalso acompañado de un sacerdote y del verdugo, donde era puesto en posición. El sacerdote empezaba una oración por su alma, y en el momento de acabarla, el verdugo levantaba la maza, le daba un giro en el aire para darle más fuerza y la descargaba contra la cabeza del condenado. Acto seguido, lo degollaba y lo metía en un ataúd.

Maza usada en las ejecuciones
Se dieron casos de que el reo no moría, a pesar del golpe y de la degollación, con lo que al cabo de unas horas se despertaba y se encontraba enterrado vivo. Precisamente por este método se llevó a cabo la última ejecución en los Estados Pontificios en 1870, dos meses antes de que los Estados Pontificios pasaran a estar bajo administración de la Casa de Saboya. Muchos historiadores consideran que de esta forma de ajusticiamiento proviene la expresión “A Dios rogando y con el mazo dando”, debido a que el golpe con la maza se descargaba justo en el momento en que el sacerdote que acompañaba al reo terminaba la oración por su eterno descanso.

Una ejecución de Mastro Titta narrada por Charles Dickens

Tanto Lord Byron como Charles Dickens tuvieron la ocasión de presenciar en vivo una ejecución llevada a cabo por Mastro Titta. Concretamente éste último, en su libro “Estampas de Italia” (de 1846), la describe del siguiente modo:

Un domingo por la mañana (el 8 de mayo) decapitaron aquí a un hombre. Había atacado nueve o diez meses antes a una condesa bávara que peregrinaba a Roma (…) le robó cuanto llevaba y la mató a palos con su propio cayado de peregrina. El hombre se había casado hacía poco y regaló algunos vestidos de la víctima a su esposa, diciéndole que se los había comprado en una feria. Pero la mujer había visto pasar por el pueblo a la condesa peregrina y reconoció algunas prendas. El marido le explicó entonces lo que había hecho. Ella se lo contó a un sacerdote en confesión, y cuatro días después del asesinato apresaron al hombre.

No hay fechas fijas para la administración de la justicia ni para su ejecución en este país incomprensible; y el hombre había permanecido en la cárcel desde entonces. (…) La decapitación estaba fijada para las nueve menos cuarto de la mañana. Me acompañaron dos amigos. Y como sólo sabíamos que acudiría muchísima gente, llegamos a las siete y media. (…) Era un objeto tosco (el patíbulo), sin pintar, de aspecto desvencijado y unos diez palmos de altura, en el que se alzaba un armazón en forma de horca, con la cuchilla (una masa impresionante de hierro, dispuesta para caer), que resplandecía al sol matinal cuando este asomaba de vez en cuando tras una nube.

Dieron las nueve y las diez y no pasó nada. (…) Dieron las once y todo seguía igual. Recorrió la multitud el rumor de que el reo no se confesaría; en cuyo caso, los sacerdotes le retendrían hasta la hora del avemaría (el atardecer); pues tienen la misericordiosa costumbre de no apartar hasta entonces el crucifijo de un hombre en semejante trance, como el que se niega a confesarse y, por lo tanto, es un pecador abandonado del Salvador. La gente empezó a retirarse poco a poco. Los oficiales se encogían de hombros y se mostraban dubitativos. (…) Se oyó de pronto ruido de trompetas. Los soldados de a pie se pusieron firmes, desfilaron hacia el patíbulo y lo rodearon en formación. La guillotina se convirtió en el centro de un bosque de puntas de bayonetas y de sables brillantes. La gente se acercó más, por el flanco de los soldados. Un largo río de hombres y muchachos que habían acompañado al cortejo desde la prisión desembocó en el claro.

Capa, hacha y ornamentos de Mastro Titta
Tras una breve demora, vimos a unos monjes que se encaminaban hacia el patíbulo desde la iglesia; y por encima de sus cabezas, avanzando con triste parsimonia, la imagen de un Cristo crucificado bajo un doselete negro. Lo llevaron hasta el pie del patíbulo, a la parte delantera, y lo colocaron allí mirando al reo, que pudo verlo al final. No estaba en su sitio cuando él apareció en la plataforma descalzo, con las manos atadas y el cuello y el escote de la camisa cortados casi hasta los hombros. Era un individuo joven (veintiséis años), vigoroso y bien plantado. De cara pálida, bigotillo oscuro y cabello castaño oscuro. Al parecer se había negado a confesarse si no iba a verle su mujer, y habían tenido que mandar una escolta a buscarla; esa era la razón de la demora.

Se arrodilló enseguida debajo de la cuchilla. Colocó el cuello en el agujero hecho en un travesaño para tal fin y lo cerraron también por arriba con otro, igual que una picota. Justo debajo de él había una bolsa de cuero, a la que cayó inmediatamente su cabeza. El verdugo la agarró por el pelo, la alzó y dio una vuelta al patíbulo mostrándosela a la gente, casi antes de que uno se diera cuenta de que la cuchilla había caído pesadamente con un sonido vibrante. Cuando ya había pasado por los cuatro lados del patíbulo, la colocó en un palo delante: un trozo pequeño de blanco y negro para que la larga calle lo viera y las moscas se posaran en él. Tenía los ojos hacia arriba, como si hubiera evitado la visión de la bolsa de cuero y mirado hacia el crucifijo. Todos los signos vitales habían desaparecido de ella. Estaba apagada, fría, lívida y pálida. Y lo mismo el cuerpo.

Había muchísima sangre. Dejamos la ventana y nos acercamos al patíbulo, estaba muy sucio; uno de los dos hombres que echaba agua en el mismo se volvió a ayudar al otro a alzar el cuerpo y meterlo en una caja, y caminaba como si lo hiciera por el fango. Resultaba extraña la aparente desaparición del cuello. La cuchilla había cercenado la cabeza con tal precisión que parecía un milagro que no le hubiera cortado la barbilla o rebanado las orejas; y tampoco se veía en el cuerpo, que parecía cortado a ras de los hombros.

Nadie se preocupaba ni se mostraba afectado en absoluto. No vi ninguna manifestación de dolor, compasión, indignación o pesar. Me tantearon los bolsillos vacíos varias veces cuando estábamos entre la multitud delante del patíbulo mientras colocaban el cadáver en su ataúd. Era un espectáculo desagradable, sucio, descuidado y nauseabundo; no significaba nada más que carnicería aparte del interés momentáneo para el único desdichado actor. ¡Sí! Un espectáculo así tiene un significado y es una advertencia. (…) El verdugo, que no se atrevía, por su vida, a cruzar el puente de Sant’Angelo más que para cumplir su cometido, se retiró a su guarida, y el espectáculo acabó”.

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